Por Mauricio Neblina

“Creo que todo periodista y escritor debe tener en algún momento fuerza para escribir de cualquier cosa. Ponme una máscara y probablemente te diré la verdad”.

Rafael Pérez Gay

Pasaron dos años desde que escribí la última parte de La vida de un nini. Evidentemente sabía que en algún momento regresaría a las mismas circunstancias. Eso ocurrió.

Parece ser que hay a quienes la crítica se les indigesta y dicen no entender cómo alguien puede poner en tela de juicio el lugar donde trabaja, vive o simplemente está. En ese sentido, entonces, el periodismo de investigación no existiría porque incomoda al país mismo, y los periodistas que se atrevieran a publicar automáticamente recurrirían al autoexilio.

Resulta que en un lugar de “progres” mi texto El communitymanagerismo en tiempos de la idiotez (pueden leerlo —- >> aquí), escrito en septiembre de 2018, ofendió e indignó cuatro meses después. Naturalmente, a pesar de la cara y ojos bonitos que se carguen, alguien mostró a mis espaldas la columna buscando hacer daño, como cualquier inepto lo haría, estilos internos que se manejan y solapan: chismes y aquelarres, a los cuales no quise entrar porque mis valores se fundamentan en hablar de frente.

Sé que la juventud nos hace ser presa fácil de los impulsos, pero tampoco es como para que en la junta que decidió mi destino me quiten el celular porque, víctimas de la paranoia, pensaron que estaba grabando la charla. ¿Algo malo me iban a hacer? ¿A quién le enseñaría una plática como esa? ¿Inocencia mía o miedo de qué? Para evitar dimes y diretes, en algún momento de esa reunión propuse que cada una de las personas de las cuales hablaría asistiera a la mesa. Me negaron la petición rotundamente. Después supe que no quisieron explicar nada a los empleados sobre mi salida argumentando que yo no estaba presente. ¡Plop!

Por otro lado, me hicieron el reclamo de la nula pasión que sentía por el trabajo. Pienso que nadie está obligado a sentirla, mucho menos cuando las prioridades son leer y escribir lo más que se pueda para que el resto, como dice Gabriel Rodríguez Liceaga, sea “aguantar al cliente y acumular quincenas rumbo a la tumba”.

Javier Marías dice que hay escritores que escriben con mapa y otros que escriben con brújula, premisa que intenté hacer entender a mis quejosos excompañeros con respecto a los mínimos procesos creativos que se necesitaban realizar. Ellos, encerrados en una metodología rígida e impotentes a causa de la carencia de lenguaje para defender sus ideas, caían en la desesperación y, por lo tanto, en la queja y distorsión de hechos sobre mi persona.

Da la impresión que aunque los millenials comeensaladas intentemos cambiar al mundo, aún no estamos preparados para soportar la opinión opuesta; buscamos la sumisión de la otredad a favor de nuestros beneficios y a causa de la ausencia de un sentido crítico y reflexivo. La pinta progresista se devela en un conservadurismo donde hay repercusiones cuando se piensa distinto. ¡Di no al unicel, sí al silencio!  

A Xavier Velasco le gusta pensar que “el escritor es un hombre de acción: alguien que se mete en problemas. A la hora de escribir hace falta ser intrépido”. Para él, el sentido de la vida es meterse en problemas. Si mi opinión y mis palabras no fueran importantes, no habrían herido tan profundo, no habrían inquietado e incomodado tanto. Tuvieron consecuencia en la realidad, más allá de ser sólo una publicación, y agradezco que les den tal relevancia.

Un amigo muy querido, cuando supo que mi ciclo allá dentro había terminado, me hizo una pregunta sencilla, pero con demasiada filosofía detrás: “¿qué sigue?”. Cuando algo concluye hay que pensar inmediatamente en lo siguiente porque la vida y el tiempo no se detienen. Por eso haré ejercicio para marcar mi abdomen como en mis tiempos de futbolista y poder vender packs al mejor postor o postora. Al mismo tiempo dejaré crecer mi barba y mi cabello tanto para que la próxima vez que me vean esté cumpliendo mi sueño de cantar en un bar de mala muerte imitando a Marco Antonio Solís. No hay nada más difícil que vivir sin ti.