Texto y fotos: Manuel Ayala

El sábado pasado (7 de abril) se anunció que esa sería la última noche del bar Tropic’s, refugio de amantes de la vida nocturna y la bohemia tijuanense. Lugar que durante mucho tiempo se mantuvo abierto las 24 horas y en el que el tiempo parecía ser eterno, debido a que cuando salías del lugar sorprendía sobremanera que los rayos del sol ya anunciaran un nuevo día y uno se encontrara con gente transitando rumbo a sus trabajos.

El lugar fue vendido y ahora tendrá otros dueños. A partir de ahora estará cerrado durante algunas semanas y será remodelado para darle una nueva imagen acorde al proyecto que se inició hace un par de meses en la calle Sexta. Probablemente tenga otro giro para captar la atención de los visitantes y hasta un nuevo nombre, pero no cabe duda que ese lugar ya no volverá a ser el mismo –al menos para mí- después de que se cambie todo.

La noticia sin duda cayó como balde de agua fría para varios inquilinos del lugar, entre ellos a su servidor, y para quienes trabajaban ahí mismo. La última noche que estuve ahí, los meseros confirmaron la noticia y se veían un poco cabizbajos, porque además de perder un lugar emblemático de la Zona Centro de Tijuana, también algunos de ellos perderían sus trabajos o se quedarían con la incertidumbre de qué podría proceder posteriormente.

Mi segunda casa

En mi caso, el simple hecho de que se mencione que no es un cierre definitivo, sino que solamente va a cambiar su estilo me da un giro significativo porque durante el tiempo que llevo en Tijuana, el Tropic’s pasó de ser un simple bar para ir a tomar una cerveza a mi lugar preferido para el esparcimiento y la convivencia con mis amigos. Era como mi segunda casa.

El día que llegué a la ciudad –casualmente también un día 7, pero de enero de 2014-, abordé un camión “azul y blanco” desde la central Camionera hasta el Centro, donde había quedado de verme con mi novia. Eran las 8 de la mañana y ella saldría más tarde de su trabajo. Como no conocía bien la ciudad, lo primero que se me ocurrió fue decirle que la esperaría en el Tropic’s, lugar que ya conocía por un viaje que había hecho antes de mudarme definitivamente.

A los que atendían el bar les causó extrañeza que una persona llegara a tal hora y completamente sobrio, sobre todo porque llevaba cargando una mochila a la espalda y arrastrando una maleta con las pocas cosas y ropa que había decidido traerme. “¿Vas a cruzar al otro lado?”, me preguntó la mesera. “No, llegué para quedarme acá”, le respondí y le pedí una cerveza Tecate roja.

Ese día dos trabajadores del lugar estaban quitando la plataforma de madera y el tubo que estaban al fondo. Elementos que aún dejaban ver que antes el Tropic’s había sido uno de los tantos tugurios de Tijuana en donde solían divertirse los gringos con mujeres, algo que no podían hacer libremente en su país por las restricciones que había –y sigue habiendo- en ese sentido.

En la barra también se encontraba el ahora ex-dueño del lugar, quien contaba lúcidamente a sus trabajadores parte de la historia del bar y de cómo fue que lo había adquirido.

Entre tantas cosas, me llamó la atención cuando les platicó que durante los primeros días que tuvo ese espacio, le tocó batallar con la gente que vendía droga al interior del sitio, a quienes una ocasión los sacó a punta de pistola, advirtiéndoles que si querían seguir haciendo ese tipo de negocios lo hieran de la puerta de su bar para afuera, así “todos quedarían contentos”.

Escuchar aquellas historias, ver los cambios que le estaban haciendo al lugar, recordar todo lo que me había contado antes mi novia sobre el sitio, saber que era uno de los bares preferidos de los visitantes y el trato que recibí ese día, me generaron un vínculo muy íntimo con el lugar, al grado de convertirse en mi lugar preferido como lo mencioné anteriormente.

En el Tropic’s celebré todos los cumpleaños que llevo desde mi llegada a Tijuana. Ahí se concretaron varios de los proyectos que he emprendido. Ahí conocí también a varios de los que ahora son mis mejores amigos. En ese lugar tuve varias de las mejores anécdotas que me han sucedido. Ahí concluyeron sendas y azarosas juergas con amigos literatos y la fauna cultural. También ahí he llevado a casi todos los amigos que me han visitado, y pensar que ya no estará o que, al menos, ya no será el mismo, obviamente me genera un dejo de nostalgia por todo lo que fue y significó durante los tres años que llevo viviendo aquí.

Ciudad en constante movimiento

Si bien, sabemos que Tijuana se renueva constantemente y que ahora mismo la ciudad se está transformando, no dejo de pensar que a esta ciudad en cada cambio que le hacen le quitan un poquito de la memoria e identidad que se ha construido a través del tiempo, al menos en este tipo de lugares, como bien se lo comenté a dos buenos amigos el viernes pasado que estuve precisamente en ese bar, en mi última noche que pasé en el sitio.

Ya le pasó también a lugares como el Dandy del Sur con la modificación de su fachada. Le pasó anteriormente a La Estrella cuando quitaron los murales que le daban sello e identidad al lugar. Le pasó también al Dragón Rojo y a muchos otros que todo tijuanense y paseante nocturno sabrá identificar plenamente.

Las cosas cambian, sí, y no se puede vivir siempre del pasado. Sin embargo, habrá algunos incautos como yo que, aunque solamente se trate de una remodelación para modernizar el espacio, seguiremos eternizando en la memoria lugares icónicos como el Tropic’s que, aunque no era la gran cosa del mundo como pudiera pensarse, sí era un espacio en donde uno podía compensar los embates y chingadazos que a diario nos da la vida.