Por Jonás

Para Plutarco, por su imprescindible amistad…

La música parece el elemento narrable de nuestras desventuras. No en vano algunos elementos visuales se alimentan del mensaje claro de una melodía o una canción. No me imagino qué sería de películas como Baby Driver, Seven Psychopaths, Django, Moonrise Kingdom o series como Mad Men, incluso pienso en largometrajes mexicanos como El lugar sin límites y, disculparán, Amar te duele en donde la música tiene un lugar esencial para la construcción de la historia. Sin el buen acompañamiento musical que le dieron forma a las tramas, los escenarios y los personajes, estas historias bien podrían haber sido relatos contados con una narrativa bien estructurada, pero carente de espíritu. En todo caso no lo podemos decir con certeza, pero para fines prácticos demos paso a esta hipótesis.

Esta construcción mediática de una narrativa guiada por los placeres de una buena melodía, incluso llevan a pensar las nuevas formas del andar por la vida. En lo personal gozo de un buen viaje en autobús o por la carretera en donde la música le da sentido al trayecto, es lo que algunos románticos llaman el soundtrack de la vida.

Pero, en todo caso, este famoso soundtrack hace patente la inevitable realidad del discurso construido a partir de la otredad, es decir, cómo nuestras vidas están supeditadas a los discursos que buscan darle sentido.

El pensamiento moderno tuvo a bien construir discursos, metarrelatos o grandes narrativas que le daban sentido a la vida humana. Finalmente de eso tratan historias recientes del mundo del entretenimiento como Mad Men, o cantos a la decadencia y muerte de esos lineamientos como los que encontramos en el Aullido de Allen Ginsberg.

Pero en el sello de esa época que todavía circula como una especie de nostalgia, en tanto que podríamos afirmar que nos encontramos en una especie de transición, la posmodernidad surgió como la gran época de la muerta de las grandes narrativas. Pero ojo, es importante determinar cómo la muerte de esas narrativas también imponía la muerte de los lineamientos que le daban sentido o camino a nuestra existencia. Por ello habría que recordar la llamada muerte del Hombre, que en algún punto vislumbró Michel Foucault, al estilo de lo perpetrado por Nietzsche. Pero no se trata de una muerte cualquiera, sino que aquel Hombre, ese ente magnifico y motor histórico de la modernidad, se disipaba para dar paso al sujeto, es decir, ese mismo Hombre pero ahora vapuleado por la destrucción simbólica de su razón teleológica.

La posmodernidad, apuntalada, sobre todo, por los estudios sobre sujeción y subjetivación realizados por Foucault, va a abrazar la idea de la realización propia del ser humano. La desaparición del aparato simbólico moderno y el desencubrimiento de las fuerzas subjetivadoras dieron paso a la idea de una especie de fuga de las formas de vida subjetivizadas.

Teniendo como perspectiva una posición de dominio en la que el relato del Otro me construye, asumo mi responsabilidad como motor histórico y entonces me formo mi propia existencia, podríamos decir.

Sin embargo estamos ante un falso dilema, porque el ser humano siempre está sujeto a la Otredad que nos define y diferencia. La falsa idea del escape de la subjetivación se esparció y dio paso a disparates tremendos como el coaching ontológico, donde los sujetos se autodeterminan como realizadores omnipotentes de su existencia. Es la imagen de Edward Norton, interpretando al personaje de Jack en Fight Club, golpeándose a sí mismo para después “surgir de las cenizas” como un nuevo ser humano, una versión barata de lo que la filosofía posmoderna ha retomado del pensamiento de Nietzsche.

Hoy en día, regresando al tema musical, el feminismo ha puesto el acento en la construcción sociocultural de las letras musicales que encarnan mensajes profundamente machistas. No sólo por la vena patriarcal, sino por la extrema violencia en el uso de palabras utilizadas recurrentemente para ofender y que encubren un significado de profundo desprecio por la mujer y su contexto.

La proliferación sistemática de los mensajes ya instituidos por las formas patriarcales pusieron el acento en la construcción de un discurso que nos enmarca como sujetos de tal o cual condición, acorde a los contextos vividos. La oposición, en todo caso, a cierto tipo de canciones del reggaetón no incluye una completa oposición al género en tanto performance de cuerpos que disfrutan del ritmo –y aquí no hablamos del perreo en tanto forma específica en que pudiera bailarse este género musical– sino a la naturaleza de los discursos de los que abrevan sus letras. Pero no es un género exclusivamente machista o que se puede posicionar como el que más. Al contrario, un grueso de las letras musicales abrevan de las construcciones socioculturales del machismo imperante, en tanto institución latente. Momentos específicos de la vida, como el amor romántico patriarcal, se han construido sobre la base de discursos que engloban una laceración del propio sujeto y el sufrimiento por la pérdida o el goce, en todo caso es todo un tema que ya estaremos discutiendo después con más profundidad. Pero no puedo dejar de escuchar en mi cabeza aquel fragmento de José José en donde señala “amar es sufrir, querer es gozar”.

De cara a estas construcciones discursivas a partir de las letras musicales, surge la pregunta necesaria. ¿En verdad quiero que ese tipo de letras definan mi forma en que asumo los momentos de la vida? Esa es la clave, porque la respuesta incorrecta en todo caso sería asumir la posición del “no quiero que nadie narre mi vida”, que es el discurso construido a partir del paradigma posmoderno y que no sólo busca borrar las grandes narrativas sino toda forma de narrativa particular que se involucre en otro campo que no sea el del mí-mismo.

El ser humano siempre se ha determinado a partir del Otro, ya sea como Otredad lesiva o como diferencia autoafirmativa del mí-mismo, como diría Byung-Chul Han. Pero siempre estamos subsumidos a los designios de un afuera que va configurando las entrañas, es decir, nuestro interior configurado y que podríamos denominar yo. Así, parece que nacen los sujetos, sujetados a las realidades temporales y a las configuraciones ontológicas de un devenir no selecto…¿se puede escapar de ese devenir? Quizá no, y eso es lo peligroso.

Las charlas sobre lo originario y lo particular abundan, pero no sabemos si en detrimento de la realización actual de nuestras subjetividades. Estamos ante el imperio de los designios propios, bajo el marketing del imperativo del “sé tú mismo”. ¿Cuál es el peligro de tal imperativo? Caer en la irracional formulación de ideas que nos hagan chocar con realidades Simbólicas, es decir, estar bajo el manto o velo de una idea de autorrealización, pero sin tener en perspectiva cuál es el discurso que nos crea.

El gran dilema posmoderno es que cuando el sujeto se trató de escudriñar a sí mismo, bajo la idea de que no quería ser narrado sino a partir de su particularidad, de su yo no construido, sea lo que eso signifique, se encontró con el vacío ontológico. Se encontró en el desierto de lo real, en el infinito mar de lo no existente. Recordemos esa escena de Matrix en donde Morfeo le dice a Neo “bienvenido al desierto de lo real” en medio de un cuarto en blanco donde los objetos aparecen de acuerdo a la programación de un Otro. Porque no podemos hablar de una definición esencial o algo originario en nuestras entrañas, pues a final de cuentas siempre hay un discurso que nos narra. En todo caso, si es que no nos queremos poner tan pesimistas, podríamos pensar que seremos lo bastante audaces para poder escoger los relatos que nos narran. Pero aún así, ¿estamos a salvo?