Por Jonás

Hay en la traición un gesto sublime de respeto, de admiración y entrega que se dibujan en la sutileza del propio acto de la traición. Cuando hablamos de la traición, hablamos del acto de la misma en el gesto teórico, en el acto del percibir la fisura del pensamiento y tomarlo a cuenta propia. Por ello es claro que la determinación que aquí expresamos con mayor vigor, para poder hacer honor a quien escribe, es que se debe «traicionar» al autor, al teórico, al pensador, al filósofo.

Traicionar es un acto que conlleva muchos mecanismos que habría que dejar claros. El primero es el acto de la percepción o del develamiento. En la traición es clave. Quien traiciona debe de poder entender la lógica oculta bajo el papel de la retórica permanente. Esto es cierto desde el momento en que podemos percibir las articulaciones del pensador en un mamotreto lleno de paja. El autor devela su lógica para no ser percibido como simple o, en todo caso, su lógica no puede ser simple ni sutil.

Cuando hablamos de la traición, hablamos del mayor acto de respeto, responder a la lógica interna de las formulaciones retóricas. El develamiento del argumento central, deshilar, desanudar, jalar las fibras centrales para deshacer el hilo conductor y que este se distribuya en todas las vertientes posibles.

La traición del autor es un acto cotidiano, un acto necesario para la superación del pensamiento. Quien repite un elemento retórico no traiciona al autor, le desconoce en sus fibras internas y se somete a una repetición continua de sus postulados argumentativos sin reconocer la lógica interna. El verdadero traidor no repite, no comenta citando a la menor provocación el texto ni se somete al “lo que dijo tal pensador fue…”, sino que se construye a partir de la rigurosidad de la lógica del pensamiento que muchas veces se encuentra oculta en miles de cajas retóricas.

Es la distorsión ideológica, supeditada al flagelo de la representación verbal. La voz que se dice única para poder hacer suyos los argumentos simbólicos de un lenguaje que se ancla en lo más oculto de la estructura del pensamiento. Pero a esa lógica de la repetición ideológica también la persigue la estructura actual de nuestras subjetividades sociales. Tanto aclamamos la tesis once sobre Feuerbach, de Karl Marx, que hemos pensado en que las estructuras internas del pensamiento ya no son necesarias, que a lo único que podemos someternos a la lógica de la acción concreta, de la transformación constante… al movimientismo. Pero no reparamos en que la acción transformadora de la realidad también pasa por su conexión necesaria con el pensamiento, con la interpretación, con el necesario momento de repliegue para poder articular la lógica estratégica a la que nos hemos de supeditar conforme avancemos.

El seguidor ideologizado se somete a una continua presión por hacer suyos los preceptos de un argumento construido para darle simbolismo a la lógica interna del hilo conductor. Por el contrario, el traidor sabe que será tachado de traidor al extraer la estructura interna del pensamiento y sus determinantes en pro de un seguimiento de la propia lógica del pensar y el actuar dentro del campo filosófico. Se somete a los argumentos negativos, pues su tarea está más allá de la moral ideologizada.

Cuando Jesús se somete a la lógica de su muerte como única forma de salvar el mundo lo hace supeditando su muerte al acto de la traición. Judas, al verse inmerso en una lógica donde la muerte de Jesús es necesaria hace su tarea, se deja guiar por los azares de la historia y termina por traicionar a Jesús. Es en Judas y no en Jesús mismo en quien reside la salvación del mundo. El martirio de Jesús vendrá a darle fuerza a la lógica histórica del devenir mesiánico (es decir, del cristianismo primitivo). En Judas reside la traición del maestro para poder darle fuerza a los inicios del movimiento sutil de la historia. Al final Judas rechaza las monedas y se quita la vida. Su tarea ha sido cumplida, sobre sus espaldas carga el peso de la moral ideologizada que le recrimina la muerte del maestro.

Ese reclamo, se cierra ante la necesidad perpetua del maestro para poder seguir con el hilo argumental y su acción. No entiende que la lógica de pensamiento del maestro está más allá de su expresión retórica frente al devenir de la vida. Su propia existencia limita el potencial de la lógica interna de su pensamiento. Por eso también debemos matar al maestro.

Recuerdo por ahora un par de casos, quizá conectados todo su potencial con el hilo argumental de lo que a mí me apasiona. Pienso en Karl Marx y en el psicoanálisis. Por un lado, el pensamiento de Marx ha sido un perpetuo blanco de críticas, positivas y negativas. Pero resalto el hecho que ese pensamiento es el mejor ejemplo de la traición. Quienes han esbozado el marxismo crítico, sin por ello caer en la farsa de la defensa reaccionaria, han sabido entender la lógica interna del pensamiento que trató de desarrollar Marx, más allá de los meros preceptos argumentativos y su repetición ideologizada como a lo largo de las décadas se ha venido reproduciendo, sobre todo a la luz del burocratismo bolchevique, aunque desarrollado también por otras escuelas de pensamiento.

De la misma forma, pienso en el pensamiento de Jacques Lacan y su «traición» a Freud. El psicoanalista francés trató de construir un retorno a Freud, pero a los ojos del fenómeno expuesto en su encubrimiento, se trató de la construcción del propio pensamiento lacaniano. No obstante, esta construcción a partir del retorno es la lógica de la traición. Pues Lacan termina por entender las formas retoricas y se desdibuja de ellas para construir una nueva forma de entender la subjetividad contemporánea a su época y así supeditarse a la estructura interna del pensamiento de Freud.

Volver a Freud y Marx, no es sólo la repetición retórica de estos autores, es su traición. Pero una traición construida sobre la base del develamiento de la estructura interna, de la lógica no develada, del pensamiento del autor.

De esta forma, ¿cómo poder construir pensamiento crítico en tiempos donde parece que todo ha sido dicho? ¿Y si ese dicho inamovible no es más que la forma aparente de un argumento que puede ser hilo conductor que nos explote la potencialidad del pensamiento? Traicionar al autor, por tanto, no es dejarlo de lado. Traicionar al autor es darle continuidad a lo interno de su exposición retórica. Porque para repetir existen muchos autores, pero para comprender lo que no se presente al instante…hay mucho trecho.