Por Jonás

Tienes delante la oferta, pero detrás la amenaza.

El mito de la caverna, Proof

El miedo infundido en la sociedad ha llegado a los alcances esperados por quienes lo promueven. Hoy ya no sólo vivimos en medio de una guerra a la que nos pudiéramos oponer, sino a una guerra que busca encerrarnos, concentrarnos en el silencio, en el vacío de las calles que permite que la misma se reproduzca. El miedo tiene ese efecto paralizante, no es que la oposición se haya disuelto en nuestra subjetividad, sino que la misma está atrapada por la lógica del encierro ante el miedo.

La llamada Guerra contra el narcotráfico que inició Felipe Calderón[1] vino a dar al traste a una serie de procesos violentos que se habían presentado en México en los últimos años. Pero también surgió como un acontecimiento[2] que recrudece la relación entre la sociedad, el Estado y el capital.

Hoy no cabe duda de que el miedo irrumpió de forma abrupta en nuestra subjetividad. Aquello que conocemos como el “tejido social”, se ha roto de tal forma que pareciera no haber una salida ante sus embates. Pero tampoco podemos ser ingenuos, pues no se trata de una irrupción nueva o de un proceso actual que se presente exclusivamente en nuestro país. El miedo que carcome nuestros intentos liberadores es el producto de distintos procesos emancipatorios y la lógica interna del sistema por detenerlos.

La articulación del miedo en la actual sociedad mexicana no es nueva, aunque sus dimensiones han alcanzado una potencialidad anti-política sin precedentes. Ya no nos encontramos simplemente ante una mística del miedo por el otro, en tanto otro-lascivo, sino un miedo generalizado al grueso de las formas de despliegue de nuestra vida social.

La violencia se ha instaurado como el producto del acentuamiento de las lógicas del Estado y el capital por someter nuestras potencialidades liberadoras. Frente a esa lógica emancipatoria latente, la articulación sistémica se encontró ante la paradoja de desplegar sus expresiones de mayor violencia.

Desde su constitución originaria el Estado se alza como la forma institucional y jurídicamente legítima de la seguridad.  La proporción de control y el cobro de los impuestos se configuran como los núcleos básicos de despliegue del Estado, de modo que termina siendo conceptualizado como aquella única institución que tiene bajo sí el monopolio del uso de la fuerza legítima. La legitimidad de dicha fuerza reside en que su uso está anclado en la necesidad de protección. Habría que anotar bien este orden conceptual, pues no se trata de que el monopolio sea legítimo o que el uso de la fuerza lo sea, sino que es la propia fuerza o coacción la que se legitima a través del orden y la ley.

Eso es de lo que habla Foucault (2013) cuando se refiere a la inversión del sentido común ante la protección última del Estado. Donde dicha institución se encarga del aseguramiento, ya no estamos frente a un Estado que aparece en los momentos de aseguramiento social, sino del Estado total, de la insegurización (Foucault, 2013:51).

El Estado que garantiza la seguridad es un Estado que está obligado a intervenir en todos los casos en que un acontecimiento singular, excepcional, perfora la trama de la vida cotidiana. De golpe, la ley se vuelve inadecuada y, en consecuencia, hace falta esa suerte de intervenciones cuyo carácter excepcional, extralegal, no deberá permanecer en absoluto signo de la arbitrariedad o de un exceso de poder, sino al contrario, de una solicitud. (Foucault, 2013: 50).

La guerra contra el narcotráfico se articuló como ese momento excepcional en la vida mexicana. La salida a las calles de miles de militares para hacerse de la fuerza legítima en la cotidianidad, antes único espacio para las fuerzas policiales civiles, sirvió como el pretexto idóneo de la excepción. La muerte de miles de personas y el incremento exorbitante de su cifra se sellaba en un fundamento retórico de los muertos son los criminales, es decir, la muerte como excepción legal y legítima se articulaba en una justificación de que la guerra era su motivo pero que las bajas se daban por parte de “los malos”.

En su libro Necropolítica, Achille Mbembe (2011) articula que esta perspectiva de la muerte en las colonias se ancla en un fundamento de antinaturalidad, donde las muertes en las colonias siguen siendo justificadas por el salvajismo de los colonizados. En este caso el discurso se articula de forma en que los “salvajes criminales” son los que mueren y dichas bajas son justificadas en un entorno de «guerra».

La operación civilizadora se configura de forma excepcional (Mbembe, 2011: 39), porque la muerte está anclada en la idea de que el orden jurídico y los métodos de control pueden ser usados en exceso para que el «salvajismo» sea desplazado en pro de las formas occidentales del Estado, el capital y el resto de la vida social.

El filósofo camerunés destaca que la idea de la «paz» en los países colonizados tiene forma bajo la apariencia de una «guerra sin fin» (Mbembe, 2011: 37). Recordemos la lógica de la derecha latinoamericana, como el «uribismo» en Colombia donde los guerrilleros deben ser atacados hasta el exceso de vida y tienen que ser aniquilados, es decir, se perpetúa la violencia hasta su extremo más crudo bajo una idea de fin de la violencia que se justifica por el mandato teleológico. Lo mismo sucede en el caso mexicano y en las llamadas «intervenciones democráticas» de EE.UU. en los países de Medio Oriente, donde la idea de una estabilidad está ligada a su contrario inmediato: la inestabilidad.

El riesgo de asumir las consecuencias de una guerra, entonces, reside en que seremos víctimas de nuestra propia aceptación. La lógica de Mbembe parece anclada en la indeterminación externa de las consecuencias de una guerra que se instala en nuestras realidades colonizadas sin un autor aparente o endógeno. Pero en el caso mexicano la cosa no es tan sencilla. Si bien es cierto que nuestra inmersión en la guerra contra el narcotráfico se corresponde con años de sumisión a las políticas prohibicionistas de EE.UU. con respecto a la droga, hoy en día se ha anclado la idea de la necesidad de una guerra que rearticule la paz.

Aunque inmediatamente podemos desmontar esto último en relación con la oposición que se está creando frente a las consecuencias de la misma guerra, pues ahora escuchamos voces que incluso justifican la necesidad del pacto criminal, es decir, en vista de una imposibilidad de paz violenta, se vuelve justificable la idea de pactar con los criminales el exceso de violencia en el que nos tienen inmersos.

Pero habría que no ser ingenuos ante la idea de que este exceso de guerra y violencia no sólo se instaura a partir de la lógica del uso de la coacción por parte de los “grupos criminales”, sino también por la necesidad de su exceso en la vida pública por parte del Estado.

La guerra en su apariencia se justifica bajo el orden de una prohibición del uso de las drogas y su tráfico. Pero en términos reales su impacto ha llegado a un grueso de la vida social que le da sentido a las formas de Estado total y de un mercado inmerso en todos los momentos de la vida social, en su cotidianidad.

El Estado, anclado en su lógica de la centralidad de la vida política, concibe que todos aquellos que lo atacan están del bando “incorrecto”. El derecho penal del enemigo se ha convertido en la carta fuerte del Estado. Hay que atacar a todos aquellos que se oponen a las construcciones normativas del status actual. Este sentido y esta lógica se vuelve más latente en momentos de crisis, no es nuevo que el capital se encuentre en crisis y hace mucho tiempo que el Estado se tambalea en la ignominia de sus actos al haberse visto rebasado por al actuación de los nuevos capitalistas que se empeñan en hablar del neoliberalismo y sus beneficios. Pero tampoco hay que ser ingenuos en el sentido de que el pensamiento neoliberal también ha invadido a distraídos posmodernistas de izquierdas que se alzan con la bandera del anarquismo y que al mismo tiempo abrazan el ideal del mercado como única institución posible en la sociedad actual.

Por ello es que se desarrolla el discurso de la insegurización, que busca que no sólo las autoridades le den sentido al dominio de la «seguridad» por parte del Estado, sino que sean los propios ciudadanos, la sociedad, quien haga la petición de la fuerza total para el resguardo del status. Es lo que en el psicoanálisis lacaniano se explica como el «Amo». Slavoj Žižek (2015) explica que el Amo es un mediador evanescente que te devuelve a ti mismo, que te coloca ante el abismo de tu libertad: cuando escuchamos a un autentico líder, descubrimos lo que queremos (o más bien, lo que quisimos siempre sin saberlo) (Žižek, 2015: 7). Por ello habría que recordar aquella frase del propio Lacan en donde a un joven «revolucionario» del Mayo Francés le asesta con la frase “ustedes lo que quieren es un amo, y lo tendrán”. Así, la sociedad actual se encuentra atada a su condición de insegurización en tanto que no espera perder su status o condición de comodidad. Es lo que Byung-Chul Han denomina como una pequeña autoviolencia voluntaria para protegerse de una violencia mucho mayor (Han, 2012: 17).

Sin embargo no habría que perder de vista la lógica misma del orden violento del Estado, en donde sus más lascivas acciones se concretan para quienes resisten a esa misma lógica de violencia y presencia total. La violencia que hoy se ejerce no sólo llega a quienes le dan sustento al propio Estado, sino que se agudiza a partir de la misma rebeldía y los procesos de desestabilización del orden actual. Recordemos que la guerra de Felipe Calderón surge a partir de dos frentes: una designación ilegitima de las autoridades electorales al ser el resultado de una muy cuestionable elección presidencial, y el descontento total con las instituciones y las autoridades, incluso ante la posibilidad abierta de una confrontación total de armamento civil que finalmente el mismo Estado replegó a través de formas moderadas de protesta social, como el llamado al cierre del Paseo de la Reforma por parte del opositor, Andrés Manuel López Obrador.

Ese entorno de descontento social, donde algunos decepcionados de la opción de izquierda se replegaron para plantear otras formas y radicalizar la idea de minimizar el poder del Estado, se ven hoy atacados. Así como los que siempre se han opuesto a pensar en las lógicas de la centralidad del Estado en el despliegue de lo político.

De este modo, hemos llegado a la naturalización de la violencia como único recurso político estatal. La persistencia de la violencia que se ha desarrollado como una pedagogía de la crueldad (Segato, 2018). El sustento de la forma mercancía en los sujetos y que le da fundamento a una violencia que se justifica en el desinterés por el otro, incluso es como si se tratase de la positivización de la violencia.

La repetición de la violencia produce un efecto de normalización de un paisaje de crueldad y, con esto, promueve en la gente los bajos umbrales de empatía indispensables para la empresa predadora. La crueldad habitual es directamente proporcional a formas de gozo narcísico y consumista, y al aislamiento de los ciudadanos mediante su desensitización al sufrimiento de los otros. Un proyecto histórico dirigido por la meta del vínculo como realización de la felicidad muta hacia un proyecto histórico dirigido por la meta de las cosas como forma de satisfacción. (Segato, 2018).

En conclusión, el miedo que irrumpe nuestra realidad actual es la que pretende darle un mayor sentido al egoísmo. El mito del derecho penal del enemigo nos hace ver que son los “salvajes” quienes están siendo asesinados, que no hay porqué compartir su dolor. Pero no hay que olvidar que ese es el discurso legitimador de la acción estatal y su empuje defensivo para el sustento del capital. También es el discurso que busca romper cualquier apoyo mutuo entre los sujetos de esta convulsionada realidad.

A ese discurso se opusieron este año los jóvenes y los estudiantes. Pero sólo pudiendo romper con el grueso de particularidades para el plano de una demanda más amplia es que podemos ver que la violencia ha irrumpido en el grueso total de nuestra vida, y que su oposición no sólo queda en la mera petición de la paz, sino en el riesgo latente de confrontarnos con que Lo Real se hace presente en este mundo simbólico. Esa violencia que tememos como parte de un proceso de cambio ya está instalado, y que si hay necesidad de revertir el grueso total de la vida social para poder mejorar el panorama, habrá que empujar la idea de que no es al lado del Estado y el capital donde está nuestra trinchera. De eso va nuestra reflexión persistente, siempre persistente ante lo imposible.


Referencias

Foucault, M. (2013). “Michel Foucault: la seguridad y el Estado. Entrevista con Robert Lefort, 1977”. En El poder, una bestia magnífica. Sobre el poder, la prisión y la vida (pp. 47-54). México, D.F., México: Siglo XXI Editores.

Han, B-C. (2012). La sociedad del cansancio. España: Herder Editorial.

Mbembe, A. (2011). “Necropolítica”. En Necropolítica, seguido de Sobre el gobierno privado indirecto (pp. 17-75). España: Melusina.

Segato, R. (2018). Crueldad: pedagogías y contra-pedagogías. España: Lobo Suelto! Recuperado de: http://lobosuelto.com/?tag=pedagogia-de-la-crueldad.

Žižek, S. (2015). “Prólogo a la edición española PODEMOS (con Hegel)”. En Menos que nada. Hegel y la sombra del materialismo dialéctico (pp. 7-9) Madrid, España: Ediciones Akal.


[1] La guerra contra el narcotráfico en México ha sido una operación de despliegue de las fuerzas armadas del país bajo el argumento del exterminio del tráfico de drogas y los cárteles que la controlan. Su génesis oficial data de diciembre de 2006, cuando se inició un operativo de la policía federal en el estado de Michoacán, donde se han sumado otras instituciones de seguridad como el Ejército y la Marina Armada.

[2] Slavoj Žižek define el acontecimiento como algo traumático, perturbador, que parece suceder de repente y que interrumpe el curso normal de las cosas, algo que surge aparentemente de la nada, sin causas discernibles, una apariencia que no tiene como base nada sólido. Ver Žižek, S. (2014). Acontecimiento. México D.F., México: Editorial Sexto Piso.