Por Mauricio Neblina

Desde el momento en el que escribo esto, hace algunas horas fui al cine. Uno de los mayores placeres de la vida, aún más que quitarle el plástico protector a cualquier electrodoméstico nuevo, es ser espectador de películas en salas vacías. Absolutamente nada de ruido ni olor a palomitas, nachos, queso o jalapeño. Por eso escogí el horario de medio día y tuve más suerte de la que esperaba.

Un asunto de familia del director japonés Hirokazu Kore-Eda muestra la precariedad económica en la que viven cinco personas. A pesar de que cada uno tiene una fuente de ingresos, en conjunto es insuficiente, por lo que el padre y el hijo roban para sobrevivir. Una noche encuentran sola una pequeña niña y deciden llevársela a casa. Más tarde, cuando la quieren devolver a sus padres, se dan cuenta de la violencia que la rodea, por lo que prefieren adoptarla como hija.

En estas semanas de vagancia literaria y cinematográfica, a causa de la inactividad formal, he reforzado los lazos de cariño con las personas que de verdad me importan. Dejar de trabajar no está mal, mucho menos cuando la aspiración no es pudrirse en un asiento de oficina haciendo cosas irrelevantes y bobas. Afortunadamente no vivo apretado y carente, no he tenido la necesidad de volverme ladrón.

En la película, cada integrante hace lo que está en sus manos para ayudar a la familia. La abuela recibe una pensión, la adolescente exhibe su cuerpo a hombres deseosos de placer sexual, el padre es mano de obra en una construcción, la madre es empleada y el niño le enseña a robar a su nueva hermanita. Todos tienen secretos y dificultades respecto a sus vidas personales que los hacen reflexionar sobre el bien y el mal en sus acciones, pero al final, cuando están juntos, eso no importa con tal de apoyarse unos a otros, aunque en el fondo siempre está la duda de los verdaderos lazos y orígenes de su relación.

Se dice que los amigos son la familia que uno escoge, pero si uno tuviera la libertad de elegir a los padres, hermanos, abuelos, tíos, ¿sería mejor? Cada quien tendrá una respuesta. En mi caso, en estos tiempos de desempleo, he revalorizado ese concepto. Lo más valioso que tengo ahora y tendré hasta el fin son mis padres, quienes me acompañarán por siempre aunque mueran. Ellos son mis gestos, costumbres, sensaciones, espíritu, voz y aliento, habitarán mis pulsaciones hasta la última. No importa si no los elegí, pero si tuviera oportunidad, volvería a repetir en infinitas ocasiones la vida que compartimos. Es tiempo de ponerle punto final a este texto, es la hora de comer y mis viejos, como cada maravillosa tarde, me llaman.