Por Nothingman

Mi primer contacto con el rap/hip-hop fue en la secundaria. A las afueras de la federal número 9, Josefa Ortiz de Domínguez, a diario se estacionaba un Cuda 1970 oxidado, con vidrios polarizados, de donde se bajaban alrededor de cuatro malandros que se recargaban a lo largo del carro como retando al aire, con esa mirada desafiante e intimidatoria que nos obligaba a cambiar de acera, bajo el temor de que los cholos nos madrearían si nos cruzábamos por su espacio. Siempre me fascinó la manera en la que todos mostrábamos respeto en el silencio, sin pronunciar palabra y sin atrevernos a mirar a los cuatro tipos a la cara, poníamos la cabeza gacha y caminábamos lo más rápido que podíamos, deseando fervientemente que no nos dieran un puntapié y ser la burla de la palomilla ingenua, mientras ellos se paraban ahí a esperar a la belleza de la secundaria, una chavala de quince años, con tez blanca, pelo rubio y unos cachetes rosados que derretían la mirada de toda la banda y alborotaban las hormonas de por sí ya incontrolables de nosotros los púberes inmaduros. Aparte de las miradas y las ropas de los malandros, era la música lo que completaba un ambiente de barrio de mala muerte que bien podía ser el East Harlem de New York; los beats y las rimas de afrodescendientes despotricando contra el poder demediado de la clase blanca dominante me cautivaron.

Yo jamás pensé en acercarme a saludar, no pertenecía ahí, mi imagen timorata me impedía pertenecer, aunque por dentro estuviera muriendo por estar del otro lado, recargado en ese Barracuda y desafiando a quien se atreviera a respirar el mismo aire que yo; sin embargo, uno de mis mejores amigos sí los conocía. Así, mi acercamiento a la clica de los Wu-Tang Crew, fue mediante él, a través de Adolfo, quien me prestó un cassette que tenía todos los tracks del Enter the Wu-Tang (36 Chambers). Aunque Adolfo pertenecía a otro crew diferente llamado los “Bikers”, su primo era parte de los líderes de los Wu-Tang, así que él podía tener ese contacto sin ser madreado en un ataque de furia. De esa manera fue como tuve el placer de saber acerca del boom que representaría para la East Coast la irrupción de unos “niggas” con intenciones de apoderarse del hip-hop de la época y que, diametralmente, habían influenciado lo suficiente para que en la colonia Jacarandas de Torreón, Coahuila, un grupo de cholos se organizaran bajo el mote del grupo. Después de haber escuchado la Wu-Tang Clan Ain’t Nuthing ta F’ Wit’, mi cabeza se llenó de una testosterona desmesurada, a la DiCaprio en la punta del Titanic, cada vez que ponía esa rola en mis walkman, me daban ganas de convertirme en el delincuente juvenil más buscado del norte de México, pero para mi mala suerte, mi metro con cincuenta centímetros de aquella época, impedían toda clase de grandeza criminal.

El Enter the Wu-Tang… me abrió la puerta a un mundo de música infinito de posibilidades y definió mi gusto por la Costa Este Norteamericana, gusto que, paradójicamente, tendría un paralelismo con el jazz unos años después. De esa álbum brinqué al Illmatic de NAS, y la situación se diversificó, porque de ahí nació mi interés por la segregación racial en los Estados Unidos; al día de hoy sigo creyendo que el hecho de escuchar N.Y. State Of Mind me cambió en muchos aspectos, pero no solo por el contenido de la canción, sino por el contenido del álbum completo: los sonidos densos, las pausas constantes que te aceleran los latidos del corazón, las rimas incendiarias, la afronta al poder, el lenguaje de las calles y, sobre todo, la rebeldía controlada, contenida en una bomba de tiempo que al explotar lleva el mensaje a lo lejos, a los impredecible, a la anarquía, eso definió en mucho mi personalidad.

A partir de ahí mi interés se fue especializando, buscaba sonidos más oscuros, más indis, y en la década de los 90’s eso no era sencillo, pero había material de sobra, el detalle consistía en saber cómo o dónde buscar. Aunado a eso, en aquellos días el hip-hop dope era tan soterrado e independiente que los álbumes producidos parecían One-hit wonder, había estrellas que sacaban una canción o dos de un estudio soterrado en algún lugar de Dorchester Norte y que no pasaba a mayores; entre la censura y el temor, el hip-hop duro se abría camino en el ambiente underground, siempre asociado a las drogas, a las armas, a la delincuencia y al lenguaje sexista. Contrario a lo que pasaba con el movimiento alternativo universitario —esa famosa sintonización a la izquierda del dial en los estéreos donde uno podía escuchar a R.E.M. o los B-52’s— el hip-hop sobrevivía ya fuera solo para el gusto de un grupo social muy particular (la clase segregada afroamericana) o para disidentes del sistema.

Sonidos como el The Infamous de Mobb Depp o To the Death de M.O.P, hacían patente la pureza del hip-hop delincuencial, de mafia y pandilleros, con voces sobrecargadas de stamina, explosivas, con integrantes con cara de matones, rodeados de los perros American Bully o Rottweilers encadenados, dispuestos a tragarse a un enemigo con tan solo mover un dedo; las calibre .45 dispuestas a descargar el plomo en los cuerpos de los contras… todas esas imágenes ahora popularizadas por el marketing capitalista del West Side, inundaron mi cabeza en mi etapa adolescente. En ese tiempo sentía una animadversión absoluta por los Niggaz With Attitude, me parecían unos farsantes, una caricatura que explotaría económicamente —como de hecho lo hizo— en el mainstream de la industria musical. Esa actitud la superé con los años, porque cualquier amante de la historia del rap/hip-hop, reconoce en Eazy E y en Ice Cube a dos pilares del movimiento gangsta; pero en mis años de secundaria me inclinaba (hasta la fecha) por lo que hoy es conocido como la Old School. La posición política de Public Enemy y Rakim, lo carismático de LL Cool J, lo irreverente de Schoolly D o lo contagioso de A Tribe Called Quest; los sampleados con sonidos de cuerdas, piano y saxofón, con krush grooves de jazz, la mezcla confusa de sonidos de música que me gusta, esa combinación de hip-hop def con funk, soul y blues que solo se encuentra en aquellos cantantes provenientes from the motherfuckin’ east.

Claro que me impactó la pelea épica entre 2Pac y Biggie, un rompimiento que a la fecha sigue, pero a ambos llegué ya cargado con un bagaje de rap muy nutrido, por eso cada vez que platico sobre estos temas con alguien y sale el análisis de Hit ‘em up y Who shot ya, me inclino por esta última, porque encuentro todo el contenido del hip-hop serio de la Costa Este que me agrada. De hecho después del Me Against The World de Shakur, jamás he logrado escuchar un álbum de él completo sin llegar a reconocer sonidos repetitivos, solo algunas canciones forman parte de mi playlist intocable como lo son All Eyez On Me y Hail Mary, pero continuo con la creencia de que Pac le heredó a la West Coast una cantidad inconmensurable de buena música, la dotó de más calidad y contenido, de agresividad y dureza, actitud capitalizada por el mundo hollywoodense y el poder económico, resultando en una explotación mercadológica de la figura de un gran rapero que no considero como el mejor de todos los tiempos. De igual manera, la vida de 2Pac en L.A. se contagió de cursilería y música bastante desagradable como California Love al lado de Dr. Dre. Juzgue usted, pero hay una diferencia notable entre dicha canción y Going back to Cali de Smalls. Por el contrario, Biggie me proporcionó sonidos en algunas ocasiones más digeribles, música que contagia más a las masas, pero con la carga lírica de la esencia de la Costa Este. No existe canción de su álbum debut Ready to Die que no valga la pena, es imposible saltarse una canción, poco más de una hora de música que te explota dentro de la cabeza, beats que una vez escuchados jamás se olvidan, entre Warning y Ready to Die nunca he decidió cuál de las dos canciones es mejor. Definitivamente la crudeza de Ready to Die forman parte de mis tracks para un entierro digno.

Life after Death son dos discos icónicos, de culto e insuperables. The Notorious puso la vara muy alta, le bastaron 41 canciones en su corta vida para convertirse en un rapero elite, algo que pocas figuras musicales logran en toda una vida dedicada a la música. Biggie es esa parte que se quiere negar del hip-hop def, la parte que se repudia por su rotundo éxito y hace de algo propio asequible para el Otro, pero también es la obviedad, la culminación de algo inevitable, el resultado de seis años de un género musical que cautivó a la juventud rebelde y depresiva de la época Reagan y la generación curiosa de los 90’s, Wallace es quien reflejó en métricas de agresividad bruta, a jóvenes negros, latinos y blancos, de todas las clases sociales; cada outsider logró obtener, con The Notoriuis B.I.G., una voz que proyectara su medio ambiente en cada una de sus rolas. Smalls es quizá la última figura decente del hip-hop.   

Recuerdo en estos días aquél primer contacto con el rap toda vez que encontré un cassette con un mix de varios grandes. Tenía mucho tiempo sin escuchar los scratchs de No more Mr. Nice Guy de Gang Starr, canción que me trajo la imagen de bailar frente al espejo realizando unos estúpidos y pésimos pasos de breakdance. También viene Party for Your Right to Fight de Public Enemy, con toda esa carga política por la igualdad racial que sigue siendo tan vigente hoy en pleno 2018, justo cuando en la Casa Blanca está sentado el hombre más idiota que haya sido elegido en los Estados Unidos en los últimos cuarenta años. En ese misma cinta está grabada Srtictly 4 My N.I.G.G.A.Z de Tupac, un Pac incipiente, buscando el sonido que lo definiría para siempre y marcaría toda una forma de hacer rimas en el hip-hop, también contienen el dueto de Wallace y Shakur en Thug For Life, canción que me mareó y escuché por primera vez cuando mi compa Carlos Leyva se fumaba un porro en una cancha abandonada de básquet y nos creíamos los tipos más molones del barrio looking for a fight to incite. En fin, ya no he logrado escuchar algo similar como en aquellos días, ni siquiera Kendrick Lamar y su ambicioso To Pimp A Butterfly ha logrado algo de esa altura; supongo que eso sucede cuando te das cuenta que la vida es un ciclo interminable de aberración y decadencia.

Luis Niño – ldns280707@gmai.com