Por Sergio J. Monreal

 

SEGUNDA PARTE: LA CACERÍA

 

Caserío sur

¿La presi? Corrupta se vio. Su sanedrín no juzga delitos tus males y procura, febril, computar en ríos tu sangre:

—Hijos, sufraguen y no sufran.

—Pedimos sumar fe. Si no dudan de mi fortuna, réditos juraré. Mi voz su paz es. Mi holgura les brindo.

—¿Gustas éxito? Lucra. Te miro luchar vencido. Lucha en mi común arte. Sí, pon tu parte. Dios puja, te involucra. ¿Ves, listo? Lucras feliz.

—¡Oh! ¿Un asesino? ¿Cuál? Mentir no lustra, ve y comulga. ¿Tu gran delito?: fumar.

Mentir con gula les brindó sus trajes finos. Guarecidos cual erizos, nunca ven líos, nunca les importuna el frío. Surjan despidos, sufran ejidos. Buscan mentir, ocultar el circo brutal que libró su asesino. Culpables, inoculan respiros fugaces, sin son, pura hez sin voluntad.

El filo surca henchido sus calles. Sin consumar respiro, suma pérfido sus males, vil locura. Qué vivo, tú. El big bro nunca cedió dudar de sí. No duda servirnos su paz de timo. Fruta senil con pus, hurta que Dios muda de nido, hurta el sino bruma que sin consulta bebimos. Bufa éxitos, pugna réditos, nubla débitos, sustrae sismos, muda en vino purgantes.

Han debido sumarse inocultables signos: cunas en vilo, ultrajes sin fórmula, heridos plumajes, gritos, fugas en microbús, madres mil contusas, testigos, luchas en libro, tumbas que ni son cruz, maldecir torturas, gemir, ocultarse sin consulta. En fin, lo nunca sentido.

Una edil con cuadernillo jura que ni con lupa se vio mutar el brillo lunar en limo frugal, que tiró su café sin procurarle mimos una vez miró cuál verismo lustra el dicho brutal descrito. Culta, explicó sus planes, firmó un atrevido curar. En cinco juntas le dio luz.

A ver si no lucra. Bendito Sur.

(a, e, i, o, u, a, e…, fonéticas)

Portada del libro

Amaranta Salazar

Hoy comenzó el cerco. Quien conmocionó nuestro vivir, nuestro ver, nuestro sentir, quien violó y cercenó, debe ser detenido. Hemos hecho el mejor equipo posible, un cuerpo de élite sin lecho ni sosiego desde este momento. No nos sentiremos seres dignos si ese cerdo sigue suelto.

El proceso de selección fue minucioso. Nuestro primer requisito fue no tener recelo por el hombre como sexo específico. Se desechó todo elemento sospechoso de excesivos fervores por el feminismo extremo. No tenemos enfrente un choque de géneros. Lo que tenemos es un loco concreto y no podemos permitirnos desvíos emotivos ni estériles psicologismos.

Los cinco miembros de este cuerpo de élite debemos tener completo control sobre nuestros sentimientos, emociones e impulsos. Los cónyuges, los hijos y los deslices no influyen en nuestros juicios ni entorpecen nuestros procedimientos.

Un motivo íntimo debo empero reconocer en mí. Y es que yo lo conozco. Sí, lo conozco. Me lo topé en un centro nocturno, por el tiempo de su segundo crimen, deduciéndolo en inútil recuento poco después.

Sufriendo los dolores de mi entonces reciente divorcio, bebí sin control, interpreté corridos de despecho, grité improperios, lloré como un bebé con frío. Con los sentidos turbios, percibí de pronto un tipo borroso enfrente de mí.

—¿Quieres un confidente? —preguntó con inflexiones de obsceno tinte, sin encubrir ni por un segundo su intención.

Yo me encogí de hombros. En un cubículo con luces de colores, seguimos bebiendo de su bolsillo. No me fijé en su rostro, no me importó sentir sus toqueteos en mis muslos. Me conservé indiferente, permitiéndole besos, mordiscos, lengüeteos y pescozones. Mi único empeño fue conseguir olvido bebiendo.

Recuerdo que en un momento de respiro, sosteniendo mi lóbulo derecho entre sus dientes, me preguntó mi nombre. No bien lo escuchó, se puso de pie, desembolsó tres billetes, escupió un sordo insulto y giró sobre sus pies, en pos del bullicio del piso inferior.

—Todos los hombres son el mismo excremento revuelto —filosofé con poco ingenio, y me sumergí en mi tercio de ron.

Minutos o siglos después, en medio de vómitos y lloriqueos, lo escuché repetir su número de cínico confidente en los servicios (“¿quieres un hombro dónde sufrir?”). Logré oír el nombre de su nuevo objeto de consuelo, un espíritu femenino sufriendo mi mismo dolor. Luego, de bruces sobre el bidet, seguí devolviendo.

Mis recuerdos nocturnos se interrumpen en ese punto.

Desperté en el lecho de mi desierto nido, con el sol poniente enrojeciendo los muros del edificio frontero. Llené el pilón y hundí el rostro en él. Bebí de golpe tres litros inodoros, incoloros, insípidos y electropuros. Evité verme en el espejo. Recogí del piso los periódicos vespertinos. Leí:

TIEMBLEN MUJERES. TERRORÍFICO CRIMEN.

En un pie de foto reconocí el nombre de quien ocupó mi sitio, sin comprender por qué se me perdonó, por qué este furioso delincuente me juzgó trofeo indigno de su colección.

Desde entonces busco responder.

Mis seres queridos me dicen que es tonto, pero lo cierto es que me siento cómplice de todos los crímenes cometidos después de ese encuentro. No logro eludir el sentimiento de que pude descubrirlo en el centro nocturno, interrumpiendo su delirio en el mismísimo prólogo. Si no hubiese permitido que el dolor de un rompimiento me ennegreciese el juicio.

Pero ese sentimiento no es lo decisivo en mí.

Yo tengo el nivel superior en el grupo. Soy el jefe, si es que se quiere decir de ese modo, y mi sentido del deber me previene de convertir esto en un culebrón de pistoleros. Soy miembro de un equipo, y ese equipo obedece, por sobre todo, motivos colectivos. Es reunidos con ellos que nuestros empeños secretos vuelven nítido y efectivo su sentido profundo. Investigo con Selene Reyes, Iris Gil, Flor Orozco y Luz Cruz. Luz Cruz, por cierto, no tiene ningún nexo con ese viejo episodio que los periódicos siguieron con horror en no se qué lustro del siglo precedente (un espíritu enloqueció por no tener dinero y cortó el existir de sus propios hijos como en los mejores cuentos griegos).

No puedo prometer ningún fruto. Simplemente ofrecer nuestros esfuerzos, nuestros desvelos y nuestro sincero celo. E insistir: no sentimos ningún tipo de repudio por lo viril. En lo que me concierne, sé lo mucho que hemos debido sufrir como mujeres, pero no enciende mi fe ese juego del ojo por ojo y el diente por diente. Figurémonos por un momento que lo que tenemos enfrente es un enloquecido miembro del sexo femenino, ejerciendo su terror no sobre mujeres sino sobre hombres, sin distinguir niños de efebos o de viejos. ¿No es digno de idéntico desconsuelo e idéntico furor?

Mis pulmones se nutren lo mismo con el perfume del sol que con el de ese cuerpo celeste cuyo nombre en inglés es moon. Todos somos hijos del mismo polvo cósmico y constituye un hermoso misterio descubrir en el otro extremo del espejo un doble que, distinguiéndose de nosotros, nos permite distinguir el infinito posible de todo lo que no somos.

Hoy comenzó el cerco. No nos mueven ni el desdén ni el resentimiento. Nos mueve todo lo que es justo. Nos mueve el bullicio del vivir, hoy en silencio. Por eso hemos elegido perseguir este eco de temor y de muerte. Por eso nos volvemos cepo.

(sin a)


*Ambos textos forman parte del libro Abecerial Killer, publicado por Sporting Club de les Lletres (2018). Agradecemos las facilidades del autor para su publicación.