Por Mauricio Neblina

En la transición presidencial de Enrique Peña Nieto, hace seis años, hubo disturbios en la calle, protestas masivas y mucha incertidumbre frente al cambio de gobierno, sin embargo, cuando terminó su primer discurso como representante del poder Ejecutivo quedé asombrado, lleno de esperanza; había hecho bien la tarea de vender el cambio que prometió el PRI durante la campaña, la redención que proponía a los mexicanos luego de años de abusos, desglosó los ejes centrales de su mandato en puntos y todos sonaron coherentes, enfocados a orientar a una nación hacia la reconciliación de todos los poderes políticos.

Esta ocasión, en su primer discurso como presidente, Andrés Manuel López Obrador humilló a su antecesor, dejó en claro el mensaje de que en su gobierno no habrá corrupción ni Casas Blancas. El clima político, social y cultural que propuso pretende un cambio radical que a la distancia se percibe difícil, rocoso y hasta inverosímil a causa de la magnánima inversión que al parecer se necesita. Si bien fue una potente ponencia, habrá que dudar de todo lo que dice, pues la historia nos ha enseñado a desconfiar de aquellos grandes proyectos nacionales que terminan siendo un fracaso por donde se le vea, como el de Peña Nieto.

Eso sí, López Obrador, me parece, nos deja una certidumbre. Desde que se declaró su triunfo en las pasadas elecciones ha sustentado sus decisiones con base en acciones que comunican una línea rectora, más allá de politiquerías de dientes para afuera, a determinados grupos de interés, que aunque son difíciles de discutir por todo el trasfondo que tienen, como en el caso del Nuevo Aeropuerto de la Ciudad de México, donde, pienso, que el periodismo nos quedó a deber a los ciudadanos por el exceso de opinología y la carencia de investigación que hubo en torno al tema, parece que mantendrá hasta el final.

Otro ejemplo de ello es la inédita aparición de los pueblos indígenas y la entrega del Bastón de Mando en un evento televisado a nivel nacional en la más importante plaza pública del país, donde dijo, como lo ha repetido a lo largo de los años, que los pobres, los que no han tenido voz durante décadas, los invisibles, serán prioridad en el sexenio. Sólo los más miopes y obtusos pensarán que lo que está expresando con estas acciones alegóricas es que la balanza social y económica se inclinará del lado contrario o que los que votamos por él creemos que esto sucederá. La historia lo juzgará con mano dura porque por fin, luego de la desilusión que fue la alternancia del PAN del 2000 al 2012 y los gobiernos sinvergüenzas que nos han escupido en la cara durante la dictadura del PRI, llega, lo que parece ser, el simbolismo del hartazgo que tiene como obligación no desperdiciar la oportunidad y hacer las cosas bien, sin tener derecho a fallarnos.