Por David Álvarez

La cultura es un concepto que deriva de diversas interpretaciones teóricas y prácticas a través del tiempo y que obtiene una categoría específica a partir del Renacimiento, construyéndose con mayor brío durante la llamada Revolución industrial. Con el paso del tiempo, el término se fue configurando en vinculación con los procesos sociohistóricos reformulándose acorde a las ideas en determinados espacios, modificando su significado incluso con la creciente expansión de distintas disciplinas como la antropología, sociología e historia, volviéndolo polisémico.

Si bien, el término cultura no encuentra una definición unívoca, siendo susceptible de interpretación, existen aproximaciones que nos permiten dar con un parámetro de acción y pensamiento con el cual abordar el tema de manera sustancial. Para John B. Thompson, sociólogo estadounidense, el términos alude a “constructos significativos, como formas simbólicas”, entendiendo su análisis “como la interpretación de los patrones de significado incorporados a estas”, quien reformula el concepto desde un sentido elementalmente semiótico, línea que el semiólogo boliviana Renato Prada Oropeza suscribe, señalando al individuo como un “rey Midas, pero desde un punto de vista ontológico y semiótico, pues todo lo que toca lo convierte en un objeto con sentido humano (…), lo introduce, , en suma, ipso facto, en una red de relaciones, cuya suma total y totalizadora llamamos cultura”, esto al referir a la realidad como una construcción social mediante el lenguaje, que permite la articulación, consolidación y transmisión de esta.

Sin hacer hincapié en la etimología, que estipula su sentido a partir del latín, del que tampoco existen certezas, sino aproximaciones –cultus, que significa cuidado, cultivo–, la palabra cobra razón a partir del imperio romano, quienes, durante el siglo I, conciben tal ejercicio a partir de un determinado concepto, poderío del que el sociólogo inglés especializado en arte, Herbert Read, menciona como los “primeros grandes capitalistas de Europa”, quienes –prosigue– “convirtieron la cultura en mercancía”, al importarla –desde Grecia– y producirla, imponiendo, mediante su expansión política, una forma de vida ejemplar para el resto del mundo conocido, otrora la percepción griega –fundamentalmente helénica– donde –continúa Read– “no existía el equivalente de la palabra cultura”, en el que su “existencia pasaba inadvertida, pues era algo natural, tan instintivo como el habla, tan involuntario como el color de la piel. No cabe, siquiera, definirlo como subproducto del modo de vivir helénico: era ese modo de vivir”.

Como se mencionó al inicio, la cultura, en el sentido que hoy se le da, apareció registrado por primera vez en 1510, o sea en los comienzos del capitalismo. Era la época del Renacimiento, donde la esencia del sentido cultural era aprehendido por la población erudita, encontrando un punto de ruptura importante cuya operación inicia en los comienzos del siglo XIX, es decir, durante las postrimerías de la Revolución industrial, en el que se separa, de forma tajante, la concepción del trabajo –“la fuente de toda riqueza” según la Economía política clásica– con el de la mente y las sensibilidades, acorde a sus procesos económicos e ideológicos.