Por Edgar Anguiano Manrique

¿Qué hubiera sido de mí sin tu presencia?

¿Cómo hubiese acabado yo sin ti?

Novalis.

Afuera caía una lluvia torrencial, los truenos resonaban constantemente. Era una lluvia extraña, de esas que inundan las calles, que recluyen a la gente en sus casas. Estábamos acostados, desnudos. Yo estaba recostado en el pecho de Sofía. Escuchaba con atención las gotas golpeando fuertemente el techo de nuestro cuarto. Sofía estaba dormida. Con las yemas de mis dedos, acariciaba un enorme lunar que recorría la mayor parte de su abdomen. Lo recorrí una y otra vez, sin descanso, hasta que sentí que su mano me detuvo. Me acarició con ternura y acercó mi mano a sus labios. La besó y miró mis ojos, sugirió una breve sonrisa. Acto seguido, me devolvió mi mano, me dio la espalda y continuó durmiendo.

Después de algunos minutos me levanté. Me puse encima algo de ropa, y caminé hacia la cocina a preparar un poco de café. Sentí la necesidad de calentarme. Tenía ganas de sentir algo en mi boca, de remojar mi garganta seca. Puse el agua en la lumbre, y esperé a que estuviera lista. Caminé hacia la ventana. Apenas podía distinguirse algo, había un perro recostado en el asfalto, negro, casi muerto, resignado a su miseria callejera. De pronto se levantó, corrió y buscó refugio. No lo vi más. Pero el evento resultó extraño. Sofía seguía dormida, metida entre las cobijas. Pensé en el placer que su cuerpo y sus palabras me habían brindado. La manera en que nos habíamos conectado durante un lapso diminuto de tiempo. Ahora había terminado, el placer nos había abandonado y éramos nuevamente dos almas separadas, mirando hacia dos direcciones distintas. Por supuesto yo estaba enamorado de ella, y ella de mí, según me lo había dicho. Pero ambos sabíamos que eso no era verdad. Éramos sólo una excusa en la vida del otro. Sofía estaba a punto de casarse y yo hacía rato que vivía con una mujer, Paula.

Su boda estaba próxima y pronto dejaría el país. Era todo lo que sabía. Nos habíamos prometido no contarnos nada de nuestra verdadera vida, porque lo que ella y yo teníamos no era más que mentira. Una cosa, sin embargo, sabía con seguridad, este día sería el último que pasaríamos juntos.

El agua estaba lista. Disolví el café y lo agité con la cuchara, con movimientos circulares, mecánicos, durante unos segundos. La lluvia seguía con la misma intensidad, se escuchaban constantes truenos. Pensaba en Paula, mi mujer. La extrañaba. Pensaba en el libro que nunca pude terminar. Un fracaso. De pronto sonó el teléfono.

Regresé a la cama. Me recosté y la envolví entre mis brazos. Sentí su calor, su respiración. Imaginaba todo lo que podía estar representándose en sus sueños. Olía su piel perfumada y me perdía por momentos en ella. Sus cabellos, ondulados y castaños, me provocaban un cosquilleo inocente en mi nariz y otros se metían a mi boca. Disfrutaba cada una de esas sensaciones, cada olor, cualquier contacto. Me sentía unido a ella y con ese sentimiento comencé a dormitar.

Cuando desperté, Sofía ya no estaba en la cama. No hice ningún esfuerzo por llamarla. Permanecí recostado un rato más. Pero el silencio resultaba extraño. Me levanté. No vi por ningún lado sus cosas, ni su ropa, ni su bolsa, nada. Al parecer se había ido. Fiel a su promesa, no hubo un adiós. No hubo una despedida que nos permitiera arrepentirnos de la decisión que habíamos tomado. Recorrí la casa como esperando verla en algún lugar, leyendo, bebiendo su café, o sólo pensando, contemplando el cielo a través de la ventana y la lluvia. Buscaba su sonrisa, sus labios, su imagen entera dentro de la casa, pero ya no estaba. No estaba sorprendido, sabía que se iría. Sin embargo, no pude evitar sentir cierta tristeza, de esa que deja un mal sabor de boca, un nudo en la garganta; una nostalgia extraña que recorre todo el cuerpo y obliga uno a no querer nada más de la vida. Estaba en el sillón, la tormenta había disminuido su intensidad, pero las calles estaban inundadas. A lo lejos, nada se veía. Por un momento imaginé su figura entre el suave rumor de la llovizna. Pero se desvaneció. Sofía se había ido.

Regresé nuevamente a mi cama, quería recostarme y oler su perfume entre las frías sábanas. Mi cuarto estaba helado, oscuro, pero de entre esa oscuridad vi brillar una diminuta figura circular. Sofía había olvidado su anillo; anillo que su prometido le había regalado. Brillaba con intensidad, entre las cobijas, dentro de mi cuarto. ¿Lo había olvidado? ¿Era la promesa de su regreso? ¿Era su declaración de amor? Y sin embargo, había una pregunta que más me preocupaba. ¿Regresaría? ¿Cuándo? Tomé el anillo y lo miré fijamente. No había ninguna inscripción. Nada. Un anillo liso, de oro, común y corriente. Era el  recuerdo de Sofía y de la incertidumbre del futuro.

Abandoné el cuarto del hotel. Había dejado de llover. Casi había oscurecido. Nubes espesas cubrían todavía el cielo libre de estrellas. Y debajo de aquellas nubes el ligero brillo de una Luna temerosa queriendo asomarse a la noche. No dejé de pensar en el anillo y lo que podía significar. Tal vez sólo lo había olvidado. O quizá recibiría pronto una llamada suya para encontrarnos de nuevo. Llegué a mi casa, saludé a Paula con cierta indiferencia. Pero no lo notó. Hacía mucho tiempo que ella y yo no nos reconocíamos, ni mirándonos a los ojos. A estas alturas, éramos ajenos, compartíamos una vida de la cual ninguno de los dos formaba parte. Aquella noche Paula no volvió a la cama, y yo pasé la mayor parte de la noche pensando en el anillo que Sofía había olvidado y si acaso el tiempo volvería a reunirme con ella.

Los días pasaron y no tuve noticia de Sofía. Los años corrieron con su ausencia. La incomprensión de su partida había dejado una huella difícil de borrar. Ni una carta, ni una llamada, mucho menos una visita. Su ausencia y la duda estaban acabando con mi paciencia, ¿volvería? Me esforzaba en recordar el último encuentro que tuvimos. Buscaba entre mis memorias un indicio que me ayudase a comprender su apresurada partida. En sueños la imaginaba. Volvía. Me miraba. Hablaba conmigo como antes; por las noches estábamos juntos, como antes. Discutíamos, nos abrazábamos, como antes. Percibía con agudeza el aroma que se desprendía de su piel, un aroma fresco, dulce, y a veces empalagoso. La extrañaba. Su rostro, el rubor de sus abultadas y firmes mejillas, sus labios contraídos cuando me regalaba una sonrisa, como cubriendo sus dientes. Extrañaba su manera de mirarme con aquellos ojos marrones, inmensos, que parecían ver a través de mis pensamientos. Su mirada era de aquellas que retaban, que podían reclamar y perdonar todo. La mirada de quien ama, la más sincera. Sofía… Sofía…

Desperté. Escuché el teléfono de mi casa y me levanté de inmediato. Alcé la bocina, pero fue demasiado tarde. Nadie respondió, sólo el tintineo del otro lado. Colgué. Esperé impaciente una segunda llamada que nunca llegó. Más días pasaron y de Sofía no tenía ya más que una vaga imagen que aparecía desfigurada entre sueños. Lentamente, me fui olvidando de ella o, mejor dicho, el recuerdo me fue abandonando.

A medida que el recuerdo iba borrándose, la relación entre Paula y yo mejoraba. Encontramos, tal vez por pura suerte, la razón que antes nos había llamado a estar juntos. Compartíamos tiempo, conversábamos, salíamos a comer, al cine, caminábamos juntos por entre los parques, nos recostábamos en el pasto y contemplábamos juntos cómo se iban sucediendo las estrellas en la noche. Incluso llegamos a pensar, tal vez de manera irresponsable, en tener uno o dos hijos. Pero aquella conversación nunca trascendió. Por extraño que pueda parecer, este repentino cambio me producía cierta duda, pero yo la amaba y eso me bastaba.

Cierto día, apenas entrada la primavera. Me encontraba solo en casa. Paula había salido a buscar un libro para una de sus clases. Mientras tanto, buscaba una carta que ella me había regalado cuando recién nos habíamos conocido. Entonces, de entre los escombros y la suciedad apareció el anillo de Sofía, que había estado olvidado y abandonado por algún tiempo. Lo tomé y miré fijamente. Lo envolví con un pañuelo y tiré al bote de basura. De pronto sonó el teléfono. Levanté la bocina y nadie contestó. Acto seguido, escuché que golpeaban la puerta. Abrí.

Era un hombre robusto, cabello negro, de aspecto desagradable. Me dijo que Sofía quería verme, que quería su anillo de vuelta. Asentí y fui por el anillo que recién había tirado. Estaba nervioso, pero una alegría extraña, comenzó a crecer dentro de mí. Hoy era el día en que volvería a verla. Metí mi mano al bote, sentí un residuo viscoso y, de inmediato, el pañuelo. Enjuagué mis manos. Desenvolví el anillo y regresé a la puerta. Se lo acerqué, lo miró. Vi cómo en su rostro se dibujo una mueca como de burla y, acto seguido, de la parte trasera de su pantalón, sacó una pistola y disparó directo a mi cabeza.

Paula me enterró agobiada por una tristeza indescriptible, casi engañosa. Pocas personas habían presenciado el entierro. Acabada la ceremonia, comenzó a caer una lluvia extraña, de esas que suceden en primavera. Paula ya se encaminaba a nuestra casa. Pero sintió como si alguien o algo la hiciese volver la cabeza al lugar donde me habían enterrado.

De lejos y entre la lluvia distinguió una mujer de mediana estatura, envuelta en una gabardina negra que llegaba hasta sus tobillos. Tenía la mirada reclinada en mi tumba, sus cabellos, que la lluvia tornó oscuros, cubrían su rostro. Sollozaba. Paula contempló aquella melancólica imagen. Continuó mirando por algunos segundos, sus labios insinuaron una sonrisa traviesa. Dio media vuelta y no se detuvo otra vez hasta llegar a nuestra casa.