Por David Álvarez

El pasado viernes tomé la bicicleta de mi roomie y salí a casa de Fanny, a tres colonias de distancia, tomando la carretera a San Pedro Mártir, vía que atraviesa todo el lado norponiente de la ciudad de Querétaro y que desemboca en el barrio otrora comunidad del mismo nombre. Durante el camino, pasé a la verdulería para comprar aguacates, jitomate, chile serrano, cilantro y cebolla, y posteriormente dos caguamas en una tienda a la vuelta de mi colonia. Llegar a casa de Fanny es un tanto complicado, ya que si bien son tres colonias de distancia, la suya está más hacia el oeste que el resto, y la accesibilidad vía transporte público es una ventura de dos rutas, ida y vuelta, por lo que las tres maneras de acudir a su domicilio es caminando, en automóvil o bicicleta, siendo esta última la de mi alcance financiero y condición física.

En el trayecto intercedo a El Rocío, pequeña colonia donde viví durante mi infancia y adolescencia, y en donde sigue residiendo mi padre. Seguí pedaleando, observando a mi alrededor, tenía tiempo que no veía a lo que era mi colonia en la noche y mucho menos por la vía hacia San Pedro Mártir, lo que inevitablemente me llevó a recordar los años en los que por ahí transitaba con los colegas en la primaria y secundaria, ya que al otro lado de esa carretera, hacia la derecha por donde recorro, se localiza un cerro convertido en parque recreativo y en un fraccionamiento. Tener un cerro cerca de casa fue motivo de juego, de introducirnos y pensarnos aventureros o lanzarnos de las pendientes sobre una tapa de cubeta de pintura que rondaban por la zona, y también la de las peleas de niños para que nadie nos interrumpiera, escenario que recordamos en las esporádicas pláticas que mantengo con aquellas amistades, y que nos significa, transformado con el tiempo conservando apenas un poco de sí, en los espacios sin construcción que todavía quedan.

Delante una serie de condominios se asoma; no recuerdo su color original pero ahora son blancos con algunos detalles en rojo, con los mismos tres pisos y nueve departamentos por cada uno y diferentes habitantes. Quizá algunos queden desde el principio, aunque estoy seguro que serán pocos. En el primero de ellos, en el segundo piso, vivió un amigo, con quien rondé los primeros cuatro años en la primaria. Recordé algunos momentos en su casa y las imágenes de las veces en que jugábamos alrededor y otras tantas como la vez en que su perro, un French Poodle de nombre Deysi, me mordió al querer acariciarla.

Aaron fue mi mejor amigo y el día que se fue lloré inconsolable con mi padre intentando apaciguar la tristeza. Me decía que se iba a mudar aunque nunca le creí, y el día en que, en clase de educación física, llegó, el profesor detuvo la actividad y nos dijo que Aaron se iba y que si queríamos despedirnos era el momento. Yo no sabía que hacer; por pena o miedo me quedé parado y nadie más acudía a despedirse, hasta que alguien me empujó para ser yo el primero y entonces avanzar un paso y seguir la marcha hasta abrazarlo, soltarlo y quedar atrás del resto, que ahora amontonados acudían. Aaron se fue llorando y yo me quedé ahí, varado en medio de las canchas de la escuela, cabizbajo, sin nada más que decir. Los próximos días, solitario, me quedaba en el salón a la hora del recreo, y era tan evidente mi tristeza que mis compañeros de clase me invitaban a jugar futbol o ir a la cooperativa, incluso dos compañeras durante una semana me obsequiaron sobres con estampas de Dragon Ball para el álbum en turno, en un intento por hacerme sentir bien.  Aún recuerdo cómo en una ocasión, tomé la bicicleta que tenía entonces y fui al condominio a prisa, llegando, subiendo al segundo piso y tocando la puerta desesperado, cuyo ruido se extendía por el eco que produce una casa vacía. Me asomé por la rendija de la puerta y pude vislumbrar apenas el interior, que constató una certeza, que sí se había ido y que nada era un juego. Jamás lo volví a ver.

Pasando los condominios, poco restaba para casa de Fanny; la noche junto al ligero viento ayudaban a solventar el cansancio de ir en bici por cuesta, lo que para ella “es en corto” para un gordo como yo es toda una odisea, aunque a unos metros solo es bajada y quede esquivar automóviles y piedras y basura. Al llegar, destapamos la primera caguama y nos dispusimos a preparar guacamole; ella tenía el resto de ingredientes y solo un limón –sí, se nos había olvidado compra el pinche limón-, así como preparar un porro y sentarnos a fumar, comer y beber plácidamente para platicar y escuchar música en un viernes común. No podía desprender de mi cabeza aquellas escenas y sentí nostalgia por los días, después de 18 años y preguntarme acaso por aquel cerro y mis amigos, y Aaron y su partida, imágenes acrecentadas por efecto de la hierba y que me hacía tener algunos momentos breves pensativo, sabiendo que volvería a encontrarme con los mismos escenarios de regreso y con cierto miedo a no poder lidiar con ellos llegando a mi casa.

Con la plática fui perdiendo mi interés en el pasado, recordando la primicia de José Ortega y Gasset al decir que el pasado se le ama en cuanto se le asume como tal, así que me dejé fluir por el momento y gracias a Fanny, a quien siempre le agradezco, aunque no se lo diga, la calma que logra transmitirme incluso en mis días más desiertos, mis recuerdos se apaciguaron con la charla, disfrutando la ocasión, regresando a casa sin añoranza, pero con algo que contar. Bien dice Borges que no sentimos aprehensión por los lugares sino debido a las experiencias, aunque pienso que los actos sin espacio son mera incertidumbre. Por cierto, ese guacamole nos quedó bien rifado. O quizá, solo tiene su propia nostalgia.