Por Javier Ibarra

Hay muchas cicatrices en mi cuerpo que afinan mi alma, a este débil ser. Las cicatrices me hacen pensar en el viejo hogar de mis abuelos maternos Tita y Rogelio. Ahí, mientras mis papás trabajan para sacar adelante a mi hermana y a mí, crecí hasta los 13 años, para emprender una aventura por el noreste del país, en Santa Catarina, Nuevo León y el Poniente de Monterrey.

Las heridas se deben a la niñez que, como todos, afirmo que fue única. Sin embargo, algunas historias de mi infancia se reproducen frecuentemente en mi cabeza, salen a la luz bajo ese estigma de si son ciertas o falsas.

Sir. James Matthew Barrie solía decir: «Lo mejor de todo es ser niño. Lo segundo mejor de todo es escribir sobre ser niño». Esa frase, en incontables ocasiones la he cumplido. Y espero seguir así hasta envejecer, porque de alguna forma todos vamos de vuelta a casa, a ese punto de luz.

Me es difícil olvidar aquel infante tan retraído y vago que fui. Aquel mocoso-esquelético que forjó su niñez en un barrio popular del antiguo D.F., donde por un largo tiempo las tuberías del drenaje –«las aguas del Gran Canal», como cantaba Polo Pepo– eran una especie de laberinto de diversión para mí y mis amigos.

Fijo mis recuerdos y vuelvo a entretenerme en esas cañerías. También vuelvo a contemplar a “El Mosca”, un drogadicto que su nostalgia lo hacía volver a la calle donde creció, la Norte 90, a dos cuadras de donde yo crecí, la Norte 94. Pero el Mosca, en esa ocasión, y cuando salí por una de las tuberías, lo vi colgando de un árbol gracias a la fuerza de algunos mecates que compró en la tiendita de un homosexual originario de Veracruz que apodábamos como “El Chocorrol”. Pude contemplarlo y jamás olvidar esa imagen, aunque hoy en día, en esa parte se encuentren unas canchitas de futbol que siempre soñé.

El otro recuerdo con olor a drenaje y que igualmente me marcó fue la tarde en la que contemplé unas piernas flotando en el Gran Canal, las cuales de tan transparentes que eran, sólo dejaban ver misterio y homicidio al mismo tiempo, en una parte de esa descuidada brecha donde también construíamos guaridas con ramas, lonas, señalamientos viales y basura que sabíamos reutilizar.

Cosas así, sumando las hazañas del afamado Miguel Ángel Bouchan “El Chacal de la Malinche”, son las responsables de que sienta esa dolorosa comezón cada vez más en mí, cuando de cualquier forma lo único que logro recordar es que después de ver y asimilar a El Mosca y las transparentes piernas, no pude comer durante algunos días de mi vida, provocándome miedo, regaños de mi madre y que regurgitara toda experiencia que iba acumulando en mi cabeza.

Estas vivencias marcaron mi infancia para no olvidar de dónde vengo. Sólo que mejor suelo preguntarme por otros asuntos que podrían ser las consecuencias de mi niñez: ¿Qué habría pasado si mi vida hubiera seguido recorriendo ese laberinto de drenaje por más tiempo? ¿Hubiera utilizado las armas caseras conocidas como mataperros para torturar caninos y gatos callejeros como Cristian “El Moco”? ¿Hubiera terminado en algún retén militar decomisando drogas para darles uso al servicio de la patria como Chuchin “El Chango”? ¿Hubiera terminado muerto, irreconocible y con el tiro de gracia en la frente por formar parte de algún cártel del narcotráfico como Iván? ¿Hubiera terminado asaltando microbuses y combis como Toño, nuestro entrenador de futbol cada vez que jugábamos el torneo de barrios organizado por el dif? ¿Hubiera terminado en cana como Omar, todo por considerarme un verguero? No lo sé. Esa será la traba del constante hubiera… que recorre mi vida, a cualquier hora, por cualquier lugar, en este presente que evoca lo aprendido.

Las preguntas vinieron horas después de reencontrarme con dos inolvidables amigos de la niñez: Carlos y Sergio “El Tanque”, a quienes conocí en la colonia Malinche, a la edad de 6-7 años, cursando la primaria en la escuela de gobierno José Clemente Orozco. De ahí en adelante todos los días nos juntábamos en la esquina de la calle Norte 94 con la Oriente 83, donde solíamos vagar, patear un balón, andar en bicicleta, jugar luchitas, rayuela, canicas, baraja, domino y comenzar a caminar a las maquinitas de “El Bacotas”, para echar retas en The king of fighters, particularmente la de 1997.

Carlos y el Tanque llegaron como una casualidad, emborrachándonos con algunas cervezas en el transcurso de una noche que siempre deseé. La sensación de volver a sentirse un ser imberbe y lleno de inocencia, sentado en la misma esquina donde tal vez uno aprendió sobre la vida, reconociéndonos por lo que compartimos algún día, terminó configurando todo.

Enterarme lo que ha pasado en tantos años con personas que llegué a apreciar fue algo demasiado fuerte. Primero me hizo dibujar en las dos micas de mis anteojos el rostro paralizado –por una embolia– del padrastro de El Moco, ese judicial que todo el tiempo se molestaba, mostrándonos su arma con intimidación, en cuanto la alarma de su patrulla no paraba de sonar, balonazo tras balonazo, a punto de que alguien gritara «gol gana».

También en mi cabeza volví a escuchar las golpizas que a El Chango le propinaban sus padres por no obedecer, no querer comer, rezongar, respirar o simplemente por no hacer nada malo.

El siempre tener todo, con demasiada facilidad, como el hijo menor y consentido, hasta ese primer y último disparo entre ceja y ceja que recibió Iván, quien solía presumirnos todo lo que tenía; pero tiempo después se mudó a una zona de Ecatepec de Morelos, donde no pudo resistirse a la narco-moda en un terreno controlado por algún capo del narcotráfico mexicano, hasta que lo levantaron y desapareció.

Esa inocente cualidad por parte de Toño para robar dinero de la tiendita del Chocorrol, y así invitarnos a jugar The king of fighters (recuerdo que solíamos elegir a Terry Bogard, Sie Kensou y Clark).

O las palabras maternales de: «Por favor, no te juntes mucho con Omar», cuando tal vez la inocencia era indestructible, y mi mamá fatigada, después de trabajar del amanecer al anochecer, me decía.

El Moco ahora está prófugo. Su padrastro le disparó a quemarropa a “El Chikis”, un bicitaxista que supuestamente andaba sonsacando a su hijo para que fumara mota, aun cuando desconocía que un día nos llamó aburridos, para así comenzar a comprar solvente en una de las tlapalerías de la colonia con sus nuevos amigos de secundaria, simplemente porque eso parecía estar de moda.

Al Chango, la última vez que lo vi, portaba un uniforme militar, pistola en mano, y gritaba groserías a media calle, viendo fijamente y con odio a la ventana de dónde provenía su llanto, el cual nos indicaba que no podríamos contar con nuestro portero estrella.

Iván, tan sólo espero que los gusanos aún no lo hayan devorado por completo, que sus padres lo reconozcan y puedan vivir con algo de tranquilidad.

Toño, se sabe que habita en alguno de los reclusorios de la Ciudad de México, y ojalá recuerde que el Chochorrol nunca le llamó la atención cuando se saltaba el mostrador.

Omar, ahora está bastante claro que era el reflejo de todo, desde el día en que la infancia desapareció, aunque estoy seguro que si sale de la cárcel será aún más verguero.

Todo eso me contaron quienes como yo, sobrevivieron –más bien: sobrellevaron– dicha época que Sir. James Matthew Barrie explica a detalle en un futuro desordenado, que así fue como asimilé la historia de Peter Pan en mi lugar de origen.

El reencuentro de tres viejos amigos, como sucede, en un mundo que nos devora –ya sea por los gustos y el mismo rol de la vida– terminó siendo tan diferente al primer impacto, en ese instante donde el destino comienza a surtir efecto.

Carlos y el Tanque pareciera ser que no han cambiado en lo absoluto, el verdadero amor que tienen por el futbol sigue brillando en sus almas de niños; siguen apostando en el clásico de América vs Chivas, temporada tras temporada. Ambos portan playeras de los equipos europeos más populares y calzan zapatos de futbol, intentando que algún día puedan hacer los mismos regates y disparos que Messi o Cristiano Ronaldo.

Yo dejé a un lado las cascaritas a mitad de la calle desde el día que comencé a molestar a mis vecinos con una estruendosa batería en Santa Catarina, Nuevo León, meses después que abandoné aquel D.F. que aún existe en mi memoria, intentando tocar de principio a fin el Extrañando casa (Sones Del Mexside, 2001) de División Minúscula. Posteriormente me acostumbre a desvelarme, y así escribir mis primeras memorias en el noreste del país, en medio de la soledad: el mejor aleado para enfrentarse a una hoja en blanco.

Después llegó el día donde el booklet del lp de Orchid llamado Chaos is me (Ebullition Records, 1998) me presentó a Albert Camus, quien solía recordarme cada vez que reproducía las once canciones eso de:

“Ayer fue el amor. Hoy en día las grandes pasiones de la unidad y la libertad interrumpen el mundo. Hoy las pasiones colectivas nos hacen correr el riesgo de la destrucción del universo. Hoy, como ayer, el arte quiere salvarnos de la muerte y de la imagen viva de nuestras pasiones y nuestro sufrimiento.”

Y juntos –al lado de Orchid y Albert Camus– me fueron llevando de la filosofía punk del diy a los libros, hasta que comencé a plasmar ciertas cosas que ocurrían, conectando mi cerebro y los diez dedos de mis manos a una laptop.

Cuando amaneció, al día siguiente del reencuentro en la misma esquina de la calle Norte 94 con la Oriente 81, mi cabeza estaba hirviendo. Me sentí mal. No por haber regresado de esa forma al entorno más importante que me hace ser quien soy, sino por no saber interpretar a mi pasado. No creía ser el indicado para dejar plasmados algunos momentos que compartí en la mejor época del ser humano: esa verdadera libertad que se cuenta en base a las velas de cumpleaños que se van acumulando en los pasteles, tornándose cada vez más difícil apagarlas, sintiendo que también forma parte de la rutina de nuestras vidas.