Por David Álvarez

Supongamos que te miro directamente a los ojos y te digo lo que nunca me atreví a decirte. Supongamos que te preguntas sobre la veracidad de lo que aquí se dice, algo que dejo a tu criterio dependiendo lo que concluyas. Quizá la respuesta es obvia, ya que me he tomado la molestia de escribirte, no obstante, existe la posibilidad de que sea un juego, un recurso creativo para ver tu reacción ya que estoy seguro que no te ofenderá.
Supongamos que tú no eres tú o, más bien, que no te llamas como tú. Supongamos que te llamas F y que te has quedado sin apellidos, aunque no sin historia. Supongamos que me llamo D y que en realidad no soy yo, sino una abstracción a la cual puedes darle forma con solo decirlo. Supongamos que escoges imaginarme con un cuerpo de elefante y cabeza de avestruz y que soy un ente extraño aunque gracioso para ti.
Supongamos que te gusta responder en demasía, que me dejas de escribir tan cortante como sueles hacerlo y entonces formulas tratados o manifiestos por cada pregunta que te hago. Supongamos que ya lo hiciste y que en resumidas cuentas me dices que no pasaría nada entre nosotros. Supongamos que mi respuesta es que en realidad yo no quería nada sino contarte mi situación.
Supongamos que soy Alonso Quijano y tú Dulcinea del Toboso y que lo único que tengo en la cabeza es la imagen de lo que representas y que te dedico mi gran batalla contra un rebaño de ovejas. Supongamos que después de leer esto lo olvidas y me invitas a pasar un rato juntos, comer guacamole o fumar un porro, y yo te invito una o varias cervezas.
Supongamos que me cambias la forma y vuelvo a ser yo, porque, ¡qué miedo sería caminar con un elefante con cabeza de avestruz por tu barrio!, además de que no tendría dinero porque los animales no reciben salario y ni siquiera tienen pantalones para guardar la cartera. Supongamos que te digo que me gustas y no pasa nada, que todo alrededor no es más que una desfachatez producto de la alteración cerebral después de años de consumo de sustancias nocivas.
Supongamos que te encuentras en algún lugar en el mundo en el que quisieras estar desde siempre. Supongamos que todo tiene sentido, que estemos donde queramos estar y que no exista mayor felicidad que esa. Supongamos que todo perece, quede en ruinas y volvamos a ser nosotros. Supongamos que regresamos el tiempo a cuando nos conocimos y supongamos, más aún, que recordamos el día exacto porque ni siquiera lo sabemos.
Supongamos que nunca llegamos a conocernos y que nuestras vidas siguen siendo las mismas, tan patéticas y favorecidas como nuestras circunstancias nos lo permitan. Supongamos que estamos condenados a la simpleza, a no importarnos más de la cuenta, ni significar más que lo que otras personas significan para nosotros. Supongamos que volvemos a casa y ponemos música y sin darnos cuenta tenemos la misma canción.
Supongamos que el insomnio nos llega a la misma hora junto a los temores y que compartimos, sin saberlo, las mismas miserias. Supongamos que por azar nos encontramos, pero como no nos conocemos, pasamos de largo apenas mirándonos. Supongamos que escribo acerca de un personaje parecido a ti y que eres tú, en esta realidad. Supongamos que tú nunca escribes sobre mí sino sobre otras personas que te enamoran, que las dibujas de tal o cual manera y que soy el resultado de la ausencia, de las pinceladas que no pusiste.
Supongamos que hay mundos existentes a partir de lo que no nombramos y que yo exista ahí, sentando en un café escribiendo sobre lo increíble que sería vivir en otro mundo. Supongamos que lo que escriba en ese otro mundo se manifieste en el tuyo; que describa unas hojas azules y aparezcan afuera de tu casa sin ninguna explicación. Supongamos que insistes en no escribirme y que yo escriba insistente en lo que no existe, pero puede existir.
Supongamos que entre tantas letras y pinceladas entremos a una paradoja y que hallemos sin querer el punto exacto en el que atravesamos dimensiones y que me encuentre escribiendo esta carta en mi cuarto mientras tú lo lees quizá con una sonrisa o una sensación extraña porque de quien hablo es de ti. Supongamos que de la paradoja creada el universo implota y vuelve a explotar hasta expandirse y nos regresa a donde estamos situados.
Supongamos que nada recordamos y que estamos cada quien en su lado, sin ninguna diferencia. Supongamos que pensaste en una posibilidad de lo que te conté y que ese instante lo guardas solo para fines recreativos. Supongamos que hago lo mismo y que entonces tenemos un mundo que no es y, sin embargo, existe. Supongamos que te miro directamente a los ojos y que te digo lo que siempre quise decirte…