Por Mónica Lorena

«Comprendí, al terminar el viaje, hasta qué punto estamos habituados a vivir sólo en una parte de la realidad. Es un error, como si sólo habitáramos una parte de nuestra casa, o de nuestro cuerpo». La parte de atrás, Millás.

Mi primer libro este año fue La guerra no tiene rostro de mujer. Me lo recomendó una compañera del trabajo que me aprecia aunque sea feminista. Si no lo han leído, diré que es un libro que recoge los testimonios de mil mujeres que participaron en la Gran Guerra Patria en todos los papeles: partisanas, francotiradoras, mecánicas, doctoras, enfermeras, etcétera; en él la autora dice querer contar la guerra de la «gente pequeña» alejándose de los grandes héroes, contar una guerra con olor y sabor a sangre, sudor y hierba.

Como lectora soy muy sensible, así que es que a esa lectura le añadí mis lágrimas y le abrí mi corazón.

Algo así como una semana después de que terminé con ese libro me senté a ver un pedazo de un documental empezado hace tiempo, La Segunda Guerra Mundial a todo color, y cuál va siendo mi sorpresa —porque ignoro casi toda la historia de esa época— cuando unos bombarderos alemanes se desvían y terminan bombardeando Londres. La sucesión de imágenes de edificios que polvo eran y en polvo se convirtieron, la gente herida, angustiada y la voz en off haciendo el conteo de muertos me aflojaron la válvula de las lágrimas y el moco, ya no pude ver nada más.

La violencia normalizada no sé si es cosa de la época porque ahora hablemos más de ella o si sólo es el algoritmo de mi facebook el que me muestra la normalización lo que quiero ver aunque no lo sepa conscientemente, pero durante la infancia ya había consumido un montón de películas de guerra —de Canal 5, sin cable, el sábado en la tarde—: de batallas personales como en Duro de matar a guerras futuristas como Terminator 1-Genesis sin inmutarme, entregándome de lleno a la acción y viendo caer cuerpos, sudor, balas y sangre pa todos lados.

Luego leí ese libro.

¿Qué tiene la lengua escrita que me reconecta la clavija de la humanidad?

Cuando terminé de leerlo no noté cambio alguno, pero viendo el documental de Netflix sentí que no había vuelta atrás. Hoy, a la distancia, no me sorprende que el efecto no durara. Hoy de nuevo puedo ignorar un montón de cosas y despreocuparme por mucho de lo que sucede en el mundo, en parte porque he sido paciente hace unos años de la psicología positiva y en parte por mi incapacidad para aprehender la mayor parte de las vidas del planeta —rasgo que me empata, sin embargo, con esa gente que no existe, como estar unida a la nada— como dijera la Butler y seguro otros tantos.

Un día me levanto y me siento capaz de amar al ser más insignificante porque parte de la electricidad que pasó por su cuerpo está ahora en el mío y volverá a la tierra, pero la semana siguiente me importa todo un carajo y es que nada es para tanto. No es mi ciclo menstrual más que mi existencia, ni mi estado de ánimo más que el espíritu de esta época preholística porque todo está conectado y soy parte de todo pero a ti no me parezco porque eres un macho violento, un especista asqueroso, un clasista de mierda…

Somos seres poliédricos sin acceso real a todas las partes de nada, tal vez sin acceso a ninguna y quizá eso que creo que son diversas caras resulte ser la manifestación imaginaria de algo incontenible.