Por Mauricio Neblina

Hace unas semanas me di cuenta de la existencia del hashtag #AcosoEnElMetro en Tuiter, donde muchas mujeres relatan las malas experiencias que han pasado en el transporte público, incluso desde niñas. Me animé a tuitear algo al respecto, una propuesta, que tal vez pecó de inocente, que escribí hace un par de años, la cual consiste en darle al acosador un mensaje en una tarjeta que posiblemente pueda generar conciencia: “¿Qué harías si lo que acabas de hacer se lo hicieran a tu pareja, hermana o madre? No al acoso sexual”.

La usuaria que aparentemente creó la tendencia, @CynthiaHijar, me tildó de idiota, dijo que ese debate no me incumbía por ser hombre, que no debía hacer propuestas tan tontas, que dejara de lado mi “ansia de protagonismo” y “mis consejos”. Me terminó bloqueando, cosa menor que ya no pueda ver lo que publica.

Otra usuaria, @tloctlac, comentó, con sarcasmo: “¿Quieres saber cómo erradicar el acoso?….. La respuesta te sorprenderá, no vas a poder creerlo, pero es: ¡QUE NOS DEJEN DE ACOSAR!”. Evidentemente esa es la respuesta fácil. Pero cómo hacer que eso suceda. Dijo que mejor perdiera el tiempo hablando con mis “cuates” y “colegas”, como si fuera alguien incapaz de reflexionar sobre una situación que por supuesto, como ciudadano, me preocupa, a pesar de que otro de sus argumentos fue que todos merecíamos respeto, lo que en este caso ella no aplicó.

@SritaLejarazu escribió: “Hasta los ovarios nos tienen con su pacifismo pendejo, a la próxima que otro nos joda le partimos la cara, hartas nos tienen y las tarjetitas se las vamos a meter por el culo. Besos”. En verdad pienso que esa puede ser una buena solución. Muchas mujeres reaccionaron positivamente a este comentario.

Después intervino @femigalaxyruler, quien desglosó los problemas que ella le veía a lo que llamó, nuevamente, “mi consejo”: “1) Haces responsables a las mujeres agredidas de la educación de los acosadores. 2) Propones que nos respeten haciendo que piensen en aquellas mujeres que son SU propiedad y representan el honor de ellos. O sea que nos sigues cosificando. O sea eres un machín pero te crees buenito”. Al momento no supe de dónde sacó esas interpretaciones, pues la intención de mi tuit principal era apelar a lo emocional y no a un sentido de propiedad. A lo que reviró: “Machín y pendejo porque eso que llamas apelar a lo emocional es en realidad apelar al sentido de propiedad que los hombres aprenden a tener sobre nosotras. Ya dejaste claro que no entiendes cómo funciona la cosificación de la mujer ni la historia ni la estructura de las organizaciones patriarcales como nuestra sociedad. Creo que queda más claro si digo: cállate, pendejo”. Cuando le pregunté cómo sugiere hacer entender a los acosadores que no deben replicar esos actos dijo que deben tener “consecuencias severas SIEMPRE”. Pero quién se las va a poner si las autoridades no hacen nada, por lo que pienso que, independientemente del género, nosotros, los ciudadanos, debemos hacer algo al respecto, intentar educar, no en lo académico, como más tarde @femigalaxyruler pensó que era a lo que me refería, y concientizar de lo que están haciendo, una educación ciudadana, reflexiva, crítica y emocional, que es la carencia de éstas lo que creo que lleva a los sujetos a acosar.

Lo que viven las mujeres a diario en las calles las ha llevado al punto del hartazgo y al encabronamiento con una sociedad con el chip machista instalado que hay que derrocar, pero no desde la obnubilación que parece les ha causado, pues descalifican todo intento de integración al tema por parte de un hombre; es decir, se han degradado intelectualmente, en cierto sentido, al mismo nivel que un inconsiente e irreflexivo “macho” que agrede sexualmente al género opuesto. Malinterpretan y desembrollan a su favor, con base en sus causas y razones, lo dicho por cualquiera que no pertenezca a “ellas”. Se envuelven en las discusiones de los más miopes con el mismo estravismo argumentativo y ven estupidez donde pretende no existir. Entiendo que es una batalla que se han apropiado y que la quieren combatir solas, aunque intentan meter el calzado de la consciencia a la fuerza; sin embargo, por pertenecer a un contexto social, no puedo mostrarme indiferente a la barbarie de los enanos sexuales. Tal vez debo unirme en silencio y en el anonimato, luchando desde mi trinchera, aunque no puedo dejar de creer que esas guerras, combatidas desde la víscera, se pierden.