Por David Álvarez

El mejor día del año está plasmado en una foto. Salimos los dos juntos sonriendo. Susana del lado derecho. Fue en un bar localizado a un costado de la zona céntrica de la ciudad. La Asamblea, se llama. Celebré mi aniversario. 28. A ella la conocí un año atrás, un 18 de enero. También cumplí un año y un día de amistad. Antes del lugar, nos vimos en avenida Zaragoza esquina con Pasteur, al lado de un puesto de periódicos. Sonreí al verla. Siempre lo hago. Nos abrazamos. Solo estuvimos tres horas platicando y bebiendo. Fue en la mañana, entradas las 10. Había trabajo y solo ese tiempo para coincidir durante el día. El mejor día del año son tres horas. Instantes. No sabía lo que, semanas después, me depararía. Perderlo todo. Pero ese día estrené ropa y calzado. Hacía frío. Un poco al menos. Dante, en La divina comedia, escribió que no hay mayor dolor que acordarse de los tiempos felices en la desgracia. A veces lo dudo. Esa fotografía es la única que tengo con ella. La veo cada que me siento solo. Me hace pensar que no todo está perdido. Hay días felices que sostienen los desvaríos. Salir frustrado por las noches, vagar, sacar el celular y mirar esa foto y decir: “¡Vaya, qué bien!”, y entonces regresar a casa. Hay personas que nos salva sin darse cuenta. Solo basta un vistazo para saber que todo va bien. Que nada malo pasa. Al menos la ilusión de que nada malo pasa. Porque, quizá, sí pase. Pero pienso en esa fotografía y digo: “¡No hay pedo!”.