Por Manuel Ayala

Ahora entiendo por qué desde morrito soy un vago. La culpa la tiene Canal 5 y su estúpida señal abierta que de ningún modo podíamos sintonizar en mi casa. Eso entonces provocaba que, a diferencia de mis compas de la primaria que se quedaban horas nalga como idiotas frente al televisor, yo me saliera a la calle con mi hermano Erick para jugar maquinitas, junto a los demás engendros del barrio, en la tienda de don Saúl o para andar rolando en bicicleta sin rumbo fijo por las calles de mi pueblo, siempre esperando que la morrita que me gustaba estuviera afuera de su casa.

Solía ver un montón de caricaturas y algunas series en la televisión, pero no tenía el chingado Canal 5. Así que todas las tardes, un poco antes de las cinco de la tarde, salíamos en madriza con mi hermano a la casa de mi amigo Josué y lo esperábamos en la calle para que nos invitara a ver Dragon Ball Z en su televisor. En su casa la señal agarraba poca madre; no nos perdíamos un solo capítulo a menos que enfermáramos de gripe, diarrea, estuviera lloviendo o algo extraordinario nos sucediera en el camino.

Cuando terminaba la caricatura, corríamos todavía más entusiasmados de regreso a la cuadra para internarnos en esas famosas maquinitas del barrio. A veces había filas interminables queriendo ocupar un lugar en el campo de juego. Los más cabrones le metían un chingo de créditos y a veces era imposible tener un espacio para retar a alguien. A veces los más gandayas llegaban a retarte, te ganaban o no, y ya no te dejaban jugar. Uno nada más se quedaba mirando como pendejo, pero aprendiendo los trucos que cada morro sacaba si uno era observador.

El cambio de monedas de a quinientos o mil pesos por las de a cien (todavía existían los tres ceros) corría perpetuo y voraz toda la tarde y noche hasta que cerraban la tienda. Muchas veces nos quedábamos ahí clavados desde que salíamos de la primaria. La botana que se servía uno para acompañar al traste de la delincuencia infantil eran los Cheetos con salsa Valentina y una Coca Cola fría en bolsa y con popote. Los morrillos extasiados aracleaban tras el triunfo o el fracaso en la consola montada para las tiendas, a veces a punto de terminar el pedo a madrazos.

Había de todo. Desde los tradicionales Mario Bross y Las Tortugas Ninja, hasta el Street Fighter y el Mortal Kombat. A mí me fascinaban estos dos últimos. Mi hermano y yo sabíamos todos los trucos y hasta los “Fatality”. Cuando íbamos a la casa de un compa a jugar su Play Station que le habían traído sus carnales del otro lado, les poníamos unas madrizas con todos esos trucos que nos sabíamos de memoria, los cuales habíamos aprendido a punta de madrazos y horas frente a las maquinitas de don Saúl.

Después llegaron The King of Fighters, Zelda, Megaman, Final Fantasy, Residen Evil y otros tantos  juegos. Como aquel que cada vez que acertabas en el juego, en la pantalla se descubría un recuadro que terminaba siendo la imagen de una mujer desnuda enseñando las tetas. No existían aún las maquinitas tragamonedas que ahora son tan perseguidas por la Secretaría de Gobierno (Segob). En ese tiempo nos valía madre la vida. Para nosotros el futuro era metafóricamente una prostituta muy lejana a la que quizá algún día le abriríamos las piernas. Vivíamos al día y así mismo se nos iban las monedas entre reja y reja de la máquina.

Pero los sueños siempre estaban latentes y se mantenían intactos. Siempre traíamos en mente ser los mejores de la cuadra, del barrio y de aquel humilde pueblo exportador de individuos hacia el famoso “sueño americano”. Aprendernos el truco que solo sabía aquel cabrón que se aventaba cinco o seis horas diarias sin parar era la meta. Ganarle al más cabrón en las batallas era nuestro destino. Salir intactos de una batalla o rasgándonos las vestiduras era el delirio. Jugar varias horas con la menor cantidad de monedas era la satisfacción y el triunfo mismos. 

Ya después, con mi hermano, tuvimos una consola Family Game y posteriormente un Nintendo que un tío nos trajo también de los United States. Pero no era el mismo rollo jugar en casa y con controles que salir a la calle, rifarte el pellejo con los vatos malandosos y además saber maniobrar a la perfección la palanca y botones que tenían las maquinitas. Era otro pedo. Otra la sensación. Acá la adrenalina corría siempre al cien. En casa solamente uno que otro grito de mi madre nos sacaba del confort. Las maquinitas eran la onda. No me hicieron delincuente ni mucho menos más violento como la misma Segob ha dicho en sus campañas publicitarias. Jugar a las maquinitas no me provocó tampoco la deserción escolar pero si me hizo un poco más vago y más cabrón. Pero fue ahí, en la misma vagancia, donde conocí por fin la cruz de mi propio destino.

KO.


*Crónica publicada originalmente en El Silabario