Por Alexandra Fernández

Cada región de México esconde en recovecos deliciosos bocados de sabor, antes de cada mordida se encuentra una identidad que atesora el condimento perfecto.

¿A quién no le gusta una tortilla hecha a mano?

En Valle de Bravo existen tradiciones que con el paso de la modernidad se ha ido quedando entre el polvo de sus historias, hasta para los mismos ciudadanos es desconocido.

Lina a sus 85 años utiliza la maravilla del nixtamal otorgándole a los comensales un sin fin de sensaciones suculentas.

Cuando caminé por primera vez por las calles del pueblo mágico de Valle de Bravo descubrí no solo la arquitectura que arropa, sino los maravillosos tacos de cerdo y borrego entre otras delicias, que mantienen su calor acobijados en trapos cuadriculados de color azul y rojo. Al llegar al puesto de la familia Hernández con más de 52 años, ubicada en la esquina de la calle Joaquín Octavio Pagaza y Monte Alegre me encontré con una variedad atascada de carne y jugo con mucho sabor, una vez que los pruebas no se puede andar por sus calles quedándose con el antojo, entre tanta vuelta y despegue me percaté del tamaño de las tortillas y no dudé del precio, dejándome una tranquilidad económica.

Cierta tarde calurosa acompañada de una chela bien fría, platicando y echando chal con los marchantes que comían parados en la esquina, me platicaron que apenas hace 10 años uno podía comprar sus tortillas elaboradas a mano e ir por un buen trancazo de carne al puesto de su preferencia, lo cual me pareció asombroso ya que se hacía un negocio razonable para los creadores de la perfecta combinación, con la entrada de nuevos habitantes y comercio a gran escala se fue perdiendo el negocio de Las Mujeres Olvidadas de Valle de Bravo, dejando sola a Lina, la cual se aferra por mantener la tradición.

Al conocer la historia agarré camino para encontrarme con la sobreviviente y gozar de espléndida experiencia.

La señora se encontraba sentada en la entrada principal del mercado del pueblo, cargando dos cubetas grandes cubiertas con un mantel impecable blanco que ayudaba a mantener calientes sus tortillas hechas con sus cálidas manos.

—Trabajo el nixtamal que viene de mi tierra en Donato Guerra, todas las mañanas antes de que cante el gallo me levanto junto con mi nuera para prepararlas, tenemos maíz reventón, de mazorca verde y las más vendidas, integrales, a mí no me gustan pero la mayoría de mis marchantas las compran, me saben rancias.

La anciana mantiene una sonrisa a pesar de que sus piernas dejan asomarse reumas y callosidades a causa de las caminatas largas y diarias por el pueblo.

—Había otras como yo, pero han pasado a mejor vida o simplemente por viejas ya no tienen fuerza, soy la única que vende tortillas sueltas para tacos, a la gente se le hace raro, por eso doy la docena en veinte pesos, cuando se me quedan me da harto coraje, una tortilla fría no es lo mismo.

Caminando con ella pude ver el esfuerzo, el índice de gente citadina que va de paseo suele regatear el precio, de broma en broma asegura que las mismas taquerías optan por comprar en tortillerías y supermercados lo cual deja sin otra opción a los vendedores que cultivan su venta en tres caminos; dejar la vendimia, mal baratar su producto o vender sus tierras.

Ella enviudó hace 20 años, dos hijos muertos y el que vive, trabajando en Estados Unidos, su nuera la ayuda en los labores del hogar y del negocio que les deja el nixtamal, mientras Lina sale a las calles de Valle a vender su mercancía, unas veces bien pagada y otras para no cargar de más se ve obligada a dar precios bajos que no rinden en lo absoluto para sobrevivir una semana, con el tiempo su hijo que trabaja como maestro albañil se desentiende de las dos, dejándolas con la opción de trabajar en lo único que aprendieron a hacer, la nixtamalización. Nixtamal del Náhuatl quiere decir maíz cocido, su origen es mesoamericano.

—Antes éramos nueve las mujeres que hacíamos el nixtamal de la tortilla para taco, nos iba muy bien y eran precios justos, ahora hay mucho turista, les confunde tener que comprar sus tortillas aparte pa’ comerse un taco. Fíjese que no es por nada pero éstas tortillas saben bien con todo, por ahí, una que otra me voy a comer mi taco de cerdito y ¡míreme, aquí sigo vivita y coleando!

Antes de despedirla nos obsequia cinco tortillas, si uno camina un metro más se encuentra a la señora que vende aguacates sueltos, compro uno y me voy a paso rápido al puesto de los Hernández para pedir mi buena tanda de borrego y echarme un taco, puesto familiar, transcurrido por clientes fieles, el negocio ha ido de generación en generación, entre semana está Don Ismael el cual es acompañado por su esposa, ambos siempre sonrientes atienden con alegría, muy platicadores y habidos por contarnos los secretos de Valle, son Testigos de Jehová y mantienen impecable esa esquina como patrimonio. Desafortunadamente existen miles de casos como Lina, una de las Mujer Olvidadas dejando truncada una tradición de negocio justo, no obstante se evapora la identidad y las raíces de nuestros agricultores mexicanos.

El turismo abre apertura al comercio ¿pero realmente es local? solo algunos privilegiados pueden costearse un establecimiento para vender su producto, los otros se ven orillados a armarse de las herramientas al alcance; Lina todas las madrugadas despierta dispuesta a crear un progreso el cual al llegar al punto de venta entre esquinas y un gran recorrido a pie tiene su fin cuando el mayor número de turistas regatean el producto.

Todos los mexicanos consumimos tortilla, el maíz es importante, un símbolo de identidad, desde hace miles de años ocupa el número uno como principal fuente alimenticia, debido al alto contenido de nutrientes que contiene, ciertamente Lina tendrá su fin pronto, dejando la tradición oculta en pláticas que van de boca en boca y uno que otro antojo.

Como sociedad es nuestra responsabilidad mantener la identidad de aquellos que forjaron nuestra civilización.