Por Jesús Montalvo

El basurero municipal, el basurón, circundado por un cinturón de chabolas, no es el mejor lugar para vacacionar en el verano. El sol ataca sin piedad, levantando los hedores ácidos de los desperdicios que son capaces de conducir a la locura. Allí, no obstante, habita gente. Los proscritos, la raza malandra, descastados de todo y por todos. Que viven y gozan y sufren y aman, con el mismo basurero como medio de sustento: recolectar cartón, fierros, aluminio y plásticos para venderlo a los remolques que se debaten alrededor. Por otro lado las trocas de los dílers, estacionadas a las afueras, tienen de todo. A la mayoría de pepenadores se les va el dinero en chiva y crico. Lo que les sobra, si les sobra, lo gastan en una bebida fuerte, a veces en comida. Porque, ¿para qué despilfarrar las monedas en alimentos, si el basurero provee? Se llevan a las barrigas los comestibles caducados que los camiones de Walmart y Sam’s Club tiran por toneladas a finales de cada mes.

Ahora no era finales sino mediados de mes, y Josué Mendoza veía muy pocas razones para abandonar su madriguera de láminas y asbesto. Dos días con sus noches tragando botellitas de Viva Villa lo tenían postrado en una especie de coma voluntario. La noción del tiempo escapaba ya a su entendimiento. Vagamente recordaba un pleito de faldas entre dos yonquis unos días atrás, y antes una balacera, y antes un grupo de matones persiguiéndolo en la ciudad por culpa de un libro y de un violín. ¿Valía la pena estarse pudriendo en semejante infierno? Carecía de importancia. Por lo pronto le venía bien seguir durmiendo. Por eso le disgustó la voz de uno de sus camaradas llamándolo de manera insistente. Se trataba del Veracruz, el único de los baquetones que al buscar a alguien en las chabolas llamaba desde afuera, como si estuviera ante las puertas de una gran mansión. Quién sabía de dónde había aprendido esos modales.

Mendoza se quitó unas legañas de media libra. Allá afuera, en lo alto, estaba el sol, divirtiéndose con sus cuarenta y tres grados. Con la valentía de un vampiro kamikaze, apartó la cortina y salió del cubil.

–Carnalito, apúrate si quieres que alcancemos algo –el sudor y la voz agitada del Veracruz auguraban un descubrimiento importante. En una mano llevaba un desarmador y en la otra una ganzúa, fieles instrumentos de trabajo.

–¿Qué te traes?

–¿No escuchaste lo que pasó hace rato?

Mendoza negó con la cabeza.

–Es algo muy loco, carnalito. Ahora lo vas a ver –dijo el Veracruz, le entregó el desarmador y echó a correr en dirección oeste, sorteando los escombros.

Mendoza lo siguió con la velocidad que sus rodillas descalcificadas le permitían, y los pulmones repletos de mocos no ayudaban. ¿Hacía cuánto que vivía en el basurero? ¿Hacía cuánto que era uno más de los pepenadores, mimetizado en el entorno, adherido, almacenando enfermedades con el ímpetu del coleccionista. El Veracruz, que tampoco era un atleta, se sentó minutos después, bofeado, sobre una llanta. Dejó caer la ganzúa y se quitó el zapato izquierdo para sacudirlo contra la tierra. Acababa de pisar de lleno una rata, las vísceras jugosas se embarraban en suela y agujetas. “Mira donde pisas” es una de las principales reglas de supervivencia. Se vive expuesto a los objetos peligrosos; vidrios, jeringas, cosas oxidadas y animales muertos. Ratas, perros reventados, zopilotes, incluso algunos cristianos. Mendoza alcanzó a su camarada y aprovechó la pausa para jalar aire. El Veracruz le caía muy bien. De verdad sentía afecto por el sureño, y no comprendía cómo sacaba huevos para seguir adelante: el Veracruz era ceropositivo, y según los doctores sólo le quedaban, a lo sumo, dos años de vida. Causaba admiración verlo ganarse el pan y hacer planes a futuro.

El Veracruz se puso de nuevo el zapato, cogió su herramienta y retomó la carrera, seguido por Mendoza. Llegaron al borde de un barranco. En el fondo había una máquina del tamaño de un bulldozer. A Mendoza le llegaron imágenes de relatos escritos por H. G. Wells, Robert Silverberg, John Wyndham.

–Sigo borracho, ¿verdad?

–No, carnalito. Esta cosa es del gobierno gabacho o de Jólibud, pero es real.

Descendieron el barranco. Tocaron la máquina y vieron que no corrían peligro. La miraron buen rato, intentando hallarle forma. Ninguno de los dos conocía el material del que estaba hecha. El Veracruz acarició unos símbolos que sobresalían de cierta parte, y algo activó, al instante se abrió una escotilla de la cual cayó, desfallecido, el piloto o habitante de la máquina. Al ver que los humanos no le brindaban ayuda, el moribundo subió penosamente por el barranco, arrastrando sus extremidades frágiles. Pronto los perros, desde distintos puntos, se fueron congregando, hambrientos, en torno al ente, olfateándolo.

–A lo mucho durará una hora –dijo el Veracruz, que ya estaba desmantelando cuanto podía, secundado por Mendoza.

No sabían cuánto les darían por kilo, pero seguro sería una buena feria.

Así funcionaban las cosas, devorabas lo del basurero o el basurero te devoraba.

 


Jesús Montalvo. Tijuana. Ha publicado dos libros de cuentos y una novela corta. En sus ratos libres suele mirar alelado las grietas de cualquier pared.