Por Iván R. Landázuri

Los directores Ciro Guerra y Cristina Gallego nos entregan la cinta: Pájaros de verano (Colombia, 2018)  donde se indaga estética y simbólicamente los orígenes de una problemática que años después dinamitaría su patria, generando una explosión de violencia que hoy en día sigue repercutiendo en la sociedad colombiana: El narcotráfico.

Por medio de una narración coral, dividida en cinco cantos: Hierba salvaje, Las tumbas, La bonanza, La guerra y el Limbo, vemos el proceso de bonanza y decadencia de un clan Wayúu en la  Guajira, territorio al norte de Colombia durante los años 60´s y 80´s. A causa de un conflicto entre dos familias entrelazadas por el comercio y exportación de la mariguana hacia Estados Unidos se inicia un ciclo de venganza y sangre en dicho territorio que trastoca la vida y visón ancestral de los habitantes de aquellas tierras.

Aunque Cristina Gallego ha estado involucrada desde hace varios años en los proyectos de Ciro Guerra específicamente en el  trabajo de producción, en esta ocasión su labor en la dirección dota al film de una fuerte mirada femenina, necesaria para expandir la óptica a simbolismos y aspectos no siempre vislumbrados en obras que se proponen abordar el narcotráfico. Una de las temáticas que pone sobre relieve la cinta es el papel de las mujeres en estos cambios sociales, un ejemplo de ello es la carga narrativa que sostiene Úrsula pushaina, matriarca de una de las familias en confrontación, en el caso de Úrsula, cabeza de la familia y quien en el torrente de transformaciones que ocurren se ve orillada a tomar decisiones drásticas para proteger lo que considera valioso, a costa de renunciar y profanar sus vínculos espirituales.

El hecho de tomar la comunidad Wayúu como centro de la acción, no significa que la película caiga en la trampa simplista de idealizar las costumbres y tradiciones de las culturas indígenas. Existe tanto una representación objetiva como un aprovechamiento de las posibilidades estéticas de la propia mística presente en ellas, así como también una mirada sin sesgos a ciertos rasgos y conductas existentes en sus costumbres: el rechazo a otros grupos poblacionales de la misma Colombia o el trato desigual hacia la mujer.

Como en su trabajo anterior, El abrazo de la serpiente (Colombia, 2015) La propuesta estética en los filmes de esta dupla, está plagada de simbolismos que se observa en la vestimenta que portan los personajes de la comunidad; los escenarios, como traídos de una novela de García Márquez; los colores que palpitan en las danzas. Pero en Pájaros de verano se suma un interés y un peso por la mística que habita en la lengua del pueblo Wayúu. Si el lenguaje construye o reinventa la realidad, la conexión con lo sagrado habita y se manifiesta por medio de lo coral. En contraposición,  a medida que se rompe el lazo con las costumbres y se profana la palabra con el idioma del dinero, surgen los escenarios y cifrados propios que acompañan la escalada del narcotráfico en su articulación con el mercado norteamericano y las secuelas que se invisibilidad por el apetito de los consumidores extranjeros, configurando una especie de Etnografía ficcional de la violencia.

Pájaros de verano es el testimonio que busca indagar sin ser aleccionador o categórico, el proceso histórico de una sociedad ancestral corrompida por interese económicos de un mercado salvaje donde la violencia en la moneda de una modernidad globalizada y artificiosa, después de todo, ¿Qué puede florecer en el desierto cuando se riega con sangre?