Por David Álvarez

Hace algunos días, sentando en mi escritorio, recordé la ocasión en la que, junto a unos colegas, viajamos a San Miguel de Allende para celebrar mi cumpleaños 22. Originalmente iríamos de farra y camping a Joya la Barreta, un poblado perteneciente a Querétaro y que tiene un área de tipo turístico para acampar y preparar asados. Había quedado con dos grupos de amigos para asistir; con unos iría desde la mañana y los demás llegarían por la tarde. Me cité con Neri y Macuas en avenida 5 de Febrero, a la altura de la colonia Obrera, donde asisten diversos tipos de transporte entre los que destaca el Flecha Amarilla. Llegamos, compramos cerveza del Maxivinos y esperamos a que un autobús pasara. Por ser solo tres, empecé a malviajarme y a pensar en que mi celebración no se realizaría como yo había pensado; no tenía certeza de si los demás irían por la tarde sino fe, y opté por lo concreto: solo seríamos tres sujetos, pocos para ir a un espacio abierto; algo no muy apetecible en ese momento.

Recordé, entonces, que en San Miguel, justo ese día, tocarían los Atletas Campesinos y me pareció buena idea acudir a verlos y pasar mi cumpleaños por allá. A Neri y Macuas les gustó la idea y abordamos el transporte. Bebimos durante el viaje platicando cualquier cosa. Viajar en camión mientras se bebe es un placer que gozo sobremanera. Llegamos a San Miguel después de tres horas. Rondamos por la avenida principal, donde se encuentra la central camionera. Neri conocía a Miguel, Mike, un tipo de su trabajo, originario de allá, quien acudió por nosotros al centro de la localidad y nos dio alojo en el terreno de su familia, el que apenas estaba en construcción, pero que ya contaba con un cuartucho, dos camas y luz. Fuimos, dejamos las cosas y regresamos al centro. Mike se juntó con nosotros para pasar la tarde. Acudimos al concierto, que sería en un bar, pero no nos quedamos. El problema: la entrada en 150 pesos y sin bebidas alcohólicas; pura agua de jamaica y horchata. Nos quedamos sin nada, varados en pleno centro con mi celebración deshecha. No nos quedaba de otra más que comprar alcohol y regresar al terreno; eso fue lo que se nos ocurrió. Nos despedimos de Mike, quien se había fastidiado y caminamos, cuando a los pocos metros, regresó por nosotros y nos preguntó si queríamos ir a una cantina llamada el Tenampa, la que se encontraba a unos 10 minutos de donde estábamos. Dijimos que sí.

Lo que parecía un mal cumpleaños fue cobrando forma. Entramos al lugar, Mike conocía a la pandilla, pedimos unos tragos y nos dispusimos a beber. Conforme el alcohol hacía de las suyas, junto a la música, comenzamos a ambientarnos. Risa y risa la charla se extendió hacia los borrachos que yacían alrededor desde que llegamos. El cantinero nos invitó unos tragos y pasamos de la mesa hacia la barra. El dueño llegó posteriormente y se despachó con un Bacardí de regalo. En ese instante recibí la llamada de mis camaradas que llegarían a Joya la Barreta, quienes estaban preparados con casas de campaña, bebidas y comida. “Híjole, banda, no ando ahí, me vine a San Miguel”, comenté. “¡No mames, cabrón! Ya estamos todos reunidos, hasta compramos un chingo de cerveza”, me respondieron. Colgué después de disculparme y continué la bebedera. Dieron la 1 de la mañana y el local tenía que cerrar, por lo que nos despedimos y decidimos buscar más alcohol y seguirla en el terreno.

Al otro día, con la cruda, decidimos asistir al mercado para buscar qué comer e irnos. Mike se fue a su casa y nosotros seguimos. El dolor de cabeza era terrible pero había valido la pena. La charla con los de la cantina ya había salvado mi cumpleaños y solo nos quedaba la memoria y su felicidad. Nos encaminamos con las mochilas y gafas de sol. Salimos del mercado y en el trayecto una camioneta pasó velozmente y nos gritó; no sabíamos qué, aunque sí sabíamos que era hacia nosotros. Al doblar por la avenida principal, pasamos por tres caguamas para el camino. Neri y yo entramos mientras el Macuas se quedó afuera. En eso, llegaron tres tipos también a comprar alcohol. Al salir, Macuas se estaba haciendo de palabras con el conductor de una camioneta, que era la misma de la que nos habían gritado. Al parecer Macuas miró al tipo y este se la hizo de pedo, cantándole un tiro. La discusión terminó bien, los demás llegaron a calmar el asunto y nos invitaron un raite, a lo que aceptamos sin razón alguna.

Nos sentamos en la parte trasera de una Lincoln blanca. Eran cuatro tipos de 35 ó 45 años, tomados y enfiestados. El conductor bastante violento, quien durante el camino estuvo agrediendo verbalmente a los demás conductores. Se presentaron, nos presentamos, y les dijimos que veníamos de Querétaro solo a pasar una noche por sus lados. Avanzamos hasta que llegamos a la terminal, pero no se detuvieron. “¡Oye, carnal, aquí nos bajamos!”, les dijo Neri y nos respondieron con un inolvidable: “¿Querían venir a San Miguel? ¡Pues ahora van a conocer San Miguel, putos!” y siguieron. En ese instante mis nervios acrecentaron; me miré con Neri y el Macuas sacados de onda; “Ni pedo”, entendí decir de los labios de Neri. Los tipos reían de cualquier tontería y nosotros solo bebíamos, medio platicando con ellos, medio pensando. “¿A dónde vamos?”, les cuestioné. “¡Tú no preguntes, ponte a pistear!”. Duramos 30 minutos de camino, donde ya no había casas sino pura cosecha, y debo admitir que diosito vino a mi memoria y casi termino rezando. Comencé a indagar en las posibilidades de que lo que pensé nos estaba pasando, nos ocurriera a nosotros. “¿Y por qué no?”, respondí hacia mis adentros. “¿Por qué chingados nos subimos?”, lamenté, mientras observaba los rostros preocupados de mis camaradas.

Llegamos a un deshuesadero, donde nos recibió un tal Pantera, un tipejo enorme mezcla entre Danny Trejo y Jason, el de viernes 13; nomás le faltó el machete. Alejado y desolado, el espacio y el tal Pantera, hacían que aquello se viera más sádico. “Aquí es”, nos dijeron y bajamos de la troca. Caminamos los tres mientras los demás, gritando y a carcajadas, salían uno a uno, inhalando coca y bebiendo. Nos invitaron a tomar asiento en uno de los automóviles destartalados y nos abrieron unas cervezas de lata, ya que las caguamas que compramos se habían acabado. Pensé en el traslado: 30 minutos en automóvil serían alrededor de tres horas a pie. Nos sentamos y se hizo el círculo, y cada uno se presentó. Jorge, volvió a sacar unas líneas de coca; era un plomero estilo rocker quien nos preguntó sobre lo que hacíamos. Luis resultó ser profesor de karate y amigo de Jorge, quien se acababa de integrar a la borrachera que traían desde anoche. El Varas, un viejo artesano quien apenas podía hablar y Ramón, el tipo violento quien nos retó a echarnos unas vencidas, además de mostrarnos la cicatriz en su abdomen de un machetazo que le dieron en una riña. Era su máximo logro y no dudo en presumirlo durante casi 20 minutos. Sí, los conté. El Pantera solo nos miraba sentado en un cúmulo de ladrillos a unos metros de nosotros, sin hacer nada más que tomar un trago de cerveza cada tanto.

Con la charla, las invitaciones a fumar hierba o inhalar coca el nerviosismo se fue apaciguando. Nos fueron invitando más alcohol y nosotros gustosos aceptamos. Si habríamos de morir, que sea en el paraíso. Las vencidas las había ganado Luis, el karateka y por eso merecimos más alcohol. Llegó un momento en el que la resaca y la malavibra desaparecieron. Nos contaron anécdotas del barrio, historias de pleitos y cotorreos. Nosotros hicimos lo mismo y terminamos abrazándonos con fraternidad. “¡Pinches batos, la neta me sacaron un susto!”, les reclamé. “¡Somos la banda!”, respondieron y se ríeron. La noche nos alcanzó repentinamente; habíamos perdido noción del tiempo y andábamos bastante fumigados. El Varas nos obsequió un collar, que al final terminó por cobrarnos; nos pasamos los números para la próxima ocasión y nos despedimos. Compramos un par de caguamas para la caminata y seguimos la andanza, medio tambaleantes, pidiendo raite. Duramos cerca de 15 minutos cuando Ramón, el tipo agresivo, nos pitó desde su camioneta y nos dio aventón hacia la terminal. “Ni modo que los dejemos solos”, nos dijo y seguimos pisteando. Llegamos después de 30 minutos, nos quedamos a bebernos los últimos tragos en el estacionamiento y nos dijimos adiós. “Vengan cuando quieran, ahí tienen mi fon”. Chocamos los puños, entramos a la central y pedimos tres boletos para la próxima salida a Querétaro.