Por Jorge U. López G.

Venía a caballo, solo. Señal que esa noche habría luna llena. Avanzaba despacio. Sobre el caballo podía ver a la distancia, más lejos que cuando andaba a pie, eso le daba seguridad y suficiencia desde que aprendió a montar. Los cascos del caballo sonaban, los perros ladraban a su paso. Ernesto Barajas mantenía las riendas firmes y la mirada seria que lo caracterizaba. Por las últimas casas de la calle se asomó Gertrudis. Barajas inclinó la cabeza a modo de saludo. El ala del sombrero proyectó una sombra que le inundó el rostro. “Ernesto”, dijo, secamente, Gertrudis y miró hacia el piso. El caballo siguió su rumbo como si nada pasara.

Los ladridos quedaron lejos. Barajas guiaba al caballo por el camino de la Peña Colorada. Subió por la vereda de las tierras de don Refugio. Junto al canal estaba amarrado el caballo de Juan. Más arriba estaba, desensillado, el caballo de Pepe. Barajas encontró a Juan, a Pepe y a Mauro sentados junto a un encino. Desmontó, amarró cerca el caballo y fue a sentarse con los otros tres.

–No ha habido cambios –dijo Pepe–. Son como unas veinte. Están en la pastoría de Félix.

–Siempre he desconfiado de esos rumbos –respondió Barajas sin voltear a ver a nadie.

–¡No te apures! Apenas vinieron los hijos de Félix a vacunarlas hace tres días y no volverán hasta dentro de otros dos –dijo, bromeando, Pepe, quien vigilaba las vacas desde hacía poco más de un mes.

–De todos modos hay que ir a las vivas –interrumpió Juan con tono conciliador.

–¡Como siempre! ¡Ya sabes! –rechistó Pepe de inmediato.

Los cuatro desviaron las miradas. Se quedaron en silencio. La luz del sol se alejaba tras los cerros, las sombras se iban haciendo largas. Barajas se aflojó las espuelas. En esas circunstancias dejaba de pensar: su mente se llenaba de recuerdos. Uno y otros llegaban, como episodios suspendidos. Recordó, entonces, el día que caminaba con Juan y con Pepe en las tierras de don Refugio. Una vaca cuatezona estaba tirada con el cuello torcido, no tenía la panza hinchada ni olía mal, seguro llevaba muerta poco tiempo.

–Vamos a avisarle a don Refugio –dijo Pepe, asustado.

–¿Y si calamos el filo de la navaja Ernesto? –sugirió Juan, calmado, cuando se encaminaba hacia a la vaca negra.

–Pues, ya andamos aquí y el viejo no echará de menos un pedazo de carne ¿o sí? –Barajas desenfundó la navaja que traía en el cinto y comenzó a rajar el cuero de la vaca.

Pepe los miraba sin mancharse. Barajas y Juan se turnaban la navaja, hasta que le quitaron un trozo de carne a una de las piernas traseras de la vaca. El trabajo quedó tan malhecho que cuando don Refugio contaba cómo había encontrado su vaca, decía que se le había desbarrancado y que algún animal le había mordido una pierna. Pepe, Juan y Barajas asaron la carne en la Peña Colorada. Pepe fue el primero en comer, fue él quien se apresuró a juntar leña y a hacer fuego. Quien diría que Pepe sería el del mejor olfato pal ganado, pensó Barajas y se rió para sí. Con esos pensamientos fue volviendo al presente. Los cerros, los caminos y las parcelas se bañaban con luz de luna llena. Barajas se puso en cuclillas y se amarró las espuelas. Juan hizo lo mismo: que era hora, pensó. Pepe se paró y extendió los brazos para quitarse lo modorro. Mauro fue a alistar los caballos.

Los cuatro montaron y cabalgaron despacio sin más peso que el de sus armas y dos o tres cargadores. Las piedras, los charcos y el zacate iluminaban el camino con el destello de la luna sobre ellos. Luego de un rato, entraron a una brecha que había entre dos cerros: el Tepehuaje se elevaba amenazante, parecía que las rocas de su ladera se caerían en cualquier rato; el cerro de Álvarez estaba surcado desde abajo hasta la cima, la milpa empezaba a brotar entre franjas horizontales que rodeaban al cerro. Con la luz de la luna se distinguían unas hojas grises en los surcos más cercanos. Era ese el lugar del camino al que temía Barajas, sin embargo, irguió el pecho y jaló las riendas para ir despacio. En el centro de aquel trayecto escucharon que, desde lo alto del Tepehuaje, bajaba, rodando, una piedra. Ninguno azuzó ni frenó su caballo. Sólo miraron hacia arriba, apuntando hacia el lugar de donde, creían, se había desprendido la piedra. Algún animal, pensaron y siguieron adelante.

Un aire comenzó a soplar. Unas nubes dejaban pasar parcialmente los rayos de la luna. Como si el aire los empujara, los cuatro jinetes salieron de los cerros con algo de prisa. Desde ahí se miraba la pastoría de Félix: cercada de piedras, con pasto recién regado por las lluvias; con bultos, como rocas, esparcidos, próximos entre sí. Barajas iba haciendo punta. Atrás, a su derecha, iba Juan. Del lado izquierdo le seguía Pepe. En la retaguardia estaba Mauro.

Cuando entraron a la pastoría el cielo estaba escampado, pero la luz de la luna llegaba de más abajo, cargada hacia el horizonte. Como venado que bebe agua en el arroyo, Barajas se detuvo un momento, aguzó el oído y miró en redondo, pareció sentir una trampa debajo de todo. Apoyó el pie izquierdo en el estribo, zafó el derecho y desmontó. Juan y Mauro le copiaron por instinto. Pepe se quedó en su silla: contaba, desde lo alto del caballo, las vacas, que dormían. Juan, silencioso, se arrimó a Barajas: “Ve adelantándote Ernesto”, le dijo. A Juan también le da mala espina esta noche, pensó mientras se acomodaba en su silla.

–Los espero pasando el Tepehuaje –susurró Barajas.

–Mejor vete al Pueblo, nosotros encerramos las vacas y allá te hallamos, luego de echarnos un sueño –contestó Juan.

–¡Los espero detrás del Tepehuaje! Les salgo en cuanto oiga los cascos.

El caballo de Barajas viró a la izquierda y se retiró trotando por donde había llegado. Pepe y Mauro estaban acostumbrados a esos ataques de desconfianza que les daban a Barajas y a Juan: se dirigieron, sin prisa, al fondo de la pastoría.

Cabalgando, a trote, a Barajas le tomó menos tiempo desandar el camino y cruzar entre el Tepehuaje y el Álvarez. Se dispuso a esperar el sonido de los cascos. Sintió el sudor frío del caballo mojar sus pantorrillas. Pasó la mano derecha al lado de las crines y le acarició el cuello. Con la mano izquierda se enjugó la frente: se dio cuenta que él también sudaba. Un escalofrío invadió su espalda y le llegó hasta la nuca. Un disparo, lejano, se escuchó. Barajas supo que algo en la pastoría pasaba.

Sonaron descargas intermitentes, ráfagas desesperadas. Barajas picó, con las espuelas, las costillas del caballo y azuzó al animal, que relinchó y salió a galope. Se escuchó otro disparo. Barajas apenas pudo distinguirlo. Casi al tiempo sintió una braza que le quemó el pecho y atravesó hasta la espalda. Con la mano derecha tanteó la quemadura, su calor le hizo arder la mano, la sangre le hervía. La mano izquierda soltó las riendas. Barajas se recargó en la teja de la silla. El caballo siguió a galope. Entre el Tepehuaje y el Álvarez, sobre la piedra que había rodado hace unas horas, cayó Barajas. El caballo se alejó, espantado.

“No la vio venir”, se dijo, orgulloso, Gerardo. El cañón de su rifle seguía caliente. Bajó a pie del Tepehuaje y miró a Ernesto Barajas. Estaba tirado, boca arriba: la mano derecha en el pecho; la izquierda empuñada, como apretando las riendas; lo único que había cambiado era su rostro: en vez del característico gesto serio, mostraba uno tranquilo –casi en paz, se podría decir –. Algo de aquel rostro le incomodó a Gerardo. Éste respiró hondo, dio media vuelta sobre sus botas, puso seguro al rifle, lo cruzó en su espalda y fue a buscar al caballo que antes montaba Ernesto Barajas. Cada paso que se alejaba del cuerpo del difunto agregaba peso a su espalda. Cuando encontró al caballo la luz de la luna se perdía en las manchas oscuras, de sangre, que estaban en la silla. Gerardo montó y se dirigió al Pueblo. Una mirada seria lo caracterizó desde entonces.