Por David Meneses Gómez

On the road, libro icono de la generación Beat, alabado por su fuerza y las sustancias que lo inspiraron, fue escrito por Jack Kerouac, sembrando el anhelo de escapar en cada una de sus páginas y marcando con ese deseo a millones de escritores-lectores.

Considerado una biblia de la libertad, la gran obra de Kerouac puede tener miles de interpretaciones, quizás desde el viaje de un vago en el mundo, hasta el último romanticismo, y además dibujó en el mapa literario una figura poco estudiada, pero presente en el arte mundial, que paso a paso se ganó su lugar en la cultura: los huaraches.

“Me puse delante gesticulando bajo la lluvia; hablaron entre sí; yo parecía un maníaco, claro, con el pelo todo mojado, los zapatos empapados. Mis zapatos, soy un maldito idiota, eran huaraches mexicanos, de suela de esparto, lo menos adecuado para una noche lluviosa en América y la dura noche en la carretera. Pero me dejaron entrar y volvimos a Newburgh, cosa que acepté como alternativa preferible a quedar atrapado en la espesura del Monte del Oso toda la noche”, dice el relato.

Es aquí donde el vocablo de origen purépecha (quizás patrocinado por Neverías La Michoacana) aparece en el camino de Jack, para acompañarlo en su andar por la Unión Americana y dejar huella de la Generación Beat, los betas del movimiento hippie, curioso que este tipo de sandalias, referidas por los diccionarios como “toscas” hoy luzcan en los pies de las tribus posmodernas que visitan los centros culturales, lugares ceremoniales de moda y avenidas fresa de las grandes ciudades.

De origen prehispánico, y posteriormente hechos a la espada del mestizaje, los huaraches son un calzado común  en toda Latinoamérica, unidos a una identidad cultural, que Kerouac retoma en otras páginas del texto referido:

“Había llegado con dos camisas y dos jerseys encima; mi saco de lona contenía los pantalones que había destrozado en los campos de algodón y los maltrechos restos de mis huaraches.”

Tanta es su influencia en el mundo cultural, que llegó a la música en el verso de un grupo de culto del rock mexicano: El Personal, donde sí se halla la referencia, en esa pieza sinfónica acerca de la ciudad de Guadalajara:

“Le compre un par de Huaraches,

Pa’ que brincara los baches,

un collar de tejocotes,

que hacia juego a sus ojotes,

le disparé los pepinos,

y luego luego nos fuimos,

en la Plaza Tapatia.”

Bien se dice que Guadalajara recibe a sus visitantes con sus baches abiertos y solo los huaraches son capaces de soportar esta geografía lunar, con sus pequeños cráteres en cada rincón.

El fomento del uso del huarache como símbolo de la libertad está unido a las letras, como también lo señala La Celestina, con esa voz poética tan unida como las tiritas de cuero de la sandalia autóctona al corazón de los amantes:

“Yo solo soy un par de guaraches

que bailan al ritmo del brasilero

tú eres dos bellas zapatillas

que le dan el ritmo al suelo

yo solo soy una guitarra y un tambor.“

Los huaraches son la identidad del pueblo, del campesino y del citadino, de aquellos que buscan un paraíso en el asfalto, porque el calor en el trópico nos obliga a calzar con desparpajo y nada mejor que un par de huaraches para andar en el camino.