Por Edgard Cardoza

Su nombre andaba de boca en boca y era más repetido que el Padre Nuestro, no por ser el cacique del pueblo, ni el maleante número uno, ni por su habilidad para conquistar corazones femeninos. Aparecía tan seguido en la lengua de la gente, porque Leónidas Bodán era, nadie lo dude, el sabio y benefactor del pueblo.

Su campo de acción prácticamente no conocía límites. Los vecinos acudían a él en busca de soluciones para los más variados y complicados problemas. Era consejero tanto en conflictos familiares como en cuestiones financieras. Era él quien presidía las celebraciones del patrono del pueblo y coronaba a la reina de las fiestas, lo mismo que encaminaba al cielo el alma de los difuntos con rebuscadas peroratas. Si la puerca había torcido el rabo, pues él se lo enderezaba. Si el becerro grandullón continuaba pegado a la ubre de la vaca, él le quitaba lo mamón. Si el recién casado no quería bajarse del guayabo para llevar alimento a la casa, él le limaba la pasión y le inyectaba ánimos de trabajo. Si la Cuquita o la Teofilita no dejaban títere bajo las braguetas, él les preparaba algún menjurje que les quitaba lo prostitutas, aunque esto las dejara en transparente lesbiandad. No, si era un santo el viejo.

En el pueblo, obviamente había autoridades encargadas de dirimir las dificultades del orden civil, pero éstas siempre consultaban con él previo a emitir sus veredictos. Hasta los hacendados ricachones se quitaban el sombrero ante la sola mención de Leónidas Bodán. En resumen, él tenía respuestas y remedios para todo, aunque a veces sus soluciones no fueran las más comunes.

Pero la ocupación a la que dedicaba más tiempo y esmero y por la que la gente más lo afamaba, era la práctica de la medicina. Muchos decían deberle la vida. “Don Leónidas tiene el don divino de curar”; “Don Leónidas es un santo”; “Don Leónidas siempre tiene guardado algún milagro”, comentaban. Y en ese renglón, la fama de aquel semidiós con jorongo y huaraches ya había rebasado el ámbito local.

Por aquellos días, mi hermano menor andaba un poco enfermo, había pescado una terca gonorrea durante un viaje a la capital del país. Tenía casi dos meses padeciéndola y por más cosas que le recomendaban que tomara o se aplicara, la malvada enfermedad no cedía. Fue entonces, que mis otros dos hermanos y yo le aconsejamos que consultara al milagroso Leónidas Bodán.

Yo por ser el mayor, lo acompañé. Llegamos como a las nueve de la mañana al amplio jacal que le servía de consultorio y gabinete de curaciones. Había antes que nosotros una  larguísima fila de impacientes. Fuimos atendidos como a eso de las cuatro de la tarde.

-Pasen muchachos -nos dijo Leónidas con semblante bonachón y voz que inspiraba respeto.

-A ver, a ver, ¿quién es el enfermo? -preguntó.

Mi hermano tímidamente contestó que él. Luego lo interrogó acerca del mal que sufría. No necesitó de tantas explicaciones para ubicar su padecimiento. Le preguntó cuánto tiempo llevaba enfermo, acto seguido le pidió que se bajara los pantalones y se parara sobre una silla que tenía frente a él. Lo hizo.

-Ahora salta al suelo -le dijo.

Lo hizo, y se dibujó en su cara una mueca dolorosa.

-Bueno, pasaste la prueba, muchacho. Si no se te cayó el chirimbolo en el rebote, es que todavía admites curación. Súbete los pantalones y espera tantito -le dijo.

Se dio la vuelta, dirigiéndose a un fogón bastante vivo que estaba en un extremo de la pieza. Tomó un cauterio con mango de madera, de punta gruesa y ovalada, lo metió entre las llamas y salió de la habitación. Regresó como a los diez minutos y se ubicó junto a un tapanco que tenía una sábana toda percudida encima.

-A ver muchachos, vengan los dos para acá. Tú el enfermo, amárrate en los ojos este paliacate y este otro lo haces puño y lo muerdes, luego te bajas los pantalones y te acuestas en el tapanco; y tú -me dijo- agárralo fuerte, que no se te vaya a soltar. Y comentó a mi hermano: te va a doler, pero sólo es un momentito, así que aguántese como los machos.

Se dirigió de nuevo al fogón con un grueso trapo en la mano, sacó el enorme cautín ahora al rojo vivo, regresó casi corriendo y lo aplicó al pene de mi hermano, quien se quejó, forcejeó y después se desmayó.

Se sintió un fuerte olor a carne chamuscada. Y la ufana sonrisa del tal Leónidas Bodán pareció llenar el cuarto. El reputado santo había dejado el falo de mi hermano como vencida máscara del luchador Blue Demon.

-Bueno, muchacho -me dijo-, ahí tienes a tu hermano, listo para seguir haciendo felices a las chamacas.

Pero al ver nuevamente la apabullada máscara azulmorada, yo estuve seguro que Blue Demon no volvería a pelear más.


*El Santo, Blue Demon: nombres de batalla de dos emblemáticos personajes (enmascarados) de la lucha libre mexicana.