Por Mauricio Neblina

Durante muchos años he ido a fiestas de psytrance gracias a un amigo que fue di yei y que siempre nos llevaba a los eventos donde tocaba o a los que era invitado. Últimamente se esfuerza mucho por explicarme de qué trata ese género musical. Cuando asistía a la secundaria pensaba que tocar un instrumento era saber silbar con la flauta, raspar las cuerdas de la mandolina o hacerme pasar por un Tigre del Norte cuando aplastaba las teclas de la melódica. Nunca fui buen ejecutor. Mis dedos se trababan, no podía seguir una partitura y en muchos festivales fingí tocar ocultándome tras las notas que mis compañeros de generación entonaban.

Nunca he manoseado una mezcladora, si acaso le he subido el volumen a una bocina en alguna fiesta, pero eso se debe a mi mala relación con la música y a mi pésimo oído para escucharla. Por eso o porque tengo un alma vieja es que todo este tiempo refunfuño cuando veo a un di yei ponerse sus audífonos y reproducir una canción en formato digital. No me creo al cien por ciento que haya un artista o un creador detrás de pellizcar las perillas de la consola como si fueran las tetillas de una cerdita. Presiento que hay algo de falso, como si en realidad fuera un performance, lo cual, si es así y les pagan por eso, entonces no he entendido nada, porque además me causa envidia que sean tan populares y atraigan a muchas mujeres, aunque a mi edad, cuando las rodillas ya me duelen por el frío, no es razón suficiente para que abandone mi productiva, divertida e interesantísima carrera communitymanagerística.

He aguantado infinidad de noches enteras viendo a imbéciles bailar, si es que se le puede llamar baile a una convulsión continua, razón por la que nuestros abuelos se revuelcan en su tumba y orinan en todos los danzones con los que ligaron, porque ¿acaso también hay algo de teatro (¿o exceso de drogas?) en ese ímpetu de mecerse por horas sin beber? Si el beat electrónico se sustituyera por unos tambores tribales, pensaría que se trata de los extras para una nueva película del Planeta de los Simios en alguna escena donde recrean un ritual. No entiendo el extasis que provocan las vibraciones del psytrance en el cuerpo, que hacen que los asistentes bailen como atolondrados, pero le doy el beneficio de la duda, pues tal vez sea porque lo único que sé hacer con mis pies es caminar y muchas veces tropiezo.

Sigo asistiendo a estas fiestas a causa de las cantidades industriales de alcohol que ingiero antes, pues ebrio se soporta hasta a la mujer más aburrida o al amigo más callado. Además, en todas hay un grupo que fuma marihuana y, aunque yo no la consumo, el olor pervierte mi sentido rítmico y siempre termino pacheco y moviéndome como imbécil supestamente al compás de los beats, en especial cuando asisto a los eventos que se arman en las calles del Zócalo de la Ciudad de México, donde hasta un viejo que no hace nada y vive de la herencia de sus padres es famoso por contonear la cintura, los pies y los hombros.

Prefiero continuar drogándome indirectamente y reírme hasta lagrimear porque un amigo pidió en la cena unas papas con sal a morir baleado en un bar de reggaeton. Ahora dejen termino de escuchar el psytrance que me ayuda a ignorar a los de la oficina para poder ponerle punto final a este texto y mandarlo a la revista.