Por Paloma Carreño Acuña

El sonido nos sitúa en un espacio en que nos sentimos seguros. Un mismo ritmo, acento, incluso un mismo ruido. El sonido como staccato de nuestra identidad. Vibraciones moleculares que transforman nuestra percepción del mundo.

Agrupar sonidos para hacerlos lenguaje, lenguaje que se modifica según el clima, calor que expande la sustancia hablada, que cambia también cuando se lleva a la montaña. Adquiere la pausa en la que trota el caballo que la trafica a tierra nueva. Ese sonido es el que hoy nos aleja, nos transforma en miedo.

Cada voz nace de un vientre oculto en la garganta. Cuerdas misteriosas afinadas especialmente para el instrumento que las porta. Combinaciones como códigos secretos, contraseñas sin las que no pasas, no eres, no existes.

Los sonidos son resultado de las características físicas y emocionales del entorno, su clima, recursos, actividades económicas, la cercanía con otras comunidades, los vínculos humanos y de éstos con la naturaleza.

Producen el imaginario colectivo y expresan la construcción identitaria, revisten al sonido de lo que los hace uno y no lo otro, por tanto, separan al mundo a partir de los sonidos. Comunican al exterior que son distintos, y hacen manifiestas sus prioridades. Así sucede por ejemplo con el himno nacional que adopta cada país.

Forma parte de los símbolos sagrados de la patria, prohibido tocarlos, modifícalos, hacer “mal uso”; incluso están conferidos en su mayoría de un poder divino que los legitima.

Ciña ¡Oh, Patria! tus sienes de oliva

de la paz el arcángel divino,

que en el cielo tu eterno destino

por el dedo de Dios se escribió.

Sin embargo, existe una resistencia sonora a la separación, que entiende a la música como un elemento cultural donde se reafirman luchas seccionales, sí, al mismo tiempo que proclama el derecho al libre tránsito del sonido.

Para que se nutra, aprenda otros idiomas, camine y se curta los pies con los distintos relieves. Para que se enfríe, se caliente y hierva. Ebulliciones y se desintegre, para mezclarse con el ambiente.

El sonido es, pues, migrante. Que no puede rechazar su naturaleza de viaje pero que conoce cómo es que lo quieran inmanente, unívoco, servicial. El sonido es en tantos espacios, un ilegal. Que cruza las fronteras para desvirtuar la falacia de la pureza racial.

¿Qué pasa cuando se mezclan las razas de los sonidos? O como les dicen, géneros musicales.

Residente vio en su sangre, el mapa de su pasado. Se dio cuenta del porcentaje de sí mismo que era de otros lados. Aprendió como su tierra, la que nunca conoció, estaba librando batallas históricas, curándose sus dolores endémicos. Recorrió esos lugares y mezcló los sonidos.

“Desde que nacimos, nuestra mancha de plátano salió del mismo racimo. Somos hermanos del mismo horizonte. Todos nos criamos en la falda del monte”, le escribe a Puerto Rico, que divide su identidad: pertenecer a la colonia, ser de ellos, sin ser ellos. En su sangre mezclada, ve a sus células en guerra, condicionadas a luchar a pesar de haber perdido ya, y el ganar sea simplemente no dejar de pelear. “Hoy las lágrimas lloran antes morir. Y a los libros de historia los pongo a escribir. Que le tiemblen las piernas al planeta tierra. Hoy yo vine a ganar y estoy hecho de guerra”.

En la isla de Pacanda, en Pátzcuaro Michoacán, existe el mito de los encantamientos sonoros, ciertos lugares del pueblo donde puedes escuchar los ruidos de parajes muy lejanos. Estos relatos forman parte de la identidad, porque los sonidos permiten que se construya el paisaje más allá de la imagen, en la pertenencia e idiosincrasia.

Con ritmos africanos, Childissh Gambino crea un encantamiento sonoro como los de la zona lacustre de Michoacán, haciendo que se escuche en lugares invisibles el ruido de un mundo que se siente tan lejano, el de la realidad.

Inicia la fiesta, el fandango. Una imagina los pies descalzos, los colores, el baile. Las voces sin palabras dicen tanto. Se va moviendo por el cuerpo la sangre caliente y burbujeante del movimiento. Pero explota inesperadamente ante el impacto de dos balas; una atraviesa el cuerpo y otra la identidad: “This is América”. Y con simbolismos relata “soy de aquí, pero mi color me hace un criminal”.

Existe una rama de la ciencia que se dedica al estudio de los sonidos como un elemento de la cartografía: la etnomusicología, que parte de entender a la música como un proceso, no un producto y que, por tanto, se transforma y alimenta con el contexto.

“La música es una potente fuente de conocimiento”, señala el maestro del Centro de Investigaciones Geográficas: David Garrido, que por varios años ha estudiado los sonidos de la zona.

Algo que siempre ha nacido
detrás de la cordillera
y que no es como una esfera
más bien parece una hembra
que está pariendo una estrella.
Le duelen todas las puntas
sangra con luz de la tierra
el árbol llena su copa
del canto de aves viajeras
pájaros de otro planeta
que nadie a visto de cerca
la ciudad de su horizonte
sabe su nombre que vuela.

Manuel García escribe sobre el territorio interno en su canción del desvelado, ese sitio del imaginario donde todo se crea, sin categorías, para habitar adentro o desbordarse. Pensamiento hecho acto, migra de lo inasible a lo tangible, dejando la duda, ¿se escuchará igual el sonido adentro? Como el pintor que pensó una imagen y dijo después que la logró en el lienzo. El sonido que escuchamos es, tal vez, apenas un eco del ruido interno.

Y sea donde sea que se hallen los lugares o sean nada más que los espacios donde depositamos nuestras concepciones, la música los traspasa, siempre, saltando entre las dimensiones con las que pretendemos dividirnos. De ningún lado del todo, de todas partes un poco, se despide Drexler.


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