Texto y fotos por Eriko Stark

Se cumplen 40 años desde que un grupo de homosexuales, lesbianas, personas travestis y transgénero salieron a las calles a exigir sus derechos y garantías a costa de su propia vida. Ellos se manifestaron por ser libres, se manifestaron en contra de todos, incluso de ellos mismos ignorando las voces ocultas de aquellos intelectuales de clóset que hoy son venerados como vacas multicolor. También se manifestaron para poder exigir sentimientos de honestidad y bondad que hablen desde el amor porque hasta la fecha, los documentos que hablan del amor y el cariño siguen siendo pocos. México siempre ha condenado la homosexualidad con odio, con palabras llenas de repudio, palabras que hasta la fecha siguen cargando bajo sus genitales.

Hoy en día, los sentimientos de la comunidad LGBTI son uno de los mayores cánceres de nuestra sociedad que aún no han sido enfrentados, la marcha del pasado sábado 23 de junio fue una apariencia deforme que poco a poco mostró su verdadero rostro. El resultado de tantos años se resume en tres palabras: poder, dinero y soledad; todo se refleja en los retratos más desolares de aquellos jóvenes que marcharon con la intensión de encontrar a una persona y terminaron solos en un antro, intoxicados por las drogas alteradas y el alcohol barato esperando ser levantados por cualquier persona para que hicieran de ellos cualquier pesadilla posible, incluso la muerte.

La Ciudad de México ha sido el único lugar influenciado por los movimientos globales, la lucha de 1968 motivó a nuestros líderes homosexuales a crear un grupo que en un momento crítico diera la luz, y ellos creyeron que iban a cambiar el mundo al igual que nosotros cuando la revolución travesti a manos de las drag queens comenzó a tomar poder. Tal vez el evento más emblemático de nuestra generación fue el asesinato de Paola, una prostituta trans que fue asesinada a sangre fría por un guardia de seguridad que quedó libre gracias a la corrupción de nuestro sistema.

En Paola vimos la posibilidad de una generación orgullosa y diversa dispuesta a luchar, pero recuerdo que mi vida, especialmente en este sexenio se vio envuelta por aproximadamente por más de 100 fiestas de las cuales tengo memoria como de 40. Recuerdos de lugares lúgubres donde el glamur y el dinero era más importante que la lucha misma, y ya lo había escrito Hunter S. Thompson, la juventud fracasó en su intento de cambiar al mundo y nosotros fracasamos cuando nos hicimos adictos a las fiestas con cuarto oscuro.

A tantos años de lucha miro a mi sociedad LGBTI, me miro a mí mismo y sé que fallamos. Realmente el sueño que vislumbraron los iniciadores de la primera marcha, el Frente Homosexual de Acción Revolucionaria (FARH) terminó en el fracaso. Fallamos a todas esas personas que murieron a causa del Sida en los ochentas, y a todas las personas que se han suicidado por no ser aceptadas o en los Estados donde ser homosexual es motivo de cacería y asesinato. Fallamos a todos esos muertos que perecieron en la Guerra contra el Narcotráfico, especialmente las mujeres trans. Lamento decir que aquellos marcharon hace 40 años van a morir y se van a pudrir descubriendo que no pudieron cambiar nada y que nuestras generaciones les fallaron a las venideras.

Esta marcha le fue dedicada a la juventud, el futuro más hipócrita de nuestro país. Ellos avanzaron al frente, gritando con la potencia de sus voces, desconociendo su propia historia mientras eran patrocinados por empresas capitalistas que se han burlado de su propia dignidad, de su estilo de vida; esa ironía se veía reflejada en casi todas las compañías, algún ejemplo eran los cereales Kellogg’s que lanzaban cajas de sus productos mientras la gente se amotinaba, productos que alguna vez fueron hechos para evitar la masturbación y las practicas sexuales perversas.

Este año fue dedicado a las juventudes, pero creo que la mayor virtud de nuestra juventud se encontraba en los niños, aquellos pequeños soñadores que iban por su propia voluntad, disfrazados y orgullosos de saber que la vida esta llena de colores. Ahora, nuestra lucha, la verdadera lucha es ayudarlos a que no comentan nuestros mismos errores, a que no se conviertan en nuestros propios crímenes de autodiscriminación, en nuestro propio retrato que se aferra al fracaso de una fiesta inmunda y asquerosa donde perecemos en carne viva.

A 40 años, me hubiera gustado que mi vida tuviera más motivos de felicidad y color como aquellos niños, ahora solo quedan las heridas del pasado, el recuerdo de los amigos muertos y la transición del presente. 40 años de libertad y muchos más para que un día se acabe el dolor y por fin se pueda amar sin miedo a ser juzgados, pero ¿podremos cambiar el futuro?