Por Jonás

Todo proceso que se envuelva en la visión teleológica de un cambio radical implica un proceso de total entrega a la pérdida. En el caso de la vida biológica podemos decir que este proceso de pérdida encuentra su destino final en la muerte. En el terreno de lo social una reconfiguración total del sujeto que se plantea el cambio radical se somete al proceso de la «expulsión». Mientras que en el plano subjetivo podemos decir que uno de los procesos de pérdida se encuentra en la ruptura amorosa.

Esta ruptura amorosa no es para nada un cambio sencillo o placentero, y tampoco implica la represión total de los pensamientos y sensaciones más lascivas que haya que asumir. Pues la liberación, entendida como un proceso que parte de la “positividad”, inevitablemente atraviesa por mecanismos negativos que son parte necesaria del estatuto ontológico de la negatividad de los sujetos, el desborde de la contradicción entre la subjetividad y la imposibilidad del ser.

La ruptura no es un momento positivo. La pérdida en el amor romántico tiene que atravesar siempre por el momento de tremenda negatividad. Si el sujeto se supedita a una dinámica teleológica del ser, termina por intrincarse en un laberinto sin salida de extrema fragilidad, pues en su idea de completud termina por anclarse en la idea de que su ser está totalmente fundado por el bienestar pleno y en ese sentido se siente listo para poder entrar en contacto con cualquier otra persona. Pero nunca se reconoce la vaciedad de la que formamos parte y que es necesaria para no estar determinados por el otro, en tanto que el amor «verdadero» es siempre un amor sin esperanza (https://goo.gl/X6qzXx).

Pero cuando el amor no se concreta, cuando la ruptura se hace necesaria, es imperativo el tener que atravesar por un proceso de difícil reacción. Un proceso que requiere de momentos homeostáticos, es decir, de acontecimientos pulsionales que regulen los síntomas de pérdida que estamos viviendo. Una parte fundamental de ese proceso es la «traición» del amor. Esta traición se funda en lo que hemos descrito antes como la «traición del autor», pero que requiere de algunas descripciones particulares dentro del proceso amoroso.

La traición en el amor implica la caída del sujeto amado. Cuando nos enamoramos construimos la imagen de «otro», impoluto, perfecto, con pequeñas fisuras pero siempre completo. Es el reservorio de nuestras aspiraciones, es un «tercero traumático» de la relación amorosa. Este sujeto-otro se construye a partir de las vaciedades que deben ser llenadas, las expectativas podríamos decir. Se vuelve el sujeto del amor, por eso Lacan señala que amar es pedir lo que no se tiene a quien no es, este sujeto es el fantasma de nuestro vacío ontológico en tanto que no es. Pero su traición, en tanto caída, es un momento necesario. Porque esta caída representa el develamiento de la fantasía construida en el momento del amor. Es el ejemplo de la necesaria negatividad del proceso de avance y autorreconocimiento en la dialéctica hegeliana.

Esta caída no significa el fin del proceso de pérdida, eso es importante tenerlo en perspectiva. Pero sí es un momento necesario. La traición se ha vuelto necesaria en nuestras vidas. Pero no una traición coloquial, sino una que se supedite a los acontecimiento de los que forma parte. Una traición que reivindique el legado del que al mismo tiempo se pretende distanciar.

El cristianismo está fundado en la necesidad de la traición. En la perspectiva teleológica de que este momento era la piedra angular de una corriente de pensamiento devenida en religión e institución. La génesis del cristianismo, su momento de cumplimiento se da en el acontecimiento de la traición, y no en la muerte de Jesucristo en la cruz. Es la traición de Judas la que da paso a la materialización del momento fundante del pensamiento cristiano. Podríamos incluso aventurarnos a decir que es Judas el más leal de todos los apóstoles de Jesús, pues se supedita a los devenires de la historia a pesar de la carga moral que tiene que en su misión de traicionar a su mesías.

La idea fundante de la traición de Judas nos permite determinar que hay un acontecimiento previo, cargado de negatividad absoluta, que permite el paso en el proceso. En el proceso del amor también hay una traición, cargada de moralidad y lesividad subjetiva, que implica la caída del sujeto amado, esa es la traición. Es el momento pulsional en contra de la imagen fantástica de quien era el objeto de nuestro deseos. Pero no es un momento en contra del sujeto real del deseo, su desvirtualización deviene en un arranque de furia violento que escapa a las percepciones de la subjetividad. En realidad este momento de alta negatividad se hace contra el fantasma de este sujeto, pero que al mismo tiempo se constituye un ataque en contra de nuestra subjetividad vacía y un posible reconocimiento de nuestros síntomas.

Es un ataque a la propia subjetividad en tanto que este fantasma está construido a partir de nuestras expectativas y anhelos. No puede ser de otra forma. Porque la represión de nuestros impulsos más violentos, en el afán por encontrar un punto de equilibrio para que las cosas ‘estén bien’ sólo devienen en la autoalienación de un amor que no concluye realmente, se funda en la esperanza de que la posibilidad futura podrá ser construida…y eso no lo podemos determinar a priori.

Si el verdadero amor y conocimiento de la persona se funda en el amor sin esperanza, como señala Walter Benjamin, entonces nos equivocamos cuando pretendemos determinar que la estabilidad es el punto nodal de una ‘buena’ relación futura. Porque en todo caso nunca hay un momento de estabilidad. La pérdida es siempre el momento total de la inestabilidad, es la castración del sujeto amoroso que se engañaba en la idea de la completud por el sujeto amado. Es la famosa idea de la media naranja o los opuestos que se complementan. El otro no es nunca un complemento, es otro devenido en fantasma, objeto de nuestro deseo. Por ello habría que traicionarlo en algún momento, en el momento de la pérdida…