Por Gonzalo Trinidad Valtierra

Para mi padre

¿Cuántas veces se había sentado Andrés en esa mesa, al fondo de la cantina El Chicote, sin grandes proyectos en mente, sin ambiciones que pudieran conducirlo al desastre? Esta vez no fue así: juró que mataría a Retana. Lo decidió entre el segundo y el tercer vaso de aguardiente.

—Otro fajazo de yerbamaistra —ordenó Andrés. Se concentró en la música de la vieja radio sobre la barra; tan pronto como tarareó la melodía las palabras de Retana vinieron a su mente.

“No te salgas del redil, ya ves lo que le pasó a esos cuatro”. Franca referencia a cuatro campesinos asesinados.

Se distrajo por un segundo de esos pensamientos. Un par de gotas de sudor le escurrieron de la frente y cayeron en la mesa. ¿Qué pasaría si las amenazas fueran ciertas? Cuando Andrés le dijo que hablaría con el regidor, Retana le respondió con una carcajada. “No te pongas pendejo —le dijo—, mejor entiende por las buenas, cabroncito”.

Andrés estaba agotado. Se abrió la camisa, dejando su pecho lampiño al aire. Ordenó un trago más. Se imaginó a sí mismo como un viejo; sintió las rodillas y los codos acalambrados por culpa del trabajo. Sólo el aguardiente le aplacaba los dolores. No había dormido bien en semanas. Cerró los ojos y se dejó llevar por el sonsonete de un bolero. El Chicote no le gustaba, pero era el único lugar donde podía escuchar música y beber aguardiente con yerbamaistra sin que nadie lo molestara. El color verde del licor curado le recordaba la maleza. Tenía un sabor amargo, como el que desprende la hierba segada a machete.

El Mayita entró al Chicote, tratando de escapar del calor y el polvo de las calles. Agobiado por sus preocupaciones se sentó junto a la barra, cerca de la puerta, y ordenó aguardiente. Necesitaba dinero para que su esposa viajara a Ulúa a visitar a su madre enferma. Lo poco que tenía ahorrado lo gastó (hasta el último centavo) en el traslado del más pequeño de sus hijos al hospital regional de Córdoba.

“Le hablan”, dijo el cantinero después de servirle su trago. El Mayita vio que Andrés, al final de la cantina, le hacía una señal. Caminó hasta la mesa, vaso en mano, y se dejó caer en la silla. Se miraron en silencio. Andrés aplastó una mosca de un manotazo sobre la mesa. Terminaron de beber.

—¿Quieres otra? —preguntó Andrés.

—Ándale pues, una más.

Andrés y el Mayita estaban encorvados a causa del cansancio, el calor y el aguardiente. El Mayita estiró las piernas y sintió cómo le crujían las rodillas; miró a su viejo amigo y le preguntó qué pensaba. Sospechaba que traía algo atravesado en el pecho, porque en todo el rato no había hecho nada más que intentar matar otro par de moscas sin decir nada.

—Me voy a chingar a Retana —dijo Andrés tratando de apagar la voz.

Sólo un haz de luz, que atravesaba la cantina, y unos pocos hombres adormilados podrían haberse enterado de los planes de Andrés.

—Vas a terminar muerto, igual que esos cuatro compañeros.

—A esos se los chingaron por brutos.

Juntaron las sillas para hablar en voz baja.

—Ya estoy hasta la madre de ese cabrón. Paga lo que quiere, cuando quiere. Inventa puras pendejadas para descontarte dinero.

—Y eso qué, cabrón. Ni pistola tienes.

El Mayita quería cambiar de tema; no le gustaba pensar en la muerte. Desde que su hijo mayor había fallecido de fiebre hemorrágica, la sangre lo aterraba. No podía escuchar que un hombre hubiera muerto porque lo primero que veía era el rostro de su hijo escurriendo sangre por los ojos, los oídos y la boca. La muerte era una agonía de tres noches, con estertores, vómitos y sangre que no paraba de correr por todos los orificios del cuerpo.

Andrés se sintió ridículo al recordar cómo había perdido el revólver de su padre. Lo empeñó para financiar el jornal de dos semanas y ya no pudo recuperarlo. Y todo porque Retana no le pagó a tiempo.

—Necesito pedirte un dinero —dijo el Mayita, de manera que en su entonación se hacía patente la costumbre de pedirle favores a Andrés.

—¿Qué dinero? ¿Pa qué?

—Mi suegra está mala, hombre. Tengo que mandar a mi vieja a Ulúa.

Andrés alzó el rostro y miró a los pocos hombres que poblaban la cantina. Algunos de ellos estaban tumbados sobre la mesa. Otros, de plano desgüanguilados, se sostenían en la silla por mera costumbre. El cantinero estaba distraído en la lectura de un periódico amarillento que algún viajero habría olvidado un mes antes. Lo leía una y otra vez, como si las noticias de la capital cambiaran ligeramente con cada repaso. Pero nada había cambiado en las letras impresas, como tampoco cambiaba nada en el pueblo. Andrés estaba harto de lo mismo. Lo de siempre: las raterías de Retana, los campesinos asesinados, las cosechas de algodón y plátano malbaratadas.

—Tú tienes un rifle, ¿qué no? —preguntó Andrés.

—Sí, ¿y qué con eso?

—Préstamelo por un día y te doy el dinero que necesites.

El Mayita no quería hablar de armas y asesinatos. Sólo necesitaba dinero para pagar el pasaje de su mujer de ida y vuelta a Ulúa. Ni siquiera había precisado la cantidad, debido al atolondramiento provocado por los vasos de aguardiente.

—Tas loco, cabrón. Te lo presto y cuando te maten ya nunca más lo recupero.

Andrés guardó silencio. Apretó el puño izquierdo y vació su vaso de un trago.

—Te lo vendo —dijo el Mayita, aclarando sus pensamientos.

—¿Cuánto quieres?

Se le ocurrió una cantidad en ese momento. Con eso alcanzaría para mandar a su mujer de viaje y costearle los gastos por dos semanas, si no es que más.

—Cincuenta pesos.

Andrés se negó a pagar esa suma. Era demasiado por un rifle viejo. Le regateó el precio, pero el Mayita no cambió de parecer. Cincuenta pesos o nada. La música de la radio era monótona, como si sonara un bolero interminable, cantando el desengaño de algún desdichado o la muerte de una mujer querida. Y así como la música pasaba, siempre la misma, la tarde se volvió noche sin que llegaran a un acuerdo, sumando los vasos de aguardiente. Hasta que finalmente Andrés se dio por vencido y aceptó pagar los cincuenta pesos.

—Cómo eres mula —le dijo después de cerrar el trato—. Vamos pues —se apoyó en la mesa para levantarse—, quiero el rifle esta noche.

—No puedo.

—¿Cómo que no puedes?

—Se lo presté a mi compadre.

—Chingao, ¿y a mí por qué no me lo prestas, cabrón?

—Porque tú no me lo vas a devolver. Y, además, si sales vivo, te vas a tener que pelar con todo y rifle.

—¿Tons, mañana hacemos negocio?

—Mañana pues, cincuenta pesos —repitió el Mayita para asegurarse que le había quedado claro a Andrés.

Este se despidió y dejó unas monedas sobre la mesa. Cruzó el umbral del Chicote cuando un perro ladraba en la esquina. En poco tiempo se apagarían las luces y la música; el servicio de electricidad se suspendía a las nueve de la noche. Después de eso el Mayita podría permanecer en la cantina, iluminada por velas, escuchando los sonidos de los insectos, los murciélagos y los perros. Nada le gustaba más que beber en la oscuridad; casi nadie lo sabía, pero el Mayita prefería el Chicote por las noches, especialmente cuando llovía y lo único que se le antojaba era el aguardiente, junto a una vela; se ponía a pensar en todas las cosas que jamás tendría: una esposa con todos sus dientes, un hijo inmune a las fiebres, una cama sin garrapatas…

Dejó reposar su último trago de aguardiente mientras una mosca volaba cerca del vaso. ¿Cuánto dinero necesitaba para mandar a su mujer a Ulúa? Rectificó la cuenta. Cincuenta pesos o más, se dijo. Si pudiera conseguir más, ¿por qué no? Miró las monedas que Andrés había dejado sobre la mesa. Luego pensó en su hijo menor, enfermo. No le quedaba nada más en el mundo, aparte del rifle que le vendería a Andrés.

—Si tuviera otra cosa… —se lamentó.

Bebió el aguardiente de golpe. Estaba sudando, como en los momentos de tensión en los cuales una idea está a punto de ver la luz. Una intuición que puede salvarte la vida. O la de tu familia. Tiró la silla al levantarse y completó la cuenta con sus últimos centavos. Para ello vació sus bolsillos. Salió de la cantina sin despedirse. Al cantinero le extrañó que el Mayita partiera tan temprano.

—¿Y ora tú? Parece que te picó el diablo, canijo —alcanzó a decirle al cantinero.

Ya se había alejado un par de calles del Chicote cuando volvió la mirada y vio cómo se apagaban las luces de todo el pueblo. Fue en ese momento que tomó la decisión, al amparo de la oscuridad que lo rodeaba, seguro de que era lo único que podía hacer. Se sobrepuso al miedo que le inspiraba la muerte. Pensó en los beneficios. Iría a ver a Retana para ofrecerle lo mejor que podía vender, además del rifle. Le diría que Andrés pensaba matarlo y le pediría cincuenta pesos o más como recompensa. Luego iría a casa de su compadre por los cincuenta pesos que le prometió.

De todas formas Andrés ya era hombre muerto.

 


Gonzalo Trinidad Valtierra. Obrero de la palabra escrita. Lector de tiempo completo. Prófugo de las ciencias exactas. Alumno del taller de creación literaria dirigido por Eusebio Ruvalcaba. Participó en la antología Post data / Post mortem, de Vodevil Ediciones. Autor del libro de cuentos Dios prefiere a los bastardos (Vodevil Ediciones). Obtuvo la beca de la FLM. Ha publicado en diferentes medios, digitales e impresos, cuentos, crónicas, ensayos y algunos poemas.


*Este cuento forma parte del libro Dios prefiere a los bastardos, publicado recientemente por Vodevil Ediciones. Agradecemos al autor por las facilidades para su publicación.