Por Jonás

“Cantamos porque el grito no es bastante

y no es bastante el llanto ni la bronca.

Cantamos porque creemos en la gente

y porque venceremos la derrota.”

¿Por qué cantamos?, de Mario Benedetti

La tarde del pasado domingo en nuestra garganta se formó un nudo. El cuerpo sin vida del compañero César Ulises Arrellano fue encontrado sin vida en la barranca de Huentitán. Era estudiante del segundo semestre de la carrera de medicina en la Universidad de Guadalajara. Su desaparición se reportó el 22 de marzo, y su historia hizo eco con la indignación que ya surgía por la desaparición de los tres estudiantes de cine del CAAV que habían sido levantados en Tonalá mientras grababan un corto para una tarea.

El terror se volvió realidad. Recuerdo las palabras de un compañero suyo durante la asamblea que se realizó el viernes: “el CAAV era la universidad más feliz del mundo porque Guillermo del Toro había ganado el Óscar y había enviado saludos a nuestra escuela; ahora somos la universidad más triste”.

Esos nombres, que nos sacaron a las calles, no deben ser olvidados. Ahora de forma mezquina corren las versiones re-victimizantes de si el joven encontrado sin vida en realidad se suicidó. Sin pruebas en la mano el gobernador de Jalisco depositó en los medios la versión. Sobre las investigaciones el Estado ya ha evidenciado su incapacidad. En su naturaleza violenta nos ha dejado claro que su papel no es el de resguardar nuestra seguridad. Nunca lo fue.

No es posible ignorar este hecho. Veo en mi muro la fotografía de César anunciando el día en que fue aceptado en la universidad y es inevitable no empatizar con el dolor que debe estar sintiendo su familia porque no llegará a concluir su carrera, porque no volverá con vida a casa, porque no hubo oportunidad para una última palabra.

Me duele más la vergüenza inevitable del dolor que ahora impacta en mí el tema de las desapariciones. Un tema que hemos ignorado desde hace años, cuando inició esta guerra contra el narcotráfico y nunca alzamos la voz por los jóvenes que fueron desapareciendo, por los hombres y mujeres que no llegaron a sus lugares de trabajo, a sus citas, a sus escuelas.

Duele escuchar los cientos de historias de madres y familiares de desaparecidos que durante las dos manifestaciones que hubo en Guadalajara dijeron sentirse felices y orgullosas por ese apoyo que antes no había llegado. Es una bofetada con guante blanco por nuestro silencio. No hace falta ser un genio para entender que caímos en la trampa del discurso oficialista que decía “los que mueren son los malos”. Nunca les creímos porque pareciera que culturalmente hemos dejado de creer en los gobiernos, pero finalmente asimilamos la barbarie.

Ahora nuestro problema va en incremento y parece que no hay forma de que esto pare sin que nosotros nos postremos en las calles para hacer un grito cuyo eco genere los cambios que se requieren.

Lo que está en juego no es la ausencia del Estado y la falta de un Estado de derecho; por el contrario, hoy en día México enfrenta las consecuencias del Estado en su máxima expresión, es el exceso de Estado el que nos tiene sumidos en esta barbarie.

Las cifras, al menos en Jalisco, son claras. En los últimos años, de acuerdo con los delitos cometidos en municipios donde fueron desmantelados los cuerpos policiales locales y tomó el poder la fuerza estatal o los militares, se incrementó la tasa de delitos como robo, homicidio, desaparición, entre otros.

Este dolor que ahora pesa sobre las espaldas ha generado una responsabilidad seria en esta generación. Somos la generación que se formó y creció con la explosión del #YoSoy132, hay que ser realistas, nuestra politización no es gratuita. Esto no ha permitido salir a las calles. Pero no debemos olvidar que el enemigo a vencer son el Estado y el Capital, estas dos entidades dispersas en nuestra vida cotidiana nos han tomado por asalto y han hecho que nuestra vida se ponga al límite. Son formaciones institucionales y culturales que no están hechas para la vida.

El Estado, en su momento, se esbozó como la institución encargada de brindarnos seguridad con el monopolio legítimo de la violencia. La gran farsa. Hoy en día su militarización y las guerras a lo largo del globo demuestran que en realidad nuestra relación con el Estado se ha configurado de tal forma que ahora somos nosotros los que estamos determinados a pedirle al Estado que nos proteja, sin atender las causas de esto que en su momento Michel Foucault llamó la insegurización. Porque el Estado en realidad tomó la configuración de un permanente Estado de excepción en donde nuestros derechos quedan suspendidos en cualquier momento y sin que esto tenga consecuencias.

Hoy vivimos en una sociedad insegurizada, no en balde proliferan los parques cercados, los fraccionamientos amurallados, las calles privatizadas, las cámaras de vigilancia y los torniquetes en las escuelas; signos irrestrictos de la idea del miedo como dispersador de nuestra potencialidad social. Tenemos miedo y nos ocultamos. No lo tenemos y salimos a las calles a exigir mejores condiciones.

No podemos seguir teniendo miedo. Las manifestaciones que han salido a las calles no pueden ser guiadas por la idea de que se requieren más policías, militares y circuitos de seguridad para poder salir con tranquilidad a las calles. La evidencia empírica nos ha demostrado que son los agentes del Estado quienes han perpetrado los actos en alianza con los criminales…incluso los de cuello blanco. Porque como dice una consigna que ahora se escucha en las calles no son trabajadores, son el brazo armado de los explotadores.

Y que entiendan los mismos militares, policías y burócratas que nos es un ataque frontal a su persona en tanto subjetividad, sino que es un señalamiento a la regresión y represión que significan estas entidades en tanto que instituciones que nunca han servido a la vida y al grueso de los intereses de los de abajo.

El capital tampoco está hecho para la vida; lo reproducimos en detrimento de esta. El capital nos subsume a sus formas, anquilosadas en nuestra cotidianidad dispersa. El capital despoja y mata, su interés reside en la fetichización de nuestra vida. Cada vida tiene un valor monetario, cuando este no puede ser ejercido es prescindible. El capital nos quiere atemorizados, dispersos y cansados para no tener la fuerza suficiente con la cual prescindir de él en nuestras vidas.

Por eso no podemos seguir con miedo. El movimiento estudiantil y nacional que ahora sale a las calles no puede ser ingenuo. Las autoridades seguirán haciendo lo que han hecho los últimos años. Las acciones están ahora de nuestro lado. No sólo con el grito que no parece bastante, ni el llanto, ni la bronca. Sino con acciones concretas que nos lleven a mejorar la vida en comunidad. Como lo hemos aprendido de los movimientos urbanos: una vez que abandonamos el espacio público lo hemos condenado a su deterioro e inseguridad. Poblemos las calles, iluminémoslas y sólo así podremos salir sin miedo. Organizados y conscientes de que sólo a partir de este abajo es que se podrá invertir el proceso de deterioro capitalista que se acompaña con la fuerza monopólica del Estado y sus secuaces.

No podemos estar dispersos, por eso debemos ver que este enemigo común nos une a los trabajadores, el movimiento de mujeres, el campesinado pobre y las comunidades indígenas. Finalmente si cedemos más al Estado y el Capital, veremos como somos nosotros, y no estas formaciones institucionales, los que seguiremos desapareciendo.