Naufragué. Quise salir a conocer la ciudad, caminar por algún lugar desconocido y sentir algo más que edificios cubriendo mis hombros; quise recorrer con los pies los rincones más solitarios del mundo. Así fue como llegue a este lugar. Ahora recorro todos los días los canales de Xochimilco en la mente.

Por César Huerta

No conozco esta ciudad en lo absoluto. No conozco nada de sus calles, sus arrugas; no conozco sus monumentos ni sus edificios emblemáticos. Conozco muy poco su historia, aunque no menos que sus 16 demarcaciones territoriales. Dicen que dentro de sus aproximados 1.500 km² ya no hay cabida para más gente, sin embargo, los más de 8,000 millones de desgraciados que la habitamos estamos con los órganos sexuales en ristre, deseosos de multiplicarnos dejando huevos escondidos en cada alcantarilla, cual monotremas.

Esta ciudad será inhabitable con el tiempo; probablemente, dentro de cien años no será más que un monumento: será un obelisco de proporciones inmensas, y al frente tendrá la siguiente inscripción:

“La muerte es saludable”(1)

Por ahora, me es imposible reconocer a conciencia la Ciudad de México, supongo que a veces es irremediable: uno no puede conocer completamente nada porque, además, desearlo es algo absurdo. A veces pienso que me gustaría conocerla como se conoce la espalda desnuda de una mujer: despacio, con las yemas de los dedos pues la cuestión no es cuánto, sino cómo se la conoce.

Todavía no sé qué tanto pueda uno conocer a la ciudad; es decir, no es como si habláramos de leer un libro, porque no se puede extraer nada de ella tan sólo de izquierda a derecha. En el proceso de conocimiento, la rosa de los vientos no tiene importancia.

El día en el que comencé a conocer la Ciudad de México fue el día en el que visité por primera vez Xochimilco, delegación localizada al sureste de la capital-capital, conocida, principalmente, por esas naves extrañas —en forma de paso procesional alargado y rectangular impermeabilizado por chapopote—, llamadas trajineras, a la vez impulsadas por pértigas y nativos xochimilcas que, bien podría decirse, son un mismo ser. Con una extensión de más de 95 km, a través los canales chinamperos transportan todos los días a jóvenes —y a viejos— fiesteros, a turistas curiosos y a comerciantes nativos, específicamente en ese orden.

Muchos se sorprenderían al saber que Xochimilco no es un espacio exclusivo para festejar desde pequeñas borracheras, hasta cumpleaños o divorcios. Se sorprenderían también al percatarse de que los mariachis no son originarios del lugar, es decir, que no nacieron en y para las trajineras; pero sí que ni un yate se compara con su versatilidad temática, su sencillez estructural o su historia milenaria, que data de una época anterior a la conquista.

Foto: César Huerta

En Xochimilco es posible ver el pasado de la ciudad tanto como es posible asomarse al agua de sus canales y predecir su futuro: una ciudad bajo el agua, cubierta de lodo y aguas negras. Y es que sus canales han sido invadidos por las descargas sanitarias de habitantes originarios o de tuberías instaladas por personas ajenas a la comunidad. Son una plaga, tanto o más como la carpa, el olivo, o la tilapia, que desde hace más de 10 años socavan las especies endémicas de las aguas, como el ajolote o el charal.

Pero las plagas no son una característica endémica de Xochimilco, y no todo lo que rodea a la demarcación es incertidumbre por el futuro. En las chinampas, que no son otra cosa más que asentamientos sobre los que es posible la agricultura, e incluso la ganadería, suceden misterios reservados sólo para los curiosos que aún navegan sobrios, o para los locos deseosos, en todo caso, de ser picados por alguna araña o mosquito ambulante; como su traducción en náhuatl indica —algo así como “lugar o campo de las flores”, aunque las diversas y a veces similares traducciones indican que nadie se pone de acuerdo—, Xochimilco es un lugar rico en la gestación de flores y verduras, muchas de ellas comercializadas sólo entre la propia comunidad debido al desprecio de los mercaderes citadinos, acostumbrados al sabor Monsanto, poco interesados en productos cien por ciento naturales.

Poco más da estar tan lejos de la Catedral Metropolitana, del Palacio de Bellas Artes, de los bares de Bucareli o del andador Madero. En Xochimilco la catedral de los nativos es la naturaleza, y la tranquilidad de los canales el alcohol de una ebriedad serena.

En mil años sus canales podrán secarse, pero hasta entonces los recordaré como una epifanía. Xólotl, dios mexica del ocaso que, tras haber huido de la muerte antes de la creación del Quinto Sol, prestó su nombre y su espíritu al ajolote, apareció ante mí y me susurró que no huyera más, que estaba en casa y que mi lugar también era debajo del agua.  Respondí que aún no, que aún necesitaba intentar conocer la ciudad; después de todo, en Xochimilco comenzó mi curiosidad, y si de algo tengo certeza, es que gracias a ella no he cometido suicidio.

Quedando señalado el inicio de mi absurdo capricho, echar a andar de nuevo en una trajinera sobre los canales del lugar es lo mismo que viajar sobre la espalda del pasado. De mi corazón brota algo que es posible leer en el aire del “lugar o campo de las flores”, alrededor de las chinampas o sobre los canales; en el ganado vacuno, o en el lomo de los ajolotes:

“Ya no estoy muerto: estoy enamorado.

Me descorazoné.

La inscripción de las flores dice:

El tímido homenaje de un amor.” (2)


  1. Francisco Hernández. (2009). La isla de las breves ausencias. Oaxaca de Juárez, Oaxaca: Almadía, p. 55.
  2. Adolfo Bioy Casares. (2012). La invención de Morel. Madrid: Alianza Editorial, pág. 38.