Por Jonás

El victimismo de la época ha llegado a niveles cómicos. No es para nadie un secreto que el síntoma de la posmodernidad es supeditación al miedo. Pero este miedo se encierra en el temor de otro diferente, ya no otro lascivo, pues al otro hay que respetarlo, pero respetarlo dentro de los límites establecidos por la perspectiva occidental.

En el debate de Avelina Lésper y el grafiti ha imperado el victimismo. De todas las partes. Tanto de aquellos posmodernos que han sentido la vanguardia defensora de los derechos de ese ‘mundo grafitero’, como de la propia Lésper, que en un debate también por ella motivada no ha tenido otra respuesta que decirse atacada.

Es cierto, en este debate la propia Lésper ha sido blanco de multiples ataques, incluso algunos con tintes sumamente misóginos y otros verdaderamente risibles. Pero de lo que no hay duda es que Avelina se ha convertido en una voz necesaria, polémica y conservadora sobre el arte. La izquierda carece de una figura con ese vitalismo, por ello Avelina se alza como una voz en contra de ese posmodernismo que se ancla en el establishment capitalista a favor de las nuevas formas de arte.

Por ello la crítica se ha convertido en una voz necesaria, una voz que hace falta escuchar. Es una lástima que sea una voz que hable desde el conservadurismo. Pero en ese sentido sus críticas apuntan a un diálogo que habrá que entablar con algunas posturas marxistas.

La izquierda, muy atrapada por el posmodernismo de respeto al otro y su subjetividad superyóica, no ha logrado potenciar una voz que se alce, al menos desde México, en contra de estas técnicas artísticas que fácilmente han encontrado patrocinio en las instituciones del Estado y las galerías financiadas por las empresas.

Dos puntos se pueden rescatar de la intervención de Lésper en el debate. Uno de ellos marcadamente crítico contra aquellos que atentan a su conservadurismo artístico. Aquellos artistas que se han anclado a un discurso de asimilación en la rebeldía.

No es algo nuevo, desde hace muchos años, décadas, algunos autores –tanto conservadores como marxistas– tuvieron a bien señalar que la supuesta rebeldía estaba siendo asimilada. El mismo Lacan diría a los estudiantes a finales de los sesenta que su presunta espontaneidad terminaría por asimilar a un nuevo amo. Ese amo se concretó en las instituciones neoliberales. El posmodernismo se convirtió en razón de estado y sustento de un mercado que vendía la idea de transgredir, la ilegalidad era la nueva marca del ser social, pero abstraído a la individualidad del consumo y el límite.

Rebelarse vende, dijeron ya hace muchos años unos jóvenes críticos de la idea de la transgresión como razón asimilada. Y es que esto no es otra cosa que el síntoma descubierto entre Kant y Sade, donde lo correcto se sustenta en la reversa aceptable de lo inmoral.

Lo rebelde hace mucho que dejó de ser un sustrato contrario y marginal de la sociedad. El mercado asimiló las formas disruptivas. Las ideas de liberación que en la segunda década del siglo XX llevaron a generar nuevos movimientos sociales pronto encontraron acuerdo con las formas culturales de las políticas neoliberales, que vendían la idea de liberar al sujeto de las ataduras del Estado de Bienestar.

Sin embargo, Avelina parece no ser del todo acertada cuando trata de esbozar una forma crítica en contra del arte contemporáneo por sus formas ancladas a un establishment. Pues el arte, en tanto escuela artística o movimiento aceptado dentro del marco de lo estética y técnicamente aceptado, siempre se supedita a lo establecido o lo crea.

Es cierto, los movimientos artísticos surgen como una irrupción dentro de los marcos de lo aceptado, es decir, como una respuesta a la necesidad de asumir nuevas formas artísticas, y sólo entonces habrán de ser aceptados en sentido contrahegemónico.

Ya lo dijo Pierre Bourdieu, el gusto siempre está supeditado a las formas hegemónicas imperantes del momento en el que surgen. No es extraño que la aceptación de los fenómenos –otrora marginales– ahora se alcen como formas aceptadas e institucionalizadas dentro de la posmodernidad, en esta crítica cabe el grafiti.

No me imagino a un Miguel Ángel pintando la capilla Sixtina sin el auspicio de la jerarquía católica, un Dalí sin el apoyo del franquismo o a los artistas del realismo socialista sin el apoyo incondicional de la URSS, los muralistas mexicanos con Vasconcelos en el Estado posrevolucionario de Lázaro Cárdenas.

De nuevo, en tanto formas nuevas, los movimientos artísticos sí pueden surgir como formas disruptivas dentro de lo aceptable. Pero en cuanto son aceptadas se vuelven parte de una nueva forma sistemática que los defiende, y muchas veces deben estar supeditadas a estas lógicas para no verse disueltas.

Así funciona el capitalismo. El arte es un bastión esencial de la burguesía. En su surgimiento, los primeros burgueses querían ser como esos aristócratas adinerados, herederos de grandes tierras. Pero a ellos los diferenciaba el trabajo. Del lado contrario, la aristocracia los veía con desdén en tanto que el trabajo era mal visto. El tiempo invertido por estas clases se iba en el ocio, muchas veces enfocado a las artes. Entonces el arte se vuelve un factor esencial de las burguesías nacientes, sobretodo en el siglo XIX, donde crean sus propias formas artísticas para concretarse como clase dominante. El sociólogo alemán Norbert Elias, señala en su libro La sociedad cortesana, que la burguesía como forma dominante no rompió por completo con las formas aristocráticas, sino que las transformó en sus propias formas, una de ellas fue el arte.

Pero en el capitalismo todo lo sólido se desvanece en el aire. Por ello no es extraño que las formas actuales del arte se encarguen de disolver una esencia artística, una transmisión de sentidos y formas que lleven al público a una recepción real con la obra. En sentido inverso, el arte contemporáneo trata de enseñar al público, el sentir no importa con el otro. Pues la obra se vuelve un texto o una imagen vacía, lo que importa es el discurso verbal o escrito.

Habrá que ampliar el debate. Pues mucho de esto se queda limitado a las formas culturales y no a su sentido o significado político y económico. Los dos puntos aquí tocados nos parecen esenciales y relevantes para una verdadera discusión. Sobre todo para un diálogo profundo desde una izquierda pausada y atrapada en lo políticamente correcto del establishment posmoderno, habrá que sacarlo de esa lectura sesgada si queremos lograr una crítica real, por lo menos desde la postura aquí esbozada: el marxismo. Algunas claves, como recomendación, las podemos encontrar interesantemente en Adolfo Sánchez Vázquez y su estética marxista.