Por Nothingman

Carlos Velázquez (Torreón, 1978), autor de La marrana negra de la literatura rosa (Sexto Piso, 2013), volvió al terreno donde quizá se siente más cómodo, al relato. Con La efeba salvaje (Sexto Piso, 2017) nos encontramos de nuevo con los temas que le obsesionan, pero que también parecen repetitivos. Es un libro que va in crescendo, al puro flow de stairway to heaven, y que se aleja de la tradición narrativa a la cual nos tenía acostumbrados el autor desde el extinto Cuco Sánchez blues (2004).

La obra inicia con la “Muchacha nazi”, un relato de memoria “ficcionada” donde se proyecta la adicción al alcohol y a las relaciones autodestructivas y fatídicas. En “Stormtrooper” hallamos la tradición humorísticamente ácida y desmesurada propia del lenguaje velazquiano; el personaje, la figura típica del misógino encarcelado en su mini-mundo, en sus creencias y en sus limitaciones. “La efeba salvaje” es un relato que si bien desmitifica, se queda corto en sus propósitos, dado a que se arraiga en la ficción y no ficción; pero también es un cuento crítico, al estilo de Carlos Velázquez, con un humor negro hacia la figura icónica de la chica del clima. Sin embargo, en estos tres relatos la narrativa es predecible, se huele el final con tan solo iniciar la lectura de los primeros párrafos.

Situación que no sucede con los tres cuentos restantes. “Mundo death” abre la puerta hacia un Carlos Velázquez desconocido, con un estilo diferente, nuevo y más pulcro. Ya no vemos aquí el metalenguaje de La Biblia Vaquera (2008, 2011), ni la irreverencia absoluta de La marrana negra…, sino una estructura narrativa compleja, pulcra, dedicada y obsesiva; con un tema profundo: la muerte. Lo cual se continúa con “This is not a love song”, una parodia del matrimonio, donde si bien el humor está en cada rincón, no demerita en calidad. Un relato de paradojas, y un relato donde Carlos vuelve a otro tema que le obsesiona: la obesidad.

Por último, se encuentra “El resucitador de caballos”, quizá el cuento mejor logrado, no solo del libro, sino de toda la obra de Carlos Velázquez. Impregnado de un estilo muy marcado de Fogwill o John Cheever. Un relato que es un sube y baja de imágenes, se va del humor al horror, pasando por la fantasía, el ejemplo claro de lo que quizá Carlos Velázquez debería continuar hacia la senda de la novela. Le efeba salvaje es el libro correcto para acercarse al autor, pero no así para quien ya lo leyó, pues en ocasiones deviene repetitivo en los tres primeros cuentos, muletilla que se desvanece enteramente conforme se avanza en el mismo.

Por otra parte tenemos El pericazo sarniento (selfie con cocaína)  —editado por Cal y Arena, 2017— un autorretrato, alejado de lo pintoresco y un cuanto tanto simplista que el autor plasmó en El karma de vivir al norte (Sexto Piso, 2013). Selfie con cocaína, es una libro simple, pero profundo, un glimpse a la mente del adicto, donde Carlos Velázquez se arriesga a dibujar una mofa de su persona, a caricaturarse y perder credibilidad; sin embargo, esto no sucede, sino todo lo contrario.

Una obra llena de carácter, con un tufillo de egocentrismo sutil, deleitable, pero llena de bastante calidad. Un ensayo personal, testimonial y cuya referencia es el espejo que el autor se puso frente a la página, donde desnuda un fatalismo compartido con los que a lo largo de su vida lo han acompañado en el consumo de la cocaína, lo cual incluye ex parejas, amigos e incluso a su hija.

Un selfie plagado de memorias, de imágenes que se le quedan al lector, que son puestas en el camino de la sinceridad, fuera de halagos, de adornos excesivos y de rodeos literarios, un selfie que no enfoca pedantería como cuando manifiesta que si: “… te metes mucho perico es bueno nivelarlo con un antihipertensivo. Y es lo que he hecho desde aquel día, campechanearme la coca con Enalapril.”

Un libro lleno de temores, preocupaciones, soledades y muerte. Es el relato de un escritor y su amorosa relación con la caspa del diablo, pero también de la persona que está ahí lidiando con la adicción, disfrutándola, pero sobre todo controlándola. Un pericazo que “comparte un destino fatalista” y donde “la gente no soporta que destaques. Siempre que seas parte de la misma mierda serás querido y comprendido. Si sobresales te granjearás la mala onda de tus allegados.”


Luis David Niño Segura / ldns280707@gmail.com