Por Mauricio Neblina

El 10 de febrero del 2017 moriste de camino a tu trabajo. Desde entonces te recuerdo todos los días. Lloré al instante cuando lo supe. Era evidente que no se trataba de una broma. Busqué en internet y vi la foto de tu cadáver. En el fondo deseaba que no fueras tú. Supuse que la nota roja cubriría tu deceso. Pensé por varios meses la hipótesis de tu accidente. Creo saber cómo fue. Ya son varios textos que te dedico y aún no logro expresar lo que siento. Sólo las lágrimas sobre el teclado o la libreta y el nudo en la garganta cada vez que pienso en ti se acercan un poco a la expresión de ese dolor. Me la pasé increíble esa vez que fuimos a la playa. Seguro que fue así porque es el primer recuerdo que viene a mi mente cuando hago retrospectiva de mi infancia y de nuestra amistad. También todas las tardes que saliste a jugar conmigo futbol cuando era tímido y no tenía amigos. Qué bailes te ponía porque te sobraba edad para alcanzarme en cada sprint que hacía. Siempre fuiste competitiva y corajuda. Nunca dejaste que ganara tan fácil y me venciste un par de veces sin que te importara mi enojo y mi berrinche. Pero no todo en ti era dureza, amargura y valemadrismo. Siempre llegabas con un regalo para mí sin importar que fuera muy modesto. Una paleta de hielo. El videojuego con el que te endeudaste en una tienda departamental. Un pants pirata de mi equipo favorito de futbol. El pollito de cuerda que compraste a la salida del Metro San Cosme y que aún conservo por ser el último obsequio que me diste. Cómo me duele recordar la novela que estaba leyendo cuando fui a recoger tu acta de defunción. Saber a qué hora te declararon fallecida. En dónde te atropellaron. Tener en las manos un documento así me dejó en claro que nunca más te volvería a ver. Fue como sostener la auténtica prueba de quien fue y no volverá a ser más que sólo en recuerdos. Me dio miedo ir a tu funeral. Me arrepiento de no haber estado para verte una última vez y que si tu espíritu me estuviera observando demostrarte que toda la vida me importaste y me seguirás importando. Pero también agradezco no haber asistido porque si no la imagen más actual que recordaría de ti hubiera sido tu rostro arrugado como nunca lo tuviste. Tu fuerte presencia desvanecida por la muerte. En cambio te recuerdo aún con algo de fuerza. Y eso me da tranquilidad. Te abracé a finales de enero porque tenía tal vez un mes que no nos veíamos. Te dije que me daba mucho gusto verte. Eran raras las ocasiones en que demostrabas un sentimiento. En esa noté tu honestidad y pudor por decir algo sincero cuando únicamente me dijiste que también a ti te había dado gusto verme. Te fuiste en Metro para nunca más volver a regresar a mi casa. Solo una noche antes me hablaste por teléfono prometiendo que volverías a marcar al siguiente día. Dos días después supe por qué no devolviste la llamada. Es imposible no ver detalles de tu personalidad en las personas que miro en la calle o en cualquier lado. Y pensar que ese gesto lo hacías tú. Que esa risa es como la tuya. Que esas manos se parecen a las tuyas. Que a ti te gustaba beber o comer eso. Pensar que si tú estuvieras seguro dirías o harías tal o cual cosa. Es largo enumerar tantas situaciones de las que me quisiera acordar para ser feliz o entristecer que no sé cuándo terminaría. Me conformo con que me sigas visitando en sueños y te siga demostrando cuánto te amo. Y que me disculpes porque hasta tu último día de vida comprendí que no sólo eras mi amiga. Sino que siempre fuiste mi segunda madre. No recuerdo si estuviste presente en el altar en 2017 porque preferí evadir el tema de la muerte. Pero prometo que esta vez yo mismo pondré tu foto en la ofrenda para decirte de esa manera que no sólo me visites un día al año. Sino que lo hagas eternamente en mis recuerdos.