Por Carlos Román Cárdenas

Rubén revolotea alrededor de la cabeza de Amalia, zumba en sus oídos, posa su cuerpecillo sobre el rostro al pendiente del próximo manotazo. No cede. Insiste esperando que el furioso batir de sus alas llame la atención de su mujer; pero ésta, concentrada en la pantalla de la computadora, tan solo se encarga de espantarlo.

Rubén acomete, se para sobre el torso de la mano que mueve el mouse, camina hasta llegar al dedo anular, al anillo de matrimonio. Otro manotazo.

Rubén se detiene sobre el hombro de Amalia, olfatea el aroma de su cabello, el olor de su piel. Observa con su mirada fragmentada la imagen en el monitor, mira una foto suya acompañada de un mensaje: Rubén Flores Trejo, desapareció en la ciudad de Reynosa, el veintiuno de mayo del 2015. Si conoce su paradero o lo ha visto, llame o mande mensaje al 777-7777.

Rubén se angustia, desea que no lo busquen, que no lo esperen más. Escucha a su esposa llamar al cuartel, preguntar si hay novedad. Rubén vuelve al rostro de su mujer, se pasea por la comisura de los labios, recuerda sus besos. Esta vez el manotazo viene acompañado de una mentada de madre.

Amalia va a la cocina. Rubén tiene una idea, vuela hasta el escritorio, roza la superficie de la taza de café, el tibio líquido se impregna en los vellos de sus patas. Se detiene sobre una hoja de papel. Mientras avanza va dejando trazos que se convertirán en letras, en mensaje.

Amalia regresa, alza el brazo, deja caer el matamoscas. Rubén siente cómo la muerte cuadriculada le remueve la memoria. La hoja se convierte en brecha, en noche; el golpe en mordaza, en ojos vendados, en bala.