Por David Álvarez

En mi estancia en la Ciudad de México, estudié en la Universidad Nacional Autónoma de México, en la Facultad de Filosofía y Letras, dentro del programa de movilidad académica. Tomé cinco materias pertenecientes al Colegio de Estudios Latinoamericanos. Una por día. Tres horas de clase. Trabajé el resto en la editorial Sediento Ediciones, dirigida por Manuel Pérez Petit, cuyas reuniones se llevaron a cabo en decenas de cafeterías situadas en Polanco, Perisur, Quevedo, Mixcoac, Chilpancingo o San Pedro de los Pinos.

Residí en el barrio Pedregal de Santo Domingo, mejor conocido como “Santocho”, localizado en la delegación de Coyoacán, a un costado de Ciudad Universitaria. Se fundó el primero de septiembre de 1971, debido a una serie de invasiones migratorias provenientes, en su mayoría, de Puebla, Guerrero y Michoacán. Las primeras viviendas fueron construidas con lámina sobre suelo forjado de piedra volcánica, el cual se emparejó durante los años posteriores hasta colocar asfalto. El “Coyoacán negro” le llaman, por ser la zona más pobre de la delegación y sus altos niveles delictivos.

En clase de Historia del Arte en América Latina, acudimos el primer viernes a Palacio de Minería, para hacer observación y análisis de los estilos arquitectónicos, principalmente barroco y neoclásico. En la clase conocí a Llarabi, a quien invité a tomar un trago a la Burra Blanca, lugar al que había asistido con anterioridad, y estuvimos desde las doce de la tarde hasta las once. Lo que sucedió en el transcurso de esa borrachera me costó un esguince de segundo grado en la rodilla. Los cinco meses que restaban la pasé con dificultad. Principalmente en una ciudad atascada de escalones. Lo que recordé es bajar del bar, estar en el metro y, después, parado en alguna estación -que resultó ser Quevedo-, salir hacia la calle, refugiarme entre los locales comerciales dispuesto a dormir en la calle, recordar que tenía que volver y posteriormente “aparecer” subiendo los escalones hacia mi cuarto.

Al despertar, moví la pierna y el dolor me llevó al llanto. Revisé mi rodilla con dificultad y no había raspones o moretón alguno. Hasta la fecha jamás supe lo ocurrido, pero aún padezco de la rodilla en temporadas de lluvia o frío. Eso fue en sábado. El lunes Llarabi me vio y abrazó, preguntándome sobre lo sucedido. Que me perdí y se preocupó durante el fin de semana. Como apenas nos conocíamos no había manera de contactarnos. “Sobreviví”, le dije, con cierto orgullo, por haber resistido a una urbanidad bestial y llegar a casa en estado automático, pero ocultando que, en realidad, había sido una pésima experiencia. 

Con la rodilla en mal estado, podía disculpar cualquier retardo o ausencia. A veces marcaba a mi jefe para decirle que no podía asistir a las reuniones, debido a que tenía que ir a revisión médica. Prefería quedarme en casa a estudiar, ver una película o beber. Comprarme una caguama a la vuelta de la esquina y fumar un porro. Con las semanas el pretexto se hizo inútil. Caminar era complicado, pero no imposible. “La demasiada gente”, como refirió Carlos Monsiváis, modifica los cuerpos, al tener que replegarlos o doblarlos, por lo que el transporte fue un suplicio con la rodilla afectada. El dolor se fue disipando hasta que pude caminar sin dificultades.

En las llamadas “islas”, me senté a descansar ocasionalmente. Acudí a leer o fumar, siendo testigo de algunos detalles que llamaron mi atención. El que más atrajo mi curiosidad fue el de la venta de drogas. Es evidente quien lo hace y aún más llamativo es el consumo, prohibido en algunas áreas, como las “islas”, y aceptado en el pasillo entre la biblioteca central y la Facultad de Filosofía y Letras. La policía interna podría remitirte si te encontraba una bacha y, metros adelante, decenas de sujetos con inhalables, porros y caguamas. Pregunté al respecto a compañeros y profesores, pero nadie sabe las razones. El México surreal al que, quizá, aludió André Breton, al que le tocó lidiar con el sinsentido no muy lejos del lugar.

El alimento es un tema esencial para los foráneos, sobre todo para estudiantes y, más aún, si no se sabe cocinar. Para empezar, es difícil encontrar un lugar adecuado, en el que sirvan bien, bonito y barato, por lo que las posibilidades de comer se reducían a la garnacha. El desayuno consistió en comprar “guajolocombos”, la santa trinidad compuesta por un tamal en bolillo y un atole, llamado simplemente “torta de tamal”. Tacos de pastor o tortas y quesadillas sin queso para cenar, servidas para comer ahí, para llevar o para llevar comiendo, esta última una alternativa en la que jamás hubiera pensado: el defeño, amplia la realidad, por naturaleza, lo que se constata por la multiplicidad de inventos culinarios existentes.

En otra de las salidas de la clase de Historia del Arte, acudimos a la Catedral. Fui el primero en llegar y posteriormente Llarabi y Xóchilt, otra compañera. Esperamos durante varios minutos, al resto de la clase, y se nos acercó un tipo mendigando unas monedas o mendrugos. Argentino, tez morena y en harapos. Nos preguntó si éramos estudiantes y en qué, por lo que respondimos. Enmudeció algunos segundos, para comentar que había estudiado Filosofía en la Universidad de Buenos Aires. Nos explicó, brevemente, la Fenomenología del espíritu de Hegel y El capital de Marx. También que sobrevivir en las calles de México era más sencillo que en Argentina, debido al clima. Se despidió luego de comentar que el ruido de las cucarachas no lo dejaba dormir.

Vivir en Santocho fue una experiencia sinigual. No había mucho qué hacer, aunque sí qué observar o escuchar. Caminar hacia la avenida principal y recorrerla hasta llegar a la estación del metro permitió conocer el barrio. En la Ciudad de México no hay tianguis nocturnos, pero hay miles de locales comerciales o ambulantaje día y noche. Santocho es un tianguis permanente. Celulares, laptops, ropa, fruta, verdura, piratería y garnacha. Hasta pulque. Dominguear buscando menudo o pozole y llevarse, para casa, habas, cacahuates y pepitas; una lamparita para leer en la noche o un póster de Pancho Villa para adornar el cuarto.

Donde hay comercio, hay ruido. Voces multitudinarias por doquier. Los hits musicales a todo volumen en bocinas con luces siguiendo el ritmo. Merolicos al unísono de “¡llévele! ¡llévele!”. El barrio tiene sus voces. Como la vez que mi roomie me despertó, porque escuchó a una mujer pedir ayuda. Eran las siete de la mañana. Guardamos silencio y corroboré la llamada de auxilio. Nos ganó el nerviosismo porque no sabíamos cómo actuar en esos casos. Me vestí a prisa mientras pensé en si salir o llamar a la policía, pero conforme la voz se acercó, escuché con más claridad lo que decía: ¡Tlayuuuudas! ¡Tlayuuuudas! Y había de cecina de res, tasajo y chorizo. Todo volvió a la calma.

La Ciudad de México es dicharachera. Morbosa. Los puestos de periódicos se encuentran repletos de medios noticiosos amarillistas. Con titulares carentes de valor informativo, pero ricos en ingenio popular. “Alarma!”, “El Criollo”, “Taxímetro”. Es común encontrar a estos medios en una especie de aparador fuera de los puestos y a la gente, amontonada, leyéndolos. Enterándose de que la esposa macheteó a la amante, quien perdió los estribos al cacharlos en pleno acto, y darse cuenta de que esta era su hermana. O que Ximena murió asfixiada por Gilberto en pleno acto sexual por hacer la pose de “La esclava” y no medir la fuerza al apretujarla. La verdad es que compré varios de estos periódicos para recordar mi estancia en la ciudad; tengo treinta y dos y suelo leerlos de vez en cuando, sobre todo al ir al baño. Me hacen pensar que nuestras miserias tienen sentido del humor. Y entonces bajo la palanca.

En la UNAM hay mucho qué hacer. Conferencias, reuniones y grupos de lectura. Recién llegué busqué algún taller de escritura, lo que pensé podría permitirme aprender del oficio y conocer gente. Había boletines por todo el edificio y decidí ir a uno de cuento. Imprimí algunos textos que había escrito por si se ocupaban y al llegar al salón, donde se desarrollaría el evento, comenzó a llegar gente extraña, excesivamente amable y con lentes. Pasó uno y actuó un cuento para niños. Esos con mensajes morales que se convierten en discursos de autoayuda. El segundo hizo lo mismo y el tercero. Escuchar historias de conejos enamorados o del cómo el sol y la luna son amigos no es lo que esperaba, y cuando tuve oportunidad me marché, incómodo. Tanta dulzura contrastaba con mi ruindad, así que al llegar a casa compré dos caguamas, forjé un porro y puse un disco de Violadores del Verso para equilibrar el alma.

Conforme los meses transcurrieron, la vida se fue en calma. La normalidad que me costó semanas adquirir se desvaneció y me volví nuevamente un extraño. Cada salida fue la última que tuve, así que busqué aprehenderme a los momentos. Recorridos, conciertos, exposiciones. Como intentar introducir lo que se pueda en una maleta. Las últimas pláticas con conocidos y amigos, cervezas y café; regresar los envases y despedirme del tendero. Los pequeños detalles constituyen, en suma, el componente principal de los recuerdos; escenarios de la urbe, colectivos transitando y una serie de historias por doquier, convertidas en memoria.

Entrometer cada experiencia seria imposible. La escritura está ligada a los dos sentidos del tiempo: la memoria y el olvido. Una contraposición que no necesariamente se repelen. Siempre es más lo que no se dice, aquello que decidimos guardarnos o que, quizá, ni siquiera recordamos. Lo otro, se vuelve nostalgia, que nos confirma que también la felicidad tiene su tristeza. Aún recuerdo mi última noche: sentarme en el puente de la estación del metro Universidad, fumar un cigarrillo y mirar el ocaso, consciente de que sería la última vez en que miraría la avenida de esa manera. Que, de volver, todo sería distinto. “Aprovecha que estás viendo esto por primera vez, porque no se repetirá”, me dijeron. También las despedidas tienen su sentido. Regresar a casa, para resguardar mis libros y ropa, tomar la última cerveza y acostarme, pensar que dormiré y que, al despertar, dudaré si todo fue real o solo un sueño. Aún no sé la respuesta: pero algo me dice que algo hay de cierto, al extrañar aquel lugar llamado Ciudad de México.