Por Juan Alberto Apodaca

¿Quién fue Mario Almada? ¿El Clint Eastwood mexicano? ¿El justiciero al que nunca se le terminan las balas? ¿El sheriff incorruptible? ¿El más chingón que Rambo? ¿El mal actor de videohomes que ganó dos Diosas de Plata y un Ariel? ¿El orgullo de Huatabampo, Sonora? En resumidas cuentas, Mario Almada fue sinónimo de balaceras sin parangón.

El incansable actor que trabajó prácticamente hasta su muerte en octubre del 2016, dejó un legado de más de 350 películas y una larga relación de amor y odio con lo fronterizo, con aquellas (vigentes aún) prácticas socioculturales, políticas y económicas (ir)reales que tuvieron, y siguen teniendo lugar en poblaciones del sur de Estados Unidos y/o del norte de México, en las borderlands, en regiones in-between profundamente incomprendidas, y sin interés alguno de hacerlo, por el centralismo recalcitrante desde donde se forjaron los cimientos del cabrito western, del cine sobre migración y del narcocine mexicano. Almada fue una figura clave en las insulsas y altamente efectivas representaciones cinematográficas sobre estos temas.

La era de Mario Almada

Los años 70 y 80 fueron paradójicos para el cine mexicano hecho e ideado desde el centro del país. Entre la nula participación de la iniciativa privada y la cooptación estatal de las productoras de cine industrial (cine de ficheras al por mayor), para Almada fue una época de bonanza pues actuó en más de 100 películas de géneros variopintos. Y fue justo en dicha coyuntura que el mayor de la dinastía estrechara de manera irreversible su vínculo con el cine sobre contrabando de drogas, por un lado, y con los (narco)corridos por el otro, lo que se convertiría en el sello de la casa. Cronológicamente hablando, en esta época “oscura para nuestro cine”, Don Mario se consolida como el personaje fetiche del cine de acción mexicano al lado de figuras como Jorge Reynoso y Valentín Trujillo. Fue tal el éxito, que en los años 90 Almada participó en aproximadamente 107 largometrajes, unos 10 por año. Eso fue posible en gran medida gracias al surgimiento de una nueva cultura de la distribución que cambiaría al cine para siempre: el videohome.

Más allá de Mario Almada: El siglo XXI

Violencia, dramas inverosímiles, corridos, narcotráfico, misoginia, pobreza, venganza. Todos temas recurrentes en el cine de Mario Almada, un ícono indiscutible de la cultura popular mexicana del siglo XX, le pese a quien le pese. Pero todo ícono tiene un declive. Y es que el siglo XXI no fue bondadoso con “El Fiscal de Hierro” pues solamente apareció en unas 15 películas haciendo en su mayoría papeles menores y cameos como en El infierno (Luis Estrada, 2010). Indicador que era de esperarse debido a su avanzada edad y a la descentralización del videohome, cuyas mayores productoras se encuentran en ciudades fronterizas como Tijuana. Pero más allá del cine (y como extensión del mismo), Almada también sirvió como bisagra entre los corridos y los ahora conocidos como narcocorridos. Para muestra véase la participación del actor en portadas y videoclips del grupo Exterminador, una fórmula de éxito antes probada con Los Tigres del Norte o Los Cadetes de Linares, pero que en esta ocasión funcionaría a manera de homenaje, o bien, como un pase de estafeta simbólico de la narco-industria-cultural (música y cine) a nuevas generaciones.

Por otra parte, no hay un consenso sobre la última película que filmara Almada. Se dice que fue El Centenario (Juan Hernández), cinta sobre narcotráfico filmada en Guanajuato, o El ocaso del cazador (Fabrizio Prada), una historia protagonizada por Hugo Stiglitz sobre un hombre que enfrentó a un grupo de Zetas porque no les quiso vender su rancho. Lo que bien es cierto, es que Mario Almada encarnó perfectamente dos paradojas del cine mexicano. La primera tiene que ver con que su mayor éxito no fue el de la crítica o el de festivales sino el de la cultura popular, la cual, le ha concedido un lugar en el firmamento de las estrellas del cine mexicano en general. La segunda paradoja es su gran aporte al videohome made in Mexico, la industria incómoda y censurada por las autoridades nacionales, por esas “autoridades” que levantan la alfombra para esconder su propia basura. En realidad, se trata de una industria que a lo largo de 40 años ha dado trabajo a muchísima gente, que recauda alrededor de 30 millones de dólares anuales, que hoy por hoy tiene una distribución asegurada en el mercado estadounidense tanto en tiendas departamentales donde venden sus DVD´s en carretadas, así como en espacios de exhibición sumamente sólidos como el canal de televisión de paga Cine Mexicano. En la entrega del Ariel de Oro a Don Mario por su trayectoria, se dijo que su trabajo representó un vínculo con la comunidad migrante de mexicanos que viven en Estados Unidos, lo cual es cierto y cuya prueba irrefutable es el éxito y la enorme complejidad en el terreno sociocultural de la industria del videohome transfronterizo contemporáneo.

El homenaje póstumo

Ricardo Silva, director de la polémica etno-docu-ficción Navajazo (2014), dirigió por última vez a Mario Almada, pues en junio del 2016 (cuatro meses antes de su fallecimiento) lo filmó para el cortometraje Algo extraño sucedió camino a la morgue. Y vaya que es un extraño y certero homenaje pues en escasos 19 minutos queda claro el legado de Almada para el narcocine en particular y para el videohome en general. Se trata de otro polémico trabajo de Silva pues mediante una gruesa voz en off, en inglés, pone palabras a supuestos e inquietantes pensamientos de un longevo Mario Almada que apenas puede sostener una chamarra con su marca. En el cortometraje, producido por Spécola y el FONCA, convergen la admiración del director al trabajo de Almada y a una industria cinematográfica cautelosa, contradictoria, que eterniza estereotipos, que se reinventa a sí misma y que ha sobrevivido a todas las crisis “del cine mexicano” pues opera en sus propios márgenes. El videohome fronterizo que se filma con Red One, es retratado por Silva a través de extras, esos personajes que mueren varias veces en la misma película, que forman parte de ese Otro cine mexicano, un tipo de cine muy querido y buscado por unos y muy odiado y satanizado por otros, una fórmula en la que Mario Almada tuvo mucho que ver y que le sobrevive. En este caso, Algo extraño sucedió camino a la morgue funge como documento histórico pues es la última película en la que aparece Mario Almada, a su vez funciona como un irónico y punzante homenaje y al mismo tiempo, es una pequeña rendija que nos deja asomarnos al amplio y complejo mundo del (mal) llamado narcocine.


*Este texto forma parte de la edición impresa número 37, dedicada al Relato Policiaco, la cual puedes consultar completa AQUÍ.