Por Jonás

El amor es como una cosa que nos atraviesa, que se vuelve latente en nuestras vidas. Es como una expresión de la subjetividad que nos carcome. Es un «goce» en toda la expresión de la palabra. Del amor podemos obtener el placer o el displacer, es un momento de entera satisfacción pero también de vacío y lesividad. Quizá valdría la pena citar a los clásicos y decir que amar es sufrir y querer es gozar, una distinción un poco vaga desde el lugar en que tratamos de traerla a colación.

Pero, al mismo tiempo, habría que hacer una distinción. El amor es la expresión más básica de la existencia. Yo no me atrevería a hacer una dicotomía entre el amar y querer. Aunque, también, es claro que hablamos del amar en lo que comúnmente conocemos como el amor romántico. Este amor se ha convertido en el placebo necesario de nuestra existencia. Es el espacio idóneo para nuestras subjetividades vacías. El amor no se piensa, se vive. Pero al mismo tiempo nos hemos dado a la tarea de pensar en el amor.

En sus Fragmentos de un discurso amoroso, Roland Barthes cita que “nadie tiene deseos de hablar del amor si no es por alguien”. Por ello es menester responder al cuestionamiento con transparencia y hacer claro que nos encontramos en este momento en la trama del amor. Quizá ya no ligado a un «alguien» como encarnación de lo vivido, pero sí como «fantasma» que se hace necesario evocar para poder hablar. “Estás ahí (puesto que me dirijo a ti)”, dice el mismo Barthes.

Pero el amor se ha desvirtuado por completo. Lo hemos convertido en el reducto de lo que nos falta y no en la satisfacción de lo que nos excede en la vivencia de la libertad. Frente al amor romántico, el amor libre se ha dispersado sin el sentido claro de lo que implica. Se entiende que por la etiqueta discursiva los sujetos se hacen parte de una relación y que ésta ya no implica las ataduras de la relación formal y autodestructiva. Pero cabría preguntarse si el mero mote hace posible el autorreconocimiento de los sujetos como para liberarlos y hacerles sujetos posibilitados a una permanente vaciedad que les ayude al disfrute claro de su libertad en la relación.

En este punto es bueno pensar en aquello que unas compañeras del movimiento de mujeres reflexionaban sobre la «lesbianización», como una posible respuesta de la opresión amorosa del macho sobre la mujer, sobre si es un camino correcto de cara a los procesos romantizados que en todo tipo de relación amorosa se reproduce, ya sean parejas del mismo o de diferente sexo.

Jacques Lacan dijo, durante su seminario sobre la transferencia, que “amar es dar lo que no se tiene a quien no es”. Quizá como la reflexión necesaria para entender dónde estamos parados. Frente a una subjetividad vacía con la que buscamos compartir. Pero muchas veces nos dejamos llevar por su ilusión, por nuestra ilusión…aquella ilusión de la completud, de la totalidad, sin darnos cuenta de que estamos frente al espejo de nuestro propio deseos. El deseo se lleva hasta el extremo y pocas veces reparamos en la reflexión, y entonces las inconexiones del amor se hacen latentes. Porque uno puede saber lo que dice, pero no lo que escucha el otro…y entonces es cuando pueden surgir las fallas del amor, ante la espera del otro.

Sin embargo, esta supeditación del otro termina por carcomernos, a veces no nos damos cuenta de nuestro propio vacía y echamos a saco roto nuestras expectativas. Buscamos en el otro lo que no tenemos frente a nosotros y le damos la idea de que esperamos algo. Esa espera se vuelve temor.

Dice Walter Benjamin que a una persona únicamente la conoce quien la ama sin esperanza, quien no la somete a la idea de la espera de algo. Cuando fundimos su imagen simbólica a la idea de una pérdida latente. Cuando no depositamos en ella lo que queremos. Ese quizás sea el llamado que hoy surge como necesario. Pero no será un proceso del lenguaje, al final es una tarea que nos excede.

Continuará…