Por David Álvarez

Durante una clase, conversando con Juan Rojas, salió a relucir el caso de Joaquín Sabina y su concierto en Madrid, el cual abandonó porque “se ha quedado totalmente mudo”, como anunció un portavoz. Sentí tristeza al escuchar decir al cantautor: “Como sucede tan a menudo, cuando les cuenten que envejecer es una cosa fantástica porque la experiencia y la sabiduría… mienten como bellacos. Envejecer es una puta mierda”.

Hace una semana le conté a mi padre el asunto, quizá imprudentemente aunque inevitable, ya que sentado en el comedor vi cómo le temblaba la mano al tomar la cuchara, por lo que tenía que agachar la cabeza para comer. “¡Mira cómo tiemblo!”, me decía jocoso, con una ligera risa y una mirada vidriosa con su respectivo tic en el ojo izquierdo. Mi padre dice que la madurez también es reírse de uno mismo y lo hace. Yo lo miré detenidamente, como otras tantas ocasiones, y observé su piel manchada, ondulada y el cabello menos tupido y canoso, a quien le costaba hacer incluso lo más básico.

Después de decirle lo que había comentado Sabina, me miró atentamente y me contó de la última vez que sintió lástima de sí mismo. Él, junto a su esposa, salen a caminar tres veces por semana a un parque cercano del lugar donde viven. Jubilado, intenta pasar el tiempo con alguna actividad. Me comentó que conforme transcurrían los días y las caminatas, sintió que empezó a mejorar su condición. Emocionado, decidió trotar dándole dos vueltas a la cancha sintiendo que podía volver a los trayectos que hacía cuando corría en su juventud y adultez. Al otro día, la realidad le dio una lección: se sintió cansado, las piernas y los brazos le dolían y le bajó la presión. “Pensé ingenuamente que podía volver a correr. Se me olvidó que estoy viejo y que ya no puedo hacer mucho”, remató.

Sin yo decir nada, siguió platicando. Me habló de mi abuelo, a quien no alcancé a conocer, y me dijo que quizá sería como él, sin salir de casa. Luego agregó que en ocasiones siente una pena porque su cuerpo y su mente se van distanciando y que llegará el momento en el que no podrá ni subir las escaleras que lo llevan a su cuarto. “Me canso de estar parado. Me canso de sentarme. Me canso de dormir un poco más. Sí, es difícil ser viejo”. Llegó a confesarme que le preocupa y tiene miedo y que carga con ello casi todos los días. Que se despierta y piensa, y los domingos en misa le pide a Dios fortaleza. Se inquieta. Como un golpe directo, lo escuché aquella tarde, platicamos de más situaciones y me fui pensativo.

Cuando iba en la preparatoria platiqué con mi excuñado por no sé qué razones. Lo que no olvido es un comentario que me dijo acerca de los padres y lo difícil que es verlos envejecer. No lo entendí en su momento. Mi padre aún con fuerzas trabajaba sin problemas y salía recurrentemente a correr, incluso formó parte del equipo de futbol de veteranos de su fábrica, quienes jugaban utilizando solo la mitad de la cancha. Cuando ingresé a la universidad, seis años después, platicaba con mi entonces pareja, de la tristeza que me daba verlo, pues fue en ese momento en el que dejó de correr y hacer actividades físicas. El cansancio era notable y su cuerpo se fue encorvando. Sus brazos comenzaron a mancharse y el cabello a ponerse completamente blanco. Recordé aquella charla y entendí que, en verdad, duele ver a los padres empezar a irse.

En el 2500 antes de Cristo, el poeta egipcio Ptahhotep escribió: “¡Qué penoso es el fin de un anciano! Se debilita día a día; su vista disminuye, y sus oídos se vuelven sordos; sus fuerzas declinan; su corazón ya no conoce descanso; su boca se vuelve silenciosa y no habla…”, considerado el primer texto occidental que trata el asunto de la vejez. El sábado vi a mi padre, como cada fin de semana, o al menos eso intento, y recordé esa confesión. A veces se me olvida todo: que soy un adulto y él un anciano en el que me sigo refugiando cuando los problemas me acechan, como un pequeño temeroso por la oscuridad, y que él me abraza y logra calmarme. Luego tomo distancia y veo que el tiempo ha pasado y aquella fortaleza se vuelve debilidad, y la oscuridad más artera. Mi padre, aquel hombre que afrontó la muerte de sus hermanos y mi madre, siente miedo. No es que haya pensado que no lo tuviera, solo que uno asume a sus padres más fuertes de lo que probablemente son, como héroes o heroínas inquebrantables, pero no. Los ojos se debilitan y la inteligencia se olvida, aunque la huella queda y se rememora. “Vivo de mis recuerdos”, me dice, explicándome que suele escuchar música antes de dormir, mirando por la ventana hacia la calle, recordando y recordando y recordando.

Hunter S. Thompson escribió a su esposa Anita una nota, antes de dispararse en la cabeza un domingo del año 2005: “No más juegos. No más bombas. No más caminar. No más diversión. No más natación. 67. Eso es 17 años pasados los 50. 17 más de los que necesitaba o quería. Aburrido. Siempre estoy gruñón. Ninguna diversión –para nadie. 67. Te estás volviendo codicioso. Actúa según tu edad. Relájate –esto no dolerá”.

Sí, sí, la vejez es una puta mierda.