Por Nothingman

Se cumple un año de la última vez que vi a mi madre bailar, sonreír y bromear. Tenía un vaso de nieve entre sus manos y se paró a zapatear la danza de los viejitos en Pátzcuaro, Michoacán. En ese momento no sabíamos, nadie en mi familia, que el cáncer le daría unos meses extras en este planeta para después llevársela para siempre. No recuerdo bien las palabras finales que me dijo, quiero conservar un recuerdo quizá creado, imaginado por mí, pero la última vez que hablé con ella fue para decirle que descansara, que necesitaba recuperarse. Ella solo contestó que yo quería que descansara… pero en paz. Soltamos unas risas, bromeó hasta cuando presintió que era el fin. Incluso ya sin voz, sobre la cama del hospital, emitía sonidos mentándonos la madre, a quien fuera, con su buen humor, a su estilo de vida

Supongo que había un presentimiento vago de que perdería la batalla. Algo que solo ella sabía que ocurriría, que la muerte ya la había visitado para decirle que la cuenta regresiva se había terminado, que las milésimas de segundo regaladas se esfumarían en cualquier momento. Se empezó a despedir de todos antes de que la internaran, comenzó a arreglar las cosas, a decir que ya era hora de descansar, que la vida que llevaba ya no era vida, que el cáncer, bueno, finalmente, la había doblado como nada nunca lo había conseguido antes.

Mamá me visitó en agosto del año pasado, se lo veía débil, pero siempre con su carácter fuerte y su carisma, ese jamás lo perdió. Enfrentó a la muerte como disfrutó su vida, con una decisión y temple envidiables. De aquella última visita cuando la despedí en la central camionera, no vio que lloré. Me dio la espalda y mis lágrimas brotaron por si solas, algo que jamás había hecho, ni cuando la visitaba en Torreón, ni cuando hablábamos por teléfono. Pero aquel agosto sí sucedió. Ahora que lo pienso es como si existiera algo que inconscientemente me estaba preparando para el final. A los pocos días de su regreso, su estado de salud empeoró y la noticia no fue esperanzadora. Cáncer de colon. Esperanza de vida mínima de un año, máxima de tres. La vida no te prepara para eso, confusión on the ground. Podrás pensarlo y planearlo, incluso sabes que tus padres no son para siempre, que algún día te dejarán solo como solo llega uno a este perro mundo, pero cuando lo escuchas, cuando te retumba en la cabeza la frase con la cual te avisan que simplemente el tanque de oxígeno tiene el uno por ciento, te dan ganas de arrancarte un pulmón y la mitad del corazón para dárselos, porque adentro, muy adentro, no puedes evitar ese egoísmo enclavado en lo más profundo de tu ser, un egoísmo que te grita que los mantengas contigo por siempre.

A mis hermanos les tocó cuidarla, hacerle su última estancia en la vida lo más placentera posible. Entre quimioterapias, vomito, náuseas y heces, mi madre lanzó los últimos japs que se guardó en su vida. Pero aun así, de aquel agosto a este, las imágenes que la mayoría de la gente tiene de ella, siempre fueron de fiesta. Bailó ya enferma, bromeó ya enferma, cantó ya enferma y nunca dijo que nos sintiéramos mal. Situación que es difícil porque no puedes desprenderte tan fácilmente de quien te dio la vida, de quien te enseñó a caminar, a comer, a cagar, a vestir y a pensar. Perderla a ella fue perder algo mío también, algo que no está, algo inexplicable y cuyo vacío camina a mi lado como mi sombra. Una ausencia de ella, una ausencia que respiro mañana, tarde y noche, que me fumo, que me embriaga de ella hasta explotar dentro de mi cabeza. Mamá se fue y con ella una parte de mí, una parte que no se puede reemplazar, que no se llena con nada ni con nadie.

Extraño su voz, esas llamadas telefónicas cada dos días, esos minutos interminables donde me podía conectar con ella, donde la escuchaba siempre tan parlanchina y bromista, tan cariñosa y tan auténtica. Hoy no puedo escuchar a Oscar Chávez sin soltarme a llorar como un bebé porque me recuerdan esas noches de fin de semana a su lado, cenando y escuchando Por ti, yo dejé de pensar en el mar… Lo mismo me pasa con los Doors o con los Creedence, su grupo favorito. Su partida me censuró, me fragmentó el alma, me carcomió el corazón, como el cáncer le carcomió a ella su existencia. Peleó a la enfermedad con dignidad aunque siempre supo que era una batalla perdida.

El cáncer se llevó a mi madre en nueve meses, la disminuyó como a una pasa, la fue desintegrando de a poco, a su gusto, a su estúpido antojo. El día que me llamaron mis hermanos para decirme que mamá ya no podía más, solté el llanto. Los hombres duros también lloran. Ese instante lo había imaginado muchas veces, pensé que mi teléfono móvil sonaría en la madrugada y me avisarían que había sido todo; pero no fue así, las ideas románticas de las novelas no pasan en la vida real. Me llamaron en la mañana del dieciocho de mayo y tuve que decidir si me iba en ese mismo momento a Torreón o esperaba un poco; sin embargo la urgencia no aguarda. Mi madre solicitaba verme.

Yo no entendí del todo las cosas. Mamá había salido “bien” del quirófano, había hablado con ella un día después de su cirugía, pero de una infección pasó a otra y un par de días después de esa última llamada donde escuché su voz, la vida se le acabó. Ya no la alcancé consciente. Cuando la vi tenía la mirada perdida, la respiración entrecortada, el cuerpo desecho y mi corazón hecho polvo. Lloré. Lloré como jamás lo he hecho, me arrepentí de todas esas veces que pensé en llamarle y no lo hice por idiotez, por flojera o por desprecio. Me recriminé todos los errores que cometí en su contra, me reclamé una y otra vez el haberla abandonado; el haber preferido cosas sin importancia en lugar de a ella; pero también le dije mil veces que la amaba, se lo repetí a su oído hasta cansarme, le besé su frente y sus cachetes lo más que pude y le pedí perdón otras mil veces más.

Sus últimos días fueron dolorosos y sus últimas horas fueron agonizantes. Su negativa a dormirse, su rechazo a (supongo) temer partir. ¿Pero quién en su sano juicio está listo para irse, para dejarse caer en esa lápida fría de la nada, de la incertidumbre absoluta, a ese espacio donde las creencias se pondrán a prueba? Pienso que nadie, en lo absoluto, está preparado para decir adiós. Pero esa actitud, ese pánico reflejado en todo su cuerpo fue la última lección de vida que me dejó Susana Segura, quizá el más importante de todos.

El 21 de mayo de este dos mil dieciocho, mi madre apagó la luz, no la de ella, sino la mía y con ella mi futuro. Cerró los ojos y dejó de respirar. Yo conservó su número telefónico en mi móvil y no me atrevo a borrarlo, de alguna manera no quiero hacerlo, tal vez porque necesito tener algo de ella, algo que me mantenga atado a su recuerdo, como una especie de cordón umbilical invisible y eterno que me una a ella como anudado estuve en su vientre. Y aunque no soy un hombre religioso, todos los días después de su partida, le prendo una vela que ilumina mi casa toda la madrugada, como si fuera una estrella con la cual le digo que aquí estoy. La llamita diminuta de la vela frente a uno de sus retratos, rodeada de un rezo a la nada es la que me mantiene aquí, esperanzado a que algún día, por pura mendiga casualidad, volveré a verla, quizá de nuevo en la cocina, haciendo tortillas de harina y carne con chile, mientras baila una cumbia o canta, apasionadamente, Susie Q.


Luis David Niño Segura – ldns280707@gmail.com