Por David Álvarez

I

Lo cotidiano es el olvido sigiloso. Como el suelo que sostiene los pasos, es ignorado al no demostrar mayor utilidad, aunque sin él sólo haya vacío. Jean Paul Sartre, en su versión de Antoine Ronquetin, escribirá un sábado a mediodía: “…para que el suceso más trivial se convierta en aventura, es necesario y suficiente contarlo”. Está resuelto, escribir lo cotidiano es restituir significados, hazaña de quien, observando, eleva sobre los techos el más insulso de los actos. Lo cotidiano es olvido y también memoria, si se le pone, enfrente, un papel en blanco.

II

El transporte público es ese espacio de soledades en multitud. Una paradoja. Jaime Romero está sentado al fondo, en la última hilera de asientos de la ruta 110-X, con las piernas abiertas y la saliva escurriéndole. Ruge en ocasiones y se mueve continuamente para el confort agregado al cansancio que deviene en sueño. La gente se apretuja hasta que los cuerpos se solidarizan, el chofer coloca a cada pasajero en dos hileras y pretende, por obra del lenguaje, abrir una tercera vía: “Sigan avanzando”, exclama mirando el retrovisor, mientras todos, amontonados, le encuentran espacio al espacio. A Romero poco le importa, él duerme a sus anchas mostrando su dentadura y la lengua cayendo cómodamente en su labio inferior. Es un tipo solitario, pero no cualquiera; no como nosotros; él hace valer el peso individual mientras duerme, con uniforme negro y una credencial colgada al cuello con su nombre escrito.

III

Estamos hechos de ausencia, más que de historias. También somos lo que no pensamos, donde no nacimos, donde no existimos. Yo soy las ciudades que no visité, las mujeres que no besé, los libros que no leí, los caminos que no transité, las decisiones que no tomé. No estar en el mundo es, irónicamente, una manera de plantearse ante él.

IV

Los espacios son asideros de la memoria, lugares de encuentro que resguardan en sus suelos, historias. Quizá, como expresó J. L. Borges, los sucesos sobre los escenarios son los artífices de la nostalgia, pero pienso que los actos sin espacio son mera incertidumbre. Cuando asomaba en el recuerdo, por ejemplo, aparecía sin contratiempos, puntual, justo ahí entre los vestigios de la urbe. La recordaba en el microbús, en callejones, avenidas, en la noche, en cigarros, en infancias… anécdotas, murales, ocasiones, azares, en su rostro, en un librero…

V

Las cantinas de la ciudad son recintos contradictorios donde la pesadumbre y la algarabía se conjuntan sobre el mismo piso. Dentro, confluyen cantidad de individuos, distintos todos, parecidos en su forma multitudinaria. Los hay alegres, que bailan al compás de una risa. Los hay violentos que, levantando el puño, con faramallona postura, transgreden la calma. Los hay silenciosos, con los brazos cruzados, mirando el suelo. Los hay perturbados que toman su rostro con las manos, rasgándola hasta soltar el llanto. Los hay enamorados, que cantan con desconsuelo o alegría, según el caso. Los hay con el alcohol en las venas que, arrumbados por doquier, son un recordatorio del mundo detrás de las paredes que los encierran.

VI

¿Quién eres a las 11:22?, le pregunté aquel día, esperando saber con quién hablaba en ese instante. Un desastre, me respondió en resumen. Eres una persona muerta a las 11:23, rematé y el minutero siguió avanzando; no era más que un simple recuerdo; dieron las 11:24 y el tiempo nos transforma. A las 11:57 todo ha muerto, nada existe, somos otros compartiendo el mismo espacio, con un cacho de memoria que nos vuelve a unir, para no abandonarnos.

VII

Chica sin nombre es abusada sexualmente en las inmediaciones de la colonia Satélite, en el lado norte de la ciudad. Una noche cualquiera, de un lunes que procede al inicio de labores, en un baldío. El miércoles, en la noche, tomó el cuchillo e intentó quitarse la vida, cortando de forma horizontal las venas en las muñecas mientras lloraba inconsolable en el baño. Sus padres lograron detenerla, derribando la puerta y llamar a la ambulancia. Hoy, viernes, el alba antecede el amanecer. El mundo se mueve y no hay manera alguna de detenerlo.

VIII

Suelo, en ocasiones, medir en pasos las distancias. Ocho pasos son la medida de mi cuarto a la sala, 29 de mi casa a la parada de autobús y 5 para colocarme tras ella. ¿Cuánto mide cada paso? En el año 790, Carlomagno reformó las unidades de medida en sus dominios, donde se deriva el sistema inglés de medición en yardas, pulgadas y pies, precedido de los vestigios de Gudea de Lagash, una estatua referente en la civilización sumeria. El equivalente a un paso dado es un pie, 30,48 cm, aproximados, según la regla establecida en la actualidad. Sin embargo, ¿cuánto mide cada paso? Un paso es un sentido, un azote de la planta del pie al suelo, equivalente a la aceleración vertical y descendente del campo gravitatorio; es un avance o retroceso, hacia todos o ningún lado. Un paso es un suspiro, un estar cerca, una distancia física transgredida por la posibilidad ficticia de imaginar el espacio al que lleva –o podría llevar–. Dos milenios y tantos siglos después, 152,4 centímetros son insuficientes para decir lo que implican 5 pasos para estar tras de ella.

IX

El mundo perece a cada instante, resurgiendo constante. Lo no observable, muere, reconstruyéndose cuando la mirada vuelve. Si uno contempla la vida de frente, a espaldas se desvanece. Cómo saberlo de cierto y, no obstante, transitamos con fe por la vida, sin cuestionarnos si la próxima ocasión que volteemos, esta olvide erigirse y quedemos suspendidos en la nada. Sospecho que eso le pasó a mi madre al mirar atrás más rápido de lo que el mundo pudo y quedó perdida, errante, en otro espacio que no es espacio. Tiene su tumba, pero no hay cuerpo para derramar al menos una lágrima.

X

A Don Cliserio Gaeta, Q. E. P. D.

Saliendo del jacal, justo en la línea que divide su interior del resto del mundo, Niño mira a Abuelito sobre el matorral. Cargado de leña, sostenida por una cuerda entre su frente y la espalda, con los pasos lentos y la piel marrón ondulada por los años, Abuelito alzó la mano para saludar a Niño, quien tenía entre sus manos una vasija con agua para saciar la sed a ocasión del sol y limpiar las impurezas que deja el sudor en el rostro. Abuelito sonrió, dejando entrever su pobre dentadura, con los ojos nostálgicos y un ligero lagrimeo atorado en el párpado. Pasos después, Abuelito cayó de frente y, luego de tres profundos suspiros, no volvió a levantarse. Niño corrió temeroso, gritando hasta llegar al cuerpo acaecido, mendigando cachitos de vida al cielo sin respuesta alguna.

XI

A las calles no salgo a perderme, sino a hacer “comunidad”. Conocí el “nosotros” en el tránsito por ciudades y lo apropié a mi lenguaje; ahora en mi vocabulario existe: “Nosotros los caídos”, “Nosotros los jodidos”, “Nosotros los angustiados”. La miseria también nos hermana.

XII

Un anciano yace en el suelo bajo el sol de mediodía, posando en la banqueta con ropas repletas de polvo, zapatos rotos, piel ennegrecida y una botella de Bacardí a su lado. Los transeúntes rodean al encontrarlo en su camino, no quieren mayor conflicto y respetan el acaparamiento de aquel que no alcanzó a llegar, no sin antes echar un vistazo con mirada curiosa, gesticulando con repudio. Apresuran el paso, ven en él la posibilidad que depara; no vaya a ser que, camino a su destino, se pierdan y terminen cuadras adelante siendo víctimas del sol, estorbando en la banqueta.

XIII

El paraíso es el resultado de una vida correcta, según los criterios de quien lo enuncia, cuyo valor recae en dos aspectos esenciales: la felicidad y la inmortalidad. Para A. Schopenhauer los actos, filosófico y artístico, surgen a partir de la conciencia en la muerte, misma que permite la valoración de los instantes, de cada día y noche. El paraíso no es más que una suerte de drama sin posibilidad de pensar ni de crear, entonces, ¿qué seremos sino entes insulsos condenados a la felicidad eterna? Hasta nuestras esperanzas contienen derrota. ¡Qué mierda!

XIV

En los registros de la historia, hay asesinatos en el que la víctima es una figura pública, acontecimientos convertidos en actos simbólicos por lo que implican. Este hecho recibe el nombre de magnicidio. Bajo esta dinámica, en el que los contrarios se sujetan, como el silencio y el ruido, lo lleno y vacío, diariamente son asesinados, al menos durante el 2016 y en promedio, 660 personas, según los reportes del Sistema Nacional de Seguridad Pública. En el mismo año, cerca de 200 personas fueron llevadas a la fosa común, como anuncian los datos del departamento de Investigación del Instituto de Ciencias Forenses, víctimas de violencia. Parvucidio es el nombre que reciben aquellos muertos sin identidad, que nada dicen. No hace falta el diccionario para encontrar la definición. No estará. Una palabra incógnita que hace honor a su sentido, encuentra a sus afectados entre callejones, prostíbulos, cantinas, basureros, cerros, aventados en ríos, de los que nadie da cuenta. Anónimos en la vida, se perderán en la muerte con el rostro cubierto, siendo cadáveres sin memoria.

XV

“Sólo usas a la gente para no sentirte vacío”, gritó, señalándome. La calle desierta, con apenas una farola alumbrando los pasos, fue testigo de una certeza. Le respondí que no tenía problema con ello, cualquier cosa pero, la verdad es que, después de tal desastre, quedé ensimismado, caminando solitario hasta llegar a casa.

XVI

Lo infinito se llega a dar cuando un escritor escribe sobre la vida de un escritor que escribe sobre la vida de un escritor que escribe sobre la vida de un escritor que escribe… y así sucesivamente, hasta convertirse en mera abstracción.

XVII

Aún recuerdo una ocasión en la que, vagando, me reencontré con aquella casa verde de portón negro. Hace 12 años desde la última vez. Me detuve y tomé asiento en la banqueta, observando todo alrededor. Un suspiro salió con aires de añoranza y un trago de saliva posterior remató su acecho. Algunas risas, cierto llanto, una pena, un abrazo, nunca un beso. Me levanté, sacudí el polvo y continué mi camino. ¿Qué nos motiva a regresar al pasado?

XVIII

La humillación es una forma de ser, en tanto ser. Ya recuerdo alzar la mano, esperando el autobús que se aproxima, mismo que, metros adelante, se estaciona. Casi a punto de llegar, el autobús avanza y me deja ahí, solitario con el mundo, mirando a esa máquina perderse en el horizonte de aquella avenida: ¡Hijo de su puta madre!, reclamo airado mientras el público, expectante, hace de mi deshonra, un espectáculo.

XIX

En el año 431, Constantinopla se convirtió en el epicentro de la adoración a María, madre de Dios, a partir del Concilio de Éfeso. Siglos después, en 1453, esta ciudad cayó víctima de los turcos, acontecimiento que, para algunos historiadores, marca el final de la Edad Media y el comienzo de la era Moderna. En las calles del barrio de Carrillo Puerto, por decir un espacio, hay una capilla, con la figura de María al centro repleta de veladoras. Hace días, por decir un tiempo, el único poste de luz cayó destrozando el oratorio. La gente, aterrada, auguró malos presagios sin darse cuenta de que, aquel poste, embestido incontables ocasiones por conductores ebrios, quedó astillado, desplomándose hasta convertirse en metáfora.

XX

Susana mira al espejo y no dice nada. No piensa nada. No contrae nada. Ella se mira de reojo, con la espalda en primer plano, el mundo detrás, o sea enfrente, y tampoco hay nada. ¿Qué se asume en la nada? Nada es algo, pues al pensarlo adquiere posición por no decir existencia. Nada alrededor es mera burla, lo que se ignora es el que, hasta volverlo a nombrar. Susana mira al espejo de reojo con la espalda en primer plano y, detrás, o sea enfrente, el mundo sin nombrar. El espejo refleja, ella le llama piedra a lo que yace en el suelo y piedra existe; le llama polvo a la cubierta de las paredes y el polvo existe; le llama jarrón al objeto sobre una mesa y jarrón y mesa existen. Y nombra todo para no decir nada. Al pronunciar todo lo existente se ha olvidado de nombrarse y su imagen, inmanente interrupción, se abstrae y Susana perece. Ya no existe aquello llamado Susana, sino incertidumbre, casi nada.