Por Roberto Hernández

Llegamos pasadas las 8 de la noche al Ceart, una plaza abarrotada de señores, de sombreros, de gorras, de carriolas, de niños, de gradas, sillas y de basura abandonada con indiferencia. Desde la cuadra a la redonda ya se oía Loquera Tradición y los algunos que no los ubicábamos confundimos su güiro con el que acompaña al Rebelde del Acordeón. Entonces apretamos el paso.

Ya en la plancha lo mismo se inundaba uno del olor a elotes cocidos que del ambiente, de piel enchinada por la festividad de escuchar a un par en el entarimado poniendo a bailar a un público acostumbrado a llegar temprano para apartar silla, sin importar si son Los Tigres del Norte o el mismo Celso Piña.

Abusando un poco de la confianza con la que vive Ensenada fui al escenario, sin necesidad de evadir a nadie, ni de infiltrarme o mentir para pararme junto a la consola de audio y preguntar quién movía los hilos. “Erick”, me dijeron.

Cruzamos palabras por unos tres minutos, “Erick” insistía en que Celso no daría entrevistas porque no organizaron rueda de prensa, pero me prometió que le diría y me acercara al final del concierto, para ver si se podía. Cinco minutos le pedí para hablar con él, “bueno, con tres me conformo”. Tuve fe.

Y salió Celso Piña, con su hablar adormilado, con su barba rebosante, con su ronda Bogotá y sus pantalones de mezclilla azules, zapatos negros que combinaban con la playera que se le ajustaba al cuerpo (y en algún momento la levantó para dejar ver su dorso lampiño).

El concierto cumplió. Nos cumplió a todos, creo: Macondo, Cumbia sobre el río, Los caminos de la vida, Aunque no sea conmigo y un etcétera que no recuerdo más allá de gente bailando, con los brazos al aire y algunas manos cargando latas de cerveza.

Un receso ensayado, para alimentar el ego y organizar un “oooooeee, oe, oe, oeeeeee, Celsooooo, Celsooooo” fue el precio para que salieron a terminar la cuota y cumplir a cabalidad con el repertorio que esperábamos: Cumbia poder.

Foto: Fabián Sánchez (Tomada de Facebook)

Celso no se cansó de agradecer a Ensenada, incluso exhibiendo su inocente indiferencia por no recordar si había o no pisado esta tierra, luego concluyeron que sí “en un lugar más cercano a la playa”, pero lo que más llamó la atención fue ese agradecimiento y reconocimiento “a las autoridades, que no pusieron ninguna traba para el concierto”. A las 22:25 un pulgar recorriendo el cuello señalaba a los músicos que debían terminar. A las 22:30 terminó el concierto.

Salí a buscar a “Erick”, en el camino ahora sí me encontré un primer revestido de negro que me pedía esperar abajo del escenario incluso antes de preguntar si buscaba algo. Un segundo revestido, pero ahora con sombrero, me pidió irme, igual, sin siquiera saber si buscaba ayuda o hacer algún anuncio. La tensión era y estaba. Junto me pasó el baterista, un Celso Piña pero de las percusiones, igual de barbado, igual de despeinado, igual de enmezclillado y con el mismo tono de voz; me cruzó por la izquierda, sudoroso, sonriente, con una humanidad que hace ver diminuta su batería, con esa sonrisa que le aprieta la cara y los ojos se dirigió a un grupo de encamisados detrás de mí “ah caray, ya me había espantado, hasta dije: ´ya llegaron por mí´”, y les dio la mano, con un andar pausado, como las escoltas en la escuela.

Sólo alcancé a mirar una placa de la policía colgada en un cinturón, la traía el más chaparro, la exhibía como escudo ante cualquier acercamiento. Mientras trataba de entender qué pasaba el del sombrero me despertó cuando puso su mano en mi hombro: “no va a salir, me dijo Erick que le avise que no va a salir, está muy molesto porque le cortaron el concierto. ¿Ve a esos de ahí? Son los inspectores y vinieron a terminar el concierto. Celso está muy molesto, entonces no va a salir. Lo están tratando de controlar”. E imaginé a un Celso fuera de sí, gritando mentadas, odiando a las autoridades que no pusieron trabas, pataleando, hablando ininteligiblemente y diciendo “a la chingada”.

Nadie lo notamos, nadie se fue incómodo, molesto o decepcionado, había sonrisas, cuerpos sudados, celulares con videos y fotografías del Rebelde del Acordeón en su auge, en su hábitat. Todos caminaban hacia su siguiente destino, olvidando en el piso sus latas vacías de cerveza, sus vasos ahora sin café, sus papeles que quedaron a escasos metros del bote de basura. Y oí decir: “mmmmta, si de por sí nunca traen nada, y cuando traen algo bueno lo suspenden”.