Por Raúl Picazo

Comenzar a narrar desde una temporalidad indeterminada es un recurso narrativo que posee dos salidas comunes: interesarte en la historia o abandonarla por no tener un inicio tradicional. En mi caso prefiero las historias que no comiencen con el “había una vez”. La forma y el fondo como está construido el libro de Gabriela Cabezón Cámara se vislumbra desde las primeras líneas: “materia enloquecida de azar, es la vida”, dice la voz que agoniza desde alguna isla del planeta, narración que va saltando y tendiendo puentes. No comenzar por el inicio, sino por un tiempo que naufraga en el soliloquio.

En la búsqueda de la trascendencia o la muerte del ocio, una periodista se encuentra con la existencia de un travesti y prostituta retirada que tiene el don de hablar con la virgen, pero no cualquier Virgen, sino La Virgen Cabeza, ubicada en una villa en las periferias argentinas. Lugar donde la cumbia es ley y no hay otra justicia más la que allí se gesta. Es en esa búsqueda donde la protagonista se sumerge en la vorágine de una historia que se desgarra en su interior.

Esta novela fue editada por primera vez en 2009 por Eterna Cadencia y reedita en 2018 por Nitro/Press. El paso del tiempo nos marca cuando una obra  trasciende o se estanca, es por eso que estamos ante un libro que ha traspasado barreras temporales y ahora se encuentra disponible para hacer creer al lector de que la virgen existe y está entre nosotros para que nos guíe en ese camino pedregoso de la vida, pero también pavimentado para la fiesta permanente y la búsqueda enloquecida de una verdad que nunca llega. 

Portada del libro reeditado por Nitro/Press.

Hablar de La virgen cabeza es  mostrar el fanatismo religioso, el exceso y la búsqueda desmedida del placer, pero también es mostrar la creación de una comunidad o enclave para desafiar a un sistema que se establece sin pedir permiso, creando una forma de resistencia. Siempre es mejor hacer lo propio y reconocer que se puede tener un núcleo que no siempre es el gobierno y sus leyes corruptas que subyugan al ciudadano.

Hablar de La virgen cabeza es poner de manifiesto la represión del estado, que fue a meter sus armas a un lugar que seguramente pensaban era la mata de la delincuencia o el mal de un país que se construye bajo la ley de las balas. Esto lo hemos visto en muchos lugares del mundo, villas establecidas en la periferia, el crecimiento demográfico va marcando un campo donde se instala la pobreza y es tanto el hacinamiento que se pierden las fronteras hasta crear un núcleo que a lo lejos se mira como un grupo de personas sin beneficios, como si fuera un tumor que deberían extirpar. Lo que no saben es que son personas que sobreviven (en el caso de la historia que nos cuenta el libro) bailando cumbia y regguetón.

Hablar de La virgen cabeza es complementar una visión mexicana sobre la religión, sobre lo que no se puede explicar pero que está ahí presente en la mente de todos aquellos que siguen ciegamente una doctrina impuesta para manipular: la fe no es más que un recurso de la religión para atraer a los feligreses a ese campo que a diario se riega de monedas. Así Cleopatra, la mujer que habla con la virgen, es como se hace de sus millones para lanzarse al mundo y seguir dominando un terreno fértil para la mentira.

Luego de la reflexión, de la historia narrada con voces en diferentes estados mentales y físicos, después de la tragedia y redención todo se diluye en una frase: “De un naufragio no se salva nadie. Los que se hunden están muertos y los salvados viven ahogándose ”.