Por Mauricio Neblina

Aunque cada día pierdo un poco más la esperanza en la bondad y en la inteligencia de las personas y en el funcionamiento del sistema, alguna vez tuve una ilusión e intento mantener con vida otra.

Siempre quise meter goles y ser la figura del equipo, a pesar que durante un tiempo mi función en el campo, por mi anatomía larguirucha, fue retener el balón para que la verdadera estrella tuviera oportunidad de marcar. Cuando dejé de entrenar a diario y únicamente me dediqué a jugar los fines de semana en categorías libres, porque el gusano del futbol nunca se quita, me di cuenta de mis habilidades como defensor central, a causa de las mismas razones físicas. Recientemente me veo como mi padre en su juventud, un mediocampista todoterreno que distribuye el balón para mantener la posesión y el equilibrio en el equipo; sin embargo, también me colocan como volante ofensivo o lateral. Me estoy creyendo lo que me dice, en forma de chiste, un amigo con el que juego todos los domingos sobre lo que sucede, que en realidad me buscan una posición donde estorbe menos.

Era un desafío llegar a casa después de la secundaria y preparatoria y comer algo lo más rápido posible para no ser regañado por no llegar a tiempo al entrenamiento y lo suficiente para aguantar corriendo, cada vez más rápido hasta llegar a la máxima velocidad, veinte vueltas a la cancha, el trabajo de piernas, la técnica individual, los movimientos tácticos que el director técnico exigía y el último tiro a gol sin vomitar.

Siempre estuve dispuesto a dejarlo todo en el campo, por lo que me llevé innumerables y dolorosas patadas. Llegaba temprano y hacía caso. Tenía la disciplina necesaria para triunfar porque era algo que me importaba. No obstante, como la rebeldía y la insumisión siempre han estado en mí, tuve algunos conflictos con los profesores, que al final siempre me los perdonaban porque, como me dijo uno de ellos, era más necesario adentro que afuera del rectángulo verde.

La emoción de llegar a cada partido los fines de semana era inconmensurable. Disfrutaba vendarme los pies, ponerme las calcetas, el uniforme completo y una cinta en la muñeca izquierda mientras en el vestidor había palabras de motivación, bromas y una bocina con reggaetón. En ese entonces la fe católica aún jugaba a mi favor y siempre llevaba un escapulario conmigo que besaba antes del silbatazo inicial y después de echarme agua en la cabeza para refrescarme. Un simulacro de los rituales cabalísticos que hacen los profesionales.

En fin, podría contar muchísimas anécdotas de lo que me pasó en esa vida, pero aquí no hay espacio suficiente. Soñé con llegar a cualquier vestidor y vivir de esa pasión, viajar por todo el país para jugar futbol, ser convocado a la Santísima Selección de Nuestra Pioja Señora del Tricolor y participar en una Copa del Mundo. Lamentablemente no tuve las habilidades ni las oportunidades necesarias para cumplir mi objetivo. Hoy pienso que declararía ante la prensa ideas más interesantes que cualquier futbolista promedio. Pero es porque he leído algunos libros y mi vocabulario e imaginación se han ampliado.

A esta edad lo que me motiva es vivir para la palabra escrita, e inclusive mantenerme económicamente de ella. Parecería que estoy condenado a las falsas ilusiones y a los sueños imposibles. Pero prefiero custodiar esa llama con pasión, así como la antigua, aunque fracase en el intento, porque al menos me da un sentido de vida propio y no uno impuesto por los que tienen un instructivo ideológicamente heredado donde dice la forma de “cómo se debe vivir”, aquéllos que se frustran frente a un escritorio, esperando quincenas, y que no saben ni por qué despiertan y, peor aún, no les interesa ni siquiera reflexionarlo.