La sombra de los jinetes lobo sobre el río Tijuana (fragmento)

 

Por Néstor Robles

  1. Los lobos otra vez

Ayer volví a soñar con los lobos, Lourdes. El mismo pinche sueño: estoy yo, unas décadas atrás, cuando trabajaba en la biblioteca, ¿te acuerdas?, haciendo un préstamo de libros. Todavía teníamos pelo: imagínate. En el sueño estoy consciente y lo toco, se me hace raro tenerlo entre mis manos. También me reviso el púbico. La muchacha a la que estoy atendiendo se burla, coqueta. El cielo se nubla, truena. Todos salimos a ver. Un puntito que se ve en lo alto se va haciendo grande. Es una calafia de color gris, descendiendo del cielo. La maneja un lobo gigante: la puta botarga del equipo de fútbol americano de la escuela. Ajá, lo mismo pensé: qué chingados. Pero no es el único lobo, hay más. Se bajan montando equinos grises también. Uno de ellos me señala. Mi instinto me dice que tengo que correr. Regreso al interior de la biblioteca y me escondo entre los estantes. Por arte de magia ya no hay nadie. Escucho los aullidos afuera, algunos gruñidos, unas garras sobre la alfombra. Es inútil. No me puedo resguardar. Me atrapan. Entre cuatro de ellos me sujetan en el piso: dos de los brazos, dos de las piernas. Otro me detiene la frente, saca un aparato que me inserta en el oído. Succionan. No me duele. Se siente como cuando te metías un cotonete, y te sacabas la cerilla… Extraen algo líquido de mi cabeza, un licuado de mi cerebro que guardan en un frasco. Los lobos regresan a su calafia espacial y se van. Me puedo ver ahí tirado, con la cabeza vacía, tratando de hacer memoria: ¿quién era entonces, quién soy ahora, qué tenía, qué nos queda, de qué sirve seguir, de qué sirve? Entonces entran las criaturas de la presa. Me queman con el tacto, me succionan vivo. Puedo sentir cada tentáculo ardiendo, cada incisivo pinchando. Y luego la alarma, luego el sonido de los exploradores que sobrevuelan el cielo. Sueltan bombas clúster, lo sé por el sonido, y caen sobre la biblioteca. Revienta, las criaturas y yo también, y siento cómo me quemo y toda la mamada. Lo último que escucho es el chillido de los depredadores. Entonces me despierto, Lourdes. Estoy entero, pero sin ningún pelo en el cuerpo, claro está. Pero los chillidos siguen ahí, dentro de mi cabeza, y la alarma también. Me despierto, Lourdes, me levanto y observo la desolación y podredumbre alrededor. A veces quisiera haber sido devorado desde aquél día cero. Lo prefiero a esta vida de mutante que tenemos, refugiados aquí en el río Tijuana, entre un mar de llantas y desperdicios, por culpa del pinche gobierno, que resultó más hijo de la chingada que las bestias mismas que casi causan nuestra extinción.

 

  1. Lampiños

La alarma general estalla a lo largo y ancho de la ciudad fronteriza. Se instaló un par de años después de que escarbaran la presa y liberaran a las bestias. Ya no hay peligro, dicen. Su función es rememorar los ataques. La mandó instalar el alcalde, después de haber perdido a toda su familia, la mayoría de sus amigos. Su más grande triunfo ha sido mantener el poder y ganar popularidad y cariño con base en la colaboración con los Estados Unidos para destruir a los engendros que expulsó la tierra. Después de todo, la culpa también es de ellos que trajeron la maquinaria pesada para llegar a lo profundo de la presa, en busca del preciado líquido extinto. Esperaban obtener agua, pero encontraron algo mejor para sus bolsillos: montones de líquido negro: petróleo, o eso pensaron. La venta y el trato fue inmediato. Permiso total para explotar la tierra. Continuaron escarbando y los jefes engordaron sus carteras. La ciudad vivía un momento cumbre. Se modernizaba. Los baches eran cosa del pasado. El esperado monorriel conectó el Este de la ciudad con el centro. Ruta El Refugio– San Ysidro. El crimen había descendido hasta ser casi nulo. Los tijuanenses eran felices hasta que comenzaron a experimentar la caída del pelo, y de todo bello corporal. Les sucedió a una pequeña parte de la población, los que tuvieron contacto directo con las criaturas. En su mayoría eran soldados, otros, meros sobrevivientes. Rechazados por su extraña transformación, fueron obligados a recluirse en la ciudad de caucho, en las inmediaciones del río Tijuana, por miedo al contagio. Pero más que eso, dentro del organismo de los lampiños sucedía algo maravilloso, herencia ancestral de los que despertaron. El perder el bello era simplemente la primera fase de la evolución: el universo retomaría su equilibrio.

 

  1. Full Throttle

Esa noche del verano del 2020, los ingenieros Free y Espino trabajaban horas extras para verificar qué obstruía la salida del líquido negro. Llevaban casi medio día tratando de resolver el acertijo. Se comunicaron con el supervisor en San Diego, los transfirieron a San Francisco, luego a Washington. El protocolo se había seguido al pie de la letra. Habrá que excavar más, les dijeron: Full Throttle. Así fue como los despertaron.

 

  1. ¡Están vivos!

El juicio final comenzó con un chillido apenas perceptible, pues el ruido de las máquinas lo ahogaron. A Espino le pareció escuchar algo. Son tus nervioso, güey, le dijo Free, verifica si ya está saliendo. Espino bajó las escaleras metálicas, se detuvo sobre el barandal y le pareció ver algo moverse en el fondo. Afirmativo, Free, ya sale, voceó por el radio. Ya era hora, ámonos a descansar. ¿Free? ¿Qué? Tienes que ver esto. Free atónito, pudo ver la cabeza agitándose, chorreando petróleo y otro líquido verdoso. La criatura chilló. Y esta vez sí pudieron escucharla: la hemorragia les recorría la oreja, la mandíbula, el cuello. La cosa trató de levantarse, alcanzó los metros suficientes para, desde ese abismo, derribar a los ingenieros. Espino fue quien reaccionó sin pensarlo, de ya no escuchar a estar desorientado, corrió hacia la cabina y volvió a oprimir todo el gas. El tornillo industrial cayó sobre la cabeza… de ballena, pensaba Espino, ¿qué carajos hace una ballena en el fondo de un pozo petrolero? La ballena reventó al instante. Free recibió el baño verdoso, cayó en sus rodillas. Espino pensó haber dicho que iba a reportar esto con los jefes. No era necesario, había cámaras a las que pronto tendrían acceso las autoridades correspondientes y, por supuesto, se filtraría a YouTube para volverse viral, pensando que era un corto de Fede Álvarez o avances de la próxima película de Guillermo del Toro, porque lo que siguió bien pudo haber sido cualquiera de los dos…


*El fragmento de este relato forma parte del libro Réquiem por Tijuana, publicado por la editorial Paraíso Perdido. Agradecemos al autor por las facilidades para su publicación. AQUÍ lo puedes comprar.


Néstor Robles (Guadalajara, 1985). Narrador, editor y tallerista de historias. Deambula las calles de Tijuana desde que tiene memoria, donde sobrevivió en un suburbio de El Florido y ahora en Santa Fe. Estudió literatura (UABC) y cine (CECBC). Actualmente coordina el Taller de Narrativa del Centro Estatal de las Artes de Tijuana y las ediciones del Programa Editorial del CETYS Universidad). Dirige y edita Monomitos Press. Publicó también El negro cósmico (Premio Universitario de Cuento de Ciencia Ficción de la UABC, 2009), una primera versión de Réquiem por Tijuana (Monomitos, 2012) y Voraz (Paraíso Perdido, 2015). Síguelo en Twitter: @nrobles.