Por David Álvarez

Para ser honesto, no sé de cine. No tengo referencia teórica alguna más que el hecho de observarlo y degustarlo por mero ocio y entretenimiento, algo que no me exime de hablarlo o utilizar referencias guionísticas para un momento oportuno.

Busco, sin más, hablar de un cortometraje que, visto hace tres años, volví a ponerlo en mi computadora a fin de completar en la memoria las escenas que se habían perdido en el tránsito del tiempo sobre el recuerdo. Trece minutos de mi tiempo dedicados, pude más que trivializarlo, profundizar en ello, a partir de que, en lo que no se dice, irónicamente se dice algo y que, dentro de breves referencias de una vida, se entra al juego de la creatividad a partir de signos narrativos y visuales que despiertan la creación propia, en una interacción del espectador con la obra a partir de la deducción de los “huecos” de su historia. Hablo de Hotel Chevalier, del director estadounidense Wes Anderson, cortometraje estrenado en el año 2007 y protagonizado por Jason Schwartzman y Natalie Portman.

La historia retrata a un sujeto en el Hotel Chevalier, en París, en el que el pasado se presenta personificado en mujer, que vuelve para estar, mediante una llamada inicial. No encuentro mayor representación de ello, sólo bajo el concepto de “pasado”, como de quien tiene historia pero nunca se va.  Ella aparece (Natalie Portman), dos amantes reencontrados en la calma de una habitación de hotel. Y así el relato, de un silencio y serie de murales de un par historias instantáneas que van fluyendo: “Si debo entrar en la soledad, ya estoy solo”, escribió Borges en “El desierto”.  Entonces, no hay más que contemplar lo que sucede, los cuerpos salen a flote marcados, huellas también de otra historia no contada pero que se deduce, aun en la diversidad de ello. Y no sólo los cuerpos, sino la mirada y las voz y las palabras marcadas por no se sabe qué, pero sentida como propia.  La música también hace gala, “Where do you go to (my lovely)” de Peter Sarsted, habla, diciendo lo que calla el resto. Los colores cálidos, amarillos,  disfrazan el escenario de melancolía, imágenes que atraen los inicios de otoño y sin más, cobijan la historia en metáforas de hojas secas cubriendo el suelo.

Algún conocido, dueño de una librería a quien realicé una entrevista hace unos meses, comentó el interés que del arte se desprende, lanzando la máxima de que nos preocupa, porque es humano. Así como se habla de la muerte, habla de creencias, de pasatiempos, de recuerdos, no hay tema humano que no esté plasmado en el arte y sea esto una razón más para cultivarlo. En forma, la historia habla por sí sola. No requiere juegos largos, temporalidades cruzadas ni escenarios múltiples, sino unos cuantos argumentos, un espacio y voluntad junto al ejercicio creativo; que es una historia que a la vez son todas, del amor y el pasado que acompañan las huellas que se van dejando y prevalecen, por las cuales, atraídos, encontramos en pequeños relatos un gajo de nosotros mismos.


*Texto publicado originalmente en la revista Morbífica –CDMX– (11 de septiembre del 2016).