Por Ángel Escamilla Martínez

Estaba ese sujeto, ya sabes, el principal del relato, el protagonista. Sí, el protagonista y ese otro que le sigue en importancia, su mejor amigo. Caminaban por ahí, por ese lugar común donde uno pasea sin rumbo. Digamos que andaban en la calle o en un parque o qué sé yo. Aunque creo que no se trataba de ninguna calle o de algún parque. Más bien estaban sentados en una banca pública. Se veían el uno al otro sin saber qué decir. Un silencio incómodo los distanciaba, como si no fueran amigos. Y me parece que sí, que no eran amigos, sino conocidos. O puede que me equivoque y fueran hermanos. Como sea.

Estaba el protagonista en ese lugar que ya había dicho, haciendo eso que ya había mencionado. No, no, no. Espera. Estaba en ese lugar, sí, pero no hacía eso; más bien esperaba a su mejor amigo. Uno necesitaba algo del otro, ahora no recuerdo qué, pero no importa, ya lo recordaré. Quedamos en que se encuentran y uno le pregunta al otro: “¿qué necesitas?” A lo que el otro le responde al uno: “pues necesito esto y esto”. Pero creo que estoy mal y ambos necesitaban algo de un tercero.

Volvamos al principio. El protagonista y su mejor amigo tenían que hacer algo que no recuerdo, y no es que no me sepa la historia, lo que pasa es que hay cosas que no importa decir y cosas que sí, nomás que ahora me cuesta distinguir cuál cosa es cuál. En fin, lo que importa es no perder el hilo del relato.

Ya recuerdo: esperaban a alguien. Si no me equivoco, me esperaban a mí. Ya sabes, algo tengo que ver con ellos aunque, a decir verdad, no tengo la certeza de si son amigos o conocidos o imaginaciones mías. Lo digo porque de cierta manera lo sé todo sobre ellos. Y digo de cierta manera porque podría decir cualquier cosa y medio encajaría lo que digo con lo que son.

Otra duda me asalta: creo que el protagonista no es el protagonista. Creo que, si más no me equivoco, el protagonista soy yo. ¿O seré el mejor amigo? Espera, sólo dame un minuto… Sí, sí, sí. Ese soy yo: el mejor amigo, y no sé qué va a pasar porque, si bien entiendo, al protagonista le corresponde dar movimiento al relato. Sólo esperaré a que él aparezca para comenzar de una buena vez…

Un poco más…

Sólo un poco más…

No tardará en aparecer…

Bueno, tal vez yo soy el protagonista. ¿O seré el narrador? ¿Cuántas veces lo tengo que repetir? No sé muy bien algunas cosas y otras más se me van. Veamos: si soy el narrador y digo que el protagonista se llama… y el mejor amigo se llama… bien, no se me ocurre un nombre para ninguno. Ya sé por qué: lo que pasa es que no soy el narrador sino el lector, y tengo que seguir leyendo para conocer a fondo a los personajes. ¿Y si no?

¿Y qué fue del protagonista? ¿Quién dijo eso? ¿Fuiste tú, protagonista? No. ¿Mejor amigo, fuiste tú? No. ¿Por qué no te veo? Fíjate bien, ni tú te puedes ver. ¿Dónde está mi cuerpo? ¿Soy pura voz? Eres pensamiento, a lo mucho una voz interior. ¿Quién eres? El narrador. ¿Qué quieres? Sólo hablar, ¿sabes quién eres tú? No. Tal vez yo lo sé. ¿Quién soy yo? El narrador. ¿El narrador? No te esfuerces en comprender. ¿Eres nuevo en esto, verdad? ¿Nuevo en qué? En nada, en nada. Sólo hazte un poco para allá, yo me encargo.

Ahora sí.

No era tarde ni temprano. Era el momento preciso y él tenía que cumplir con su deber. Nació y creció para ese momento en específico, luego quién sabe. La muerte era una opción, la salida fácil. Pero ese no era su estilo, su estilo más bien era… era, era, era… mmm… sigo sin nada, y esto de fingir la voz raspa mucho la garganta… mmm… así está mejor.

¡Ya! Dejémonos de cuentos. Esto es un relato y aquí tiene que ocurrir algo, y si necesito forzar la situación, pues ni modo. A ver, protagonista, di algo.

–Está bien. ¿Qué digo?

Di tu nombre.

–Está bien. ¿Cómo me llamo?

Te llamas como tú quieras.

–Está bien. Oye, otra duda: ¿acaso soy tu alter ego o algo por el estilo?

No, no, no. Tú no eres mi alter ego… sabes qué, sólo di lo que te salga.

–Pero yo no tengo algo qué decir, aunque mi mejor amigo tiene muchas ganas de hablar. Ven acá, anda, sin miedo, repite lo que me decías hace rato sobre…

¡Me da lo mismo! Por mí que hable cualquiera de…

–¡Oye! ¿Acaso no te das cuenta del problema? Aquí nadie tiene algo qué decir. ¿Y sabes por qué? Porque eres pésimo para esto. Cualquier otro ya hubiera terminado de contar en menos líneas, pero tú no sabes ni qué ocurrió ni cuándo ni dónde…

Lo que pasa…

–… y de nada te va a servir que hablemos por ti. Dime: ¿cómo quieres que sepamos lo que debemos decir si ni tú sabes ponernos en un contexto? Sin mencionar que desconoces los límites de tu protagonismo…

Espera, es que yo…

–… Míranos nomás: huecos, intrascendentes y sin nombres. ¿Así de simples? Ahora mírate: ni siquiera un buen inicio ofreces al pobre lector: Estaba este sujeto, ya sabes, el protagonista… ¿Eso qué? Tu única salvación sería un final sorprendentemente sorprendente. Pero eso es exigirte demasiado…

¡Ya! ¡Ya! ¡Ya te entendí! ¿Quieres ver cómo lo cuento todo bien; cómo le doy su correcto nombre a las cosas, a los lugares, a los hechos y a los participantes, cómo planteo sin rodeos la situación y en qué termina? Pues bien, el relato va más o menos así…