Por David Álvarez

En el barrio llegó un gato al que bautizamos Príncipe Carlos, que conocimos un día de cotorreo en casa cuando se integró al grupo y del que era inevitable acariciarlo. Al principio pensamos que era callejero, pero resulta que es compa de los nuevos vecinos, unos tipos que se ponen borrachos, entre semana, escuchando música de animé.

El nombre se lo puso mi roomie, en alusión a la serie de BoJack Horseman: Comala sería la versión femenina del Sr. Peanutbutter, a quien se parece un chingo, y el gato, la versión masculina de la Princesa Caroline. Nos pareció un gato bien chido y antes de saber lo de los Otaku, llegamos a pensar en adoptarlo.

Para no hacérselas extensa, lleva dos meses por acá, pero hace poco descubrí que el Príncipe Carlos le estuvo haciendo bully a Comala, llegando a quitarle las croquetas e intimidarla psicológicamente. Además, últimamente he escuchado comentarios de los vecinos de que ha agredido a otros perros, desde Chihuahuas hasta un Pastor Alemán y un Gran Danés, y que se pasea por la calle bien campante, como si todos se la peláramos. Hasta los carros le dan la vuelta, lo cual me consta.

Es inteligente: se gana la confianza de las personas y detrás es el azote de los canes, robándoles la comida, las camas y los juguetes. Incluso, por lo que se sabe, agredió y corrió a los gatos de la zona, siendo el único felino de la calle. Ese pinche gato malandrín tomó el barrio y ni cuenta nos dimos. Ya me lo imagino trepado en la azotea diciendo “¡Wachen este paisaje, hommies!”, como Spider, el de Sangre por sangre.

P. D. El Príncipe Carlos acaba de entrar a la casa y Comala se escondió debajo de la cama. ¿Ven? Ese gato es un pandillero.