Por Carlos Román Cárdenas

Roja la iluminación, rojo el ambiente. Ella espera detrás. Hace a un lado la cortina, entrecierra los ojos, observa movimientos. Busca, identifica puntos débiles: al de la barra, una sonrisa tímida; un meneo de nalgas al de la mesa situada a la izquierda de la pista. Para la tercera estrofa del reggaetón que ha escogido para partir plaza, todos comerán de su mano: maistros, ejecutivos, mañosos y empresarios. Para la parte del encuere, justo cuando Bunbury desgarre el “dejemos que lo cierto sea lo que imaginamos” y su cuerpo moreno se envuelva entre llamas encarnadas, los asistentes habrán aprendido que, el verdadero amor, nace de la entrepierna.

En las entrañas de este lugar nadie es más que el otro. Aquí, el rico y el jodido respiran el mismo humo, toman la misma cerveza, lamen los mismos sudores, ven todo del mismo color. En este microcosmos congalero, se vive bajo un régimen, mezcla de socialismo y carnaval. Todos iguales, todos hermanados por el ritmo que nace de las tetas y caderas desnudas. En los vestidores es distinto: allí los egos chocan, despedazan, se muerden entre sí. Sangran.

Al fondo –ajena a las mentadas y reclamos de sus compañeras-, ella mezcla en una cubeta, alcohol, agua, hielo. Escucha al presentador nombrarla, se mira por última vez al espejo y sale a escena. Ha terminado la segunda canción. Es hora. Hace una seña a uno de los meseros, éste trae hasta el entarimado la cubeta preparada. Ni siquiera repara en que ha sido cambiada. Vierte el líquido sobre su cuerpo, siente frío. Los clientes, expectantes, aguantan la respiración. Ella sonríe, toma un encendedor, lo prende, acerca la llama azulada a su piel…

Todo ocurre muy rápido. El fuego la abrasa, ella da vueltas esperando extinguirlo, como noche a noche, pero esta vez no cede; al contrario, se extiende. Penetra por sus orificios, le quema los ojos, sus gritos se confunden con los berridos de Jenny Rivera. La lumbre avanza hacia las mesas, la alfombra, sube por las paredes pintando todo de un rojo vivo. Clientes, meseros, teiboleras, salen corriendo. Al centro del local, un hombre permanece sentado, muy tranquilo. Para cuando el cuerpo de la bailarina se desmorone, achicharrado, habrá aprendido que quizá el infierno no sea un lugar tan malo, siempre y cuando venga acompañado de cervezas y mujeres en llamas.

 


Carlos Román Cárdenas. Contador público de profesión. Nacido y criado en la ciudad de Reynosa, Tamaulipas, México. Sus cuentos han sido publicados en las revistas Penumbria, La Llave, Monolito, Clarimonda. Integrante del Taller Literario de la maestra Graciela Ramos Domínguez.